Viola
Poeta recién llegado
Siento un vacío-feto en mis entrañas. Va creciendo, alimentándose por el cordón de mis angustias. A decir verdad, desde mis quince años siento que crece. La vida me preñó de tristezas, puso el dolor del mundo en todo mi cuerpo, en mi barriguita que a veces acaricio, mientras pienso en el día en que pueda parirlo. El vacío-feto, cada tanto, me produce arcadas, es la manera de decirme que está ahí, respondiendo a esa manía repulsiva de ver el mundo.
A veces se esconde durante largas semanas, dando paso a ese pequeño espacio donde residen los colores de la risa, la mirada soñadora, el lenguaje del alma. Si, en eso días el mundo deja de ser grisáceo y mi figura centelleante se dibuja en el espejo con sonrisas que hacen retumbar esta vida. En realidad, es placentero, hasta orgásmico: caminar bajo cuerdas invisibles que me generan palabras que hablan de sueños, de posibles, pero luego la boca se me cansa de articular un lenguaje que los otros no entienden y me desfiguran las ganas. Soy ajena a este mundo de hombres, me digo.
Mi mirada que trasciende se desmorona, la piel se me crispa y se viste de roca. Es entonces donde mi vacío-feto me produce una arcada, como diciéndome ¡ey!, aquí estoy, acaríciame. Y yo lo acaricio fervorosamente, me aferro a sus brazos, a todas las partes de mí que tienen partículas de aquel vacío. Cómo amo esa manía de incrustárseme en todo el cuerpo y volcarse como una llamarada que recubre mis derrotas y se silencia en las victorias. Cómo no amarlo, si mi vacío-feto es quizá la única reconciliación con la vida, con esta vida que a veces se me cae de las manos.
A veces se esconde durante largas semanas, dando paso a ese pequeño espacio donde residen los colores de la risa, la mirada soñadora, el lenguaje del alma. Si, en eso días el mundo deja de ser grisáceo y mi figura centelleante se dibuja en el espejo con sonrisas que hacen retumbar esta vida. En realidad, es placentero, hasta orgásmico: caminar bajo cuerdas invisibles que me generan palabras que hablan de sueños, de posibles, pero luego la boca se me cansa de articular un lenguaje que los otros no entienden y me desfiguran las ganas. Soy ajena a este mundo de hombres, me digo.
Mi mirada que trasciende se desmorona, la piel se me crispa y se viste de roca. Es entonces donde mi vacío-feto me produce una arcada, como diciéndome ¡ey!, aquí estoy, acaríciame. Y yo lo acaricio fervorosamente, me aferro a sus brazos, a todas las partes de mí que tienen partículas de aquel vacío. Cómo amo esa manía de incrustárseme en todo el cuerpo y volcarse como una llamarada que recubre mis derrotas y se silencia en las victorias. Cómo no amarlo, si mi vacío-feto es quizá la única reconciliación con la vida, con esta vida que a veces se me cae de las manos.