Mi

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
MI

Ayer por la tarde, al entrar al portal, me topé
con una turbamulta vecinal acojonante.
La vieja del segundo contaba a voz en grito
que unos gamberros habían subido al tejado
y que, armados con más de cincuenta huevos,
los habían lanzado uno a uno
contra las distintas viviendas del patio interior,
impactando contra enseres y ventanales,
demostrando una destreza, sin duda, profesional.
El vecino enchaquetado del quinto
aprovechó una mínima tregua en aquel babel colectivo,
para, con voz solemne, apostillar que él no era racista
pero que tenía toda la pinta de que esos hijos de puta eran moros.
Todos asentían e imprecaban a la vez.
El cura rancio del tercero, que nunca saluda,
mantenía los brazos estirados hacia abajo y los puños muy cerrados,
mientras nos contaba aturullado
que toda la colección de arte sacro de su bisabuela
había sido profanada con yema de polla.
—¡Ay ay ay! lo que acaba de decir este señor, ¿no?,
—aprovechó para soltar Felisa, la del cuarto,
y así ganarse el tanto de unas risitas
de sus queridos aliados vecinales.
Pero no tardó la caterva en volver a formar el pelotón.

El conserje arrojaba bidones de gasolina al fuego
encadenando, con su proverbial lucidez cuñada,
silogismos de puro garrafón.

Y fue entonces cuando el vecino del sexto
—ese que tiene todo el balcón forrado de banderas—
dirigiéndose hacia mí, con voz severa, me preguntó:
A ver, Andreas, ¿qué opinas del mezquino ataque
que ha sufrido nuestra ejemplar comunidad?
Y se hizo el silencio, un silencio descomunal
que repicaba bajo el ceño fruncido de aquella Santa Inquisición.
Y le respondí lo siguiente:

Quizá se trate de una performance acerca del «origen».
Una acción, sin duda, audaz, frente al dilema de qué fue primero:
¿el huevo o la gallina? Circulo vicioso
que estos artistas proteicos han logrado quebrar
atacando el enigma con el propio enigma.
Así, tendales, vírgenes, macetas, carricoches,
tableros de ajedrez, trineos —de cuando Filomena—
han sido bendecidos por la fertilidad gelatinosa
de los embriones de una futura gallina muerta.
La gallina es puro mito de nuestra ciencia ficción.
Solo existe el huevo.

—¡Pero qué cojones dices de artistas, desgraciado de mierda!
—¡Cállese, Don Pollo!

La presidenta no paraba de gritar: ¡¡soy la presidenta!!,
y el cura farfullaba con los ojos entornados
mientras practicaba una especie de patética genuflexión,
y me entraron unas ganas irrefrenables de soltar aquello de:
«¡Has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija!»,
pero me decanté por seguir con mi discurso…

—Compañeros, calma, calma…
—¡«Compañeros» tu puta madre!
—Cálmese, Don Pollo, y escuche.

Quizá se trate del coraje de unos valientes activistas
que, hartos de tantos huevos que posa el macho alfa sobre la mesa,
hayan decidido estallar esos mismos huevos del patriarcado
contra el patio trasero de su desencanto.

—Mira, maricón de mierda, esta es mi comunidad,
y tu eres un jodido alquilado perroflauta y potencial okupa,
—me gritó Don Pollo.
Es MI gente, es MI historia, es MI… ¡todo! y no voy a permitir
que MI familia tenga que escuchar tus mierdas en MI propia casa.

Es MI... vida.

Y a esta última frase le siguió un silencio sepulcral.

Se quedó mudo, inmóvil, con la boca abierta,
reflejado sobre el charco de sus miserias,
cristalizado, igual que aquel señor de Bresson
saltando sobre el charco de la estación de San Lázaro.

Ese «MI» es nuestro problema, amigo mío.
Mi amniótica radiación de fondo,
mi galaxia, mi sol, mi planeta,
mi ciudad, mi casa, mi cuarto,
mi ropa en el suelo, mi yo desnudo frente al espejo
y una finísima capa de aire en el conticinio de la noche
que cartografía cada micra de mi cuerpo.
Ninguno de estos «Míes» son míos sino suyos.
Nos empeñamos en poseer lo que no nos pertenece,
y nos desentendemos de lo único que es realmente nuestro...
Cada vez hay más «MI» sin «MÍ»
en esta delirante disolución del «YO».
Mi mujer, mis hijos, mi madre, mis amigos,
mi móvil, mis series, mi Instagram, mi Tik Tok,
—¡no hay nadie ahí!—, mi jefe, mi sueldo, mi coche,
mi profesión, mi mercado, mi carnicero, mis pastillas,
mi, mi, mi, bla, bla, bla, mi, mi, mi...
Estamos sepultados en este baile de máscaras del «MI».

