MI VIDA DESDE EL ÁNGULO SUPERIOR DERECHO
Ahora se que toda mi vida la he vivido en el ángulo superior derecho.
No es que quiera justificar por eso las violentas desviaciones de las curvas que trataban de definir mis proyectos y que siempre, indefectiblemente, en cuanto salían de mi pequeño campo de influencia, giraban hacia el centro, hacia el sumidero equidistante, ese brillante opérculo por el que desaparecían mis heces y hasta mis más bellas palabras de amor. Claro que podía haber ido descendiendo, sibilinamente, en las noches calurosas, en silencio, aprovechando los flashes de neón del puticlub de enfrente. Ir descendiendo como una araña taimada, tejiendo esa brillante red que tejen las arañas en la que sin duda alguna quedarían cautivas muchas presas adorables.
Pero ese era mi puesto: el ángulo superior derecho del plano, blanco y sin relieve, que me dieron para escribir mi vida. A partir de allí, ya era cosa mía. He escrito “escribir” y no es exacto. Podría decir también tallar, dibujar, pintar, utilizar todas las artes, incluso las marciales. En su origen mi vida debió ser un proyecto maravilloso, ideado por alguien que tenía puestas en mí todas sus esperanzas; no cuajó en nada trascendente tal vez debido a mi posición inicial, ese odiado rincón superior derecho en el que me colocaron. He analizado ciudadosamente todos los tableros en los que se desarrollan los juegos de sobremesa: el ajedrez, las damas, el parchís... Ninguno presenta, topológicamente hablando, similitudes apreciables con el plano donde me situaron. Para empezar todos, para no incumplir con las arbitrarias leyes físicas que nos han sido impuestas, se colocan horizontalmente. Mi plano, en cambio, está dispuesto verticalmente. Pero yo no soy una simple ficha para transitar pegada a una superficie tan sin dificultades ni estridencias orográficas. Por algo estoy dotado de patitas sincronizadas con las que lograría desplazarme por los más abruptos relieves, ya sean cóncavos o convexos. La mayor dificultad es ésa, que no puedo expeler fuera de mí todas esas maravillosas ideas o sub-proyectos de lo que pretendo sea la huella que deje en el plano ese algo tan fútil, indefinible e incontrolable que suele llamarse vida. No lo consigo. Siempre, en cuanto sale de mi limitado campo de influencia, se tuerce hacia el sumidero metálico por donde desaparece. Sólo, a veces, oigo como un quejido, una especie de lamento lastimero de algo o alguien que ha empezado a sufrir.
Es extraño esto de vivir. Uno trata de hacerlo bien a pesar de los condicionamientos que le acompañan al nacer, como a mí, cuando lo sitúan a uno en ese punto del plano desde el que debe empezar el recorrido, como si de un juego de paintball se tratase. Yo, en algunas ocasiones especiales, en noches de luna llena o así, he tratado de salir de mi ángulo superior derecho; pero enseguida he observado esa fuerza de atracción hacia un centro inmaterial, anodino, que siempre intuí peligroso, y he decido volver. Luego la experiencia me ha dado la razón: ese centro de atracción hacia el que me dirigía era el ominoso sumidero al que antes me referí. Tampoco tengo la facultad prodigiosa de tejer telas de araña, ni siquiera unas redes rudimentarias que me ayuden a evitar esa tendencia a rodar -sí, rodar- hacia el siniestro vertedero, que quién sabe a que sentinas inmundas conducirá. Y como todos los que han habitado este ángulo superior derecho (se que han habido muchos antes que yo, aunque ninguno dejó ninguna instrucción, ningún recuerdo, ni siquiera esas cifras que indican los períodos convencionales de tiempo durante los cuales habitaron este espacio) como digo, no han dejado rastro de su paso por aquí, me creo Único, Solo e irreemplazable. Así que he empezado a estudiarme el papel de Dios, el protagonista excelso de este que supongo drama. Una representación también única, desarrollada como se estila en la moderna dramaturgia, sin alharacas de decorados, con luces planas e incisivas, procurando que el protagonista, es decir Yo, concentre en su figura y sus limitados gestos toda la tensión que Yo mismo, como Dios, he querido transmitir a Mi creación.
Supongo que una vez familiarizado con mi exclusivo avatar y asimiladas las tensiones que siempre, a pesar de la experiencia, se derivan del papel de protagonista y actor único, la vida me será mucho más amable; tendré la facultad de poner nombre a los objetos o situaciones que se vayan ofreciendo a mi contemplación. Hasta puede que convoque fuerzas suficientes para neutralizar la funesta acción del sumidero: podría entonces aventurarme a abandonar, siquiera provisionalmente, mi ángulo superior derecho, tener otras perspectivas de mi vida fuera de ese rincón al que alguien, tal vez yo mismo, me ha recluído. Puede incluso que descubra que esa vida es hermosa, densa y satisfactoria. Pero he de esperar para arriesgarme en su momento.
