Omnis
Poeta fiel al portal
I
Amanece otro día,
las seis y treinta de la madrugada,
el sonido heroico de un clarín
anuncia una nueva jornada,
fui por allá bien al sur y serví al país
porque quería ser mejor persona,
arrastrándome en la tierra
con un fusil entre manos
averiguando lo que era ser un soldado.
Lo que quería era simple
y a la vez complicado,
seguir una estructura en mi vida,
quería agregar más responsabilidad
a mis pasos descontrolados de ímpetu.
Y uno y dos y dos,
dictaba el cabo marchando,
yo quería ser una máquina,
como los verdaderos adultos.
Como en todos lados
había personas transparentes,
que tenían el mando
y que sabían lo que hacían,
otros idiotas simplemente
se ufanaban de dar órdenes.
II
Tendido en el pasto disparaba a un blanco
preguntándome si ese era mí destino,
los oídos me retumbaban
mientras percutaba y vaciaba mi cargador,
mientras el olor a pólvora quemada me picaba la nariz
y de repente me encontraba
en medio de una asfixiante bomba de humo
arrojada por un oficial engreído.
No se que trataban de probar con eso,
Quizás solo jugar a hacerse los rudos
O más bien estaban aburridos,
Yo solo quería seguir aprendiendo lecciones
ávido de sentir experiencias
que valieran la pena vivir.
Ya después de un tiempo llegaba el tedio,
La rutina que todo lo mata
Y todo perdió sentido,
Eso fue algo más que aprendí,
que hay que ser constante
En cualquier cosa que quieras seguir,
pero yo soy relajado, demasiado relajado.
De vez en cuando
Los ánimos se caldeaban
Y los camaradas de armas
se ponían de acuerdo para
resolver sus diferencias a golpes,
pues bueno, ahí ellos,
yo me limitaba a observar
como se reventaban la cara de papa.
III
Después de todo eso volví
a ser un civil, de carne y hueso
Ya no era una máquina,
Todo terminó como un recuerdo,
un soldadito de plomo
que buscaba aprobación;
de vuelta en la sociedad
me volví a preguntar qué sería de mí,
como si hubiera dejado
algo de mí en esos rincones,
en esas cuadras, en las tardes donde
compartí con mis compañeros,
y mi instructor de escuadra
ni siquiera se despidió de mi,
que desilusión cuando durante un año
había estado bajo sus órdenes,
que tontería recordar eso,
mejor recordar solo lo bueno
porque después de todo igual aprendí