Queridos vecinos, mi vida —¡¡nuestra vida!!—,
a veces necesita del impacto de un huevo primordial,
¡del bombardeo ovíparo de nuestra propia existencia!,
para recobrar el brillo de su cáscara cálcica.

Los miembros de la manada
rondaban la escultura afásica de Don Pollo
con ese modo tambaleante y circular de las hienas
cuando tratan de hincarle los colmillos
al búfalo moribundo.

Y aproveché aquel estado de enajenación grupal
para meterme en el ascensor
y desaparecer.


Nadie supo, compañeros, que aquella tarde
la zorra estaba dentro del corral
y tenía forma

de poeta.


Kalkbadan
Madrid, 23 de noviembre de 2024
 
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MI

Ayer por la tarde, al entrar al portal, me topé
con una turbamulta vecinal acojonante.
La vieja del segundo contaba a voz en grito
que dos chavales habían subido al tejado
y que, armados con más de cincuenta huevos,
los habían lanzado uno a uno
contra las distintas viviendas del patio interior,
impactando contra enseres y ventanales,
demostrando una destreza, sin duda, profesional.
El vecino enchaquetado del quinto
aprovechó una mínima tregua en aquel babel colectivo,
para, con voz solemne, apostillar que él no era racista
pero que tenía toda la pinta de que esos hijos de puta eran moros.
Todos asentían e imprecaban a la vez.
El cura rancio del tercero, que nunca saluda,
mantenía los brazos estirados hacia abajo y los puños muy cerrados,
mientras nos contaba aturullado
que toda la colección de arte sacro de la bisabuela
había sido profanada con yema de polla.
—Para ser cura que mal habla este señor, ¿no?,
—aprovechó para soltar Felisa, la del cuarto,
y ganarse así el tanto de unas risitas
de sus queridos aliados vecinales.
Pero no tardó la caterva en volver a formar el pelotón.

El conserje no paraba de echar bidones de gasolina al fuego
encadenando con su proverbial lucidez cuñada
silogismos de puro garrafón.

Y fue entonces cuando el vecino del sexto
—ese que tiene todo el balcón forrado de banderas—
dirigiéndose hacia mí, con voz severa, me preguntó:
A ver, Andreas, ¿qué opinas del mezquino ataque
que ha sufrido nuestra ejemplar comunidad?
Y se hizo el silencio, un silencio descomunal
que repicaba bajo el ceño fruncido de aquella Santa Inquisición.
Y le respondí lo siguiente:

Quizá se trate de una performance acerca del «origen».
Una acción, sin duda, audaz, frente al dilema de qué fue primero:
¿el huevo o la gallina? Circulo vicioso
que estos artistas proteicos han logrado quebrar
atacando el enigma con el propio enigma.
Así, tendales, vírgenes, macetas, carricoches,
tableros de ajedrez, trineos —de cuando Filomena—
han sido bendecidos por la fertilidad gelatinosa
de los embriones de una futura gallina muerta.
La gallina es puro mito de nuestra ciencia ficción.
Solo existe el huevo.

— ¡Pero qué cojones dices de artistas, desgraciado de mierda!
—¡Cállese Don Pollo y escuche!

La presidenta no paraba de gritar: ¡¡soy la presidenta!!,
y el cura basculaba con los ojos entornados
en una patética genuflexión,
y me entraron unas ganas enormes de soltar aquello de:
«¡Has visto lo que ha hecho la cochina de tu hija!»,
pero me decanté por seguir con mi discurso…

—Compañeros, calma, calma…
—¡«Compañeros» tu puta madre!
—Cálmese Don Pollo.

Quizá se trate del coraje de unos valientes activistas
que, hartos de tantos huevos que posa el macho alfa sobre la mesa,
hayan decidido estallar esos mismos huevos del patriarcado
contra el patio trasero de su desencanto.

—Mira, maricón de mierda, esta es mi comunidad,
y tu eres un jodido alquilado perroflauta y potencial okupa,
—me gritó Don Pollo.
Es MI gente, es MI historia, es MI… ¡todo! y no voy a permitir
que MI familia tenga que escuchar tus mierdas en MI casa.
Es MI vida…

Y a esta última frase le siguió un silencio sepulcral.

