Camy
Camelia Miranda
Cuando creía que era imposible
desatar las ataduras,
tus manos sabias y amorosas
poco a poco dulcificaron mi dureza
y abrieron una firme posibilidad
de ser, de volar,
de merecer tu voz y tu mirada clara,
de hacerme sentir que todo es real.
Y entonces,
ahora son cintas níveas, suaves,
las que llevo;
se dejan guiar por el viento
de tu buenaventura,
que enmarca la sencillez
y humildad de tus acciones,
acostumbrándome a tu presencia indeleble.
¡Tú me enseñaste a viajar!
A mirar más allá del color de las flores,
de las estrellas,
del silencio y la paciencia,
me enseñaste a creer,
a vislumbrar el clamor de las pequeñas cosas,
a despertar mi sed con tu verbo
y descubrirme ante tu piel que no olvido.
Tú me enseñaste a entregarme.
Y yo,
simplemente
asida a tu latido,
me elevo,
totalmente entregada,
acariciada,
agradecida
y especialmente,
amada…
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