Ilust.: Jon Juárez. Del blog "Diédrica"
Ahora se que toda mi vida la he vivido en el ángulo superior derecho.
No es que quiera justificar por eso las violentas desviaciones de las curvas que trataban de definir mis proyectos y que siempre, indefectiblemente, en cuanto salían de mi pequeño campo de influencia, giraban hacia el centro, hacia el sumidero equidistante, ese brillante opérculo por el que desaparecían mis heces y hasta mis más bellas palabras de amor. Claro que podía haber ido descendiendo, sibilinamente, en las noches calurosas, en silencio, aprovechando los flashes de neón del puticlub de enfrente. Ir descendiendo como una araña taimada, tejiendo esa brillante red que tejen las arañas en la que sin duda alguna quedarían cautivas muchas presas adorables.
Pero ese era mi puesto: el ángulo superior derecho del plano, blanco y sin relieve, que me dieron para escribir mi vida. A partir de allí, ya era cosa mía. He escrito “escribir” y no es exacto. Podría decir también tallar, dibujar, pintar, utilizar todas las artes, incluso las marciales. En su origen mi vida debió ser un proyecto maravilloso, ideado por alguien que tenía puestas en mí todas sus esperanzas; no cuajó en nada trascendente tal vez debido a mi posición inicial, ese odiado rincón superior derecho en el que me colocaron. He analizado ciudadosamente todos los tableros en los que se desarrollan los juegos de sobremesa: el ajedrez, las damas, el parchís... Ninguno presenta, topológicamente hablando, similitudes apreciables con el plano donde me situaron. Para empezar todos, para no incumplir con las arbitrarias leyes físicas que nos han sido impuestas, se colocan horizontalmente. Mi plano, en cambio, está dispuesto verticalmente. Pero yo no soy una simple ficha para transitar pegada a una superficie tan sin dificultades ni estridencias orográficas. Por algo estoy dotado de patitas sincronizadas con las que lograría desplazarme por los más abruptos relieves, ya sean cóncavos o convexos. La mayor dificultad es ésa, que no puedo expeler fuera de mí todas esas maravillosas ideas o sub-proyectos de lo que pretendo sea la huella que deje en el plano ese algo tan fútil, indefinible e incontrolable que suele llamarse vida. No lo consigo. Siempre, en cuanto sale de mi limitado campo de influencia, se tuerce hacia el sumidero metálico por donde desaparece. Sólo, a veces, oigo como un quejido, una especie de lamento lastimero de algo o alguien que ha empezado a sufrir.
Es extraño esto de vivir. Uno trata de hacerlo bien a pesar de los condicionamientos que le acompañan al nacer, como a mí, cuando lo sitúan a uno en ese punto del plano desde el que debe empezar el recorrido, como si de un juego de paintball se tratase. Yo, en algunas ocasiones especiales, en noches de luna llena o así, he tratado de salir de mi ángulo superior derecho; pero enseguida he observado esa fuerza de atracción hacia un centro inmaterial, anodino, que siempre intuí peligroso, y he decido volver. Luego la experiencia me ha dado la razón: ese centro de atracción hacia el que me dirigía era el ominoso sumidero al que antes me referí. Tampoco tengo la facultad prodigiosa de tejer telas de araña, ni siquiera unas redes rudimentarias que me ayuden a evitar esa tendencia a rodar -sí, rodar- hacia el siniestro vertedero, que quién sabe a que sentinas inmundas conducirá. Y como todos los que han habitado este ángulo superior derecho (se que han habido muchos antes que yo, aunque ninguno dejó ninguna instrucción, ningún recuerdo, ni siquiera esas cifras que indican los períodos convencionales de tiempo durante los cuales habitaron este espacio) como digo, no han dejado rastro de su paso por aquí, me creo Único, Solo e irreemplazable. Así que he empezado a estudiarme el papel de Dios, el protagonista excelso de este que supongo drama. Una representación también única, desarrollada como se estila en la moderna dramaturgia, sin alharacas de decorados, con luces planas e incisivas, procurando que el protagonista, es decir Yo, concentre en su figura y sus limitados gestos toda la tensión que Yo mismo, como Dios, he querido transmitir a Mi creación.
Supongo que una vez familiarizado con mi exclusivo avatar y asimiladas las tensiones que siempre, a pesar de la experiencia, se derivan del papel de protagonista y actor único, la vida me será mucho más amable; tendré la facultad de poner nombre a los objetos o situaciones que se vayan ofreciendo a mi contemplación. Hasta puede que convoque fuerzas suficientes para neutralizar la funesta acción del sumidero: podría entonces aventurarme a abandonar, siquiera provisionalmente, mi ángulo superior derecho, tener otras perspectivas de mi vida fuera de ese rincón al que alguien, tal vez yo mismo, me ha recluído. Puede incluso que descubra que esa vida es hermosa, densa y satisfactoria. Pero he de esperar para arriesgarme en su momento.
Ilust.: Jon Juárez. Del blog "Diédrica"
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