Se quedó mudo, con la boca abierta,
Inmóvil, reflejado sobre el charco de sus miserias,
detenido,
igual que aquel señor de Bresson
saltando sobre el charco de la estación de San Lázaro.

Ese «Mi» es el problema, amigo mío…
Mi amniótica radiación de fondo,
mi galaxia, mi sol, mi planeta,
mi ciudad, mi casa, mi cuarto,
mi ropa en el suelo, mi yo desnudo frente al espejo
y una finísima capa de aire en el conticinio de la noche
que cartografía cada micra de mi cuerpo.
Ninguno de estos «Míes» son míos sino suyos.
Nos empeñamos en poseer lo que no nos pertenece,
y nos desentendemos de lo único que es realmente nuestro,
y ni siquiera del todo.
Cada vez hay más «mi» sin «mí»
en esta delirante disolución del «yo».

Mi mujer, mis hijos, mi madre, mis amigos,
mi móvil, mis series, mi Instagram, mi Tik Tok,
—¡no hay nadie ahí!—, mi jefe, mi sueldo, mi coche,
mi profesión, mi mercado, mi carnicero, mis pastillas,
mi, mi, mi, bla, bla, bla, mi, mi, mi...
Estamos sepultados en este baile de máscaras del «mi».

Mi vida —¡¡nuestra vida!!—,
a veces necesita el impacto de un huevo
para recobrar el brillo de su cáscara cálcica.

Los miembros de la manada
rondaban la escultura afásica de Don Pollo
con ese modo tambaleante y circular que manejan las hienas
cuando tratan de hincarle el diente
a un búfalo moribundo.

Y aproveché aquel momento de enajenación grupal
para meterme en el ascensor
y desaparecer.


Nadie supo aquella tarde, compañeros,
que la zorra estaba dentro del corral
y tenía forma

de poeta.


Kalkbadan
Madrid, 23 de noviembre de 2024
Muy interesante y muy buen final.

Saludos
 
Menudo corral comunitario.
Microcosmos en el que pueden identificarse estrellas, sistemas solares, agujeros negros, astros errantes, cometas... Como la vida misma. Y toda la dinámica estelar puesta en marcha por la aparentemente inofensiva fertilidad del huevo primordial.
Un saludo, Dragón, y gracias por tu lectura.
 
La vida en sí misma ya tiene un generoso cargamento de huevos "primordiales" para estampárnoslos cuando le apetece; a veces solo nos manchan, y otras los huevos son tan duros que nos derriban y nos dejan KO. Más o menos merecidos, estos bombardeos ovíparos son parte de nuestra sufrida existencia y al final nos igualan (y chorrean) a todos, y nos muestran cuán ridículos somos en medio de nuestras patéticas rencillas, egocentrismos y miserias. Solo queda relamerse y reírse frente al espejo, pero claro, eso solo es la actitud de los sabios callejeros y de los buenos poetas :)
Buenísimo poema, Andreas. Aplausos y abrazos, querido amigo.
 
La vida en sí misma ya tiene un generoso cargamento de huevos "primordiales" para estampárnoslos cuando le apetece; a veces solo nos manchan, y otras los huevos son tan duros que nos derriban y nos dejan KO. Más o menos merecidos, estos bombardeos ovíparos son parte de nuestra sufrida existencia y al final nos igualan (y chorrean) a todos, y nos muestran cuán ridículos somos en medio de nuestras patéticas rencillas, egocentrismos y miserias. Solo queda relamerse y reírse frente al espejo, pero claro, eso solo es la actitud de los sabios callejeros y de los buenos poetas :)
Buenísimo poema, Andreas. Aplausos y abrazos, querido amigo.
¡Ohhhh! ¡Luis! Efectivamente, la propia vida es quien se encarga del bombardeo, como tratando de sacarnos de la mórbida existencia. Y a pesar de las señales que nos regala el huevo estampado seguimos impasibles en la senda patética de no reconocernos en el milagro de estar vivos. Somos la hostia...
Qué gustazo escuchar tus palabras. Puro bombardeo ovíparo. Un abrazo, amigo mío. ¡Y gracias!

Pd. Me ha resultado irresistible ese maravilloso "bombardeo ovíparo". Lo incorporo, con tu permiso, a la retahíla del texto. ¡Gracias, compa!
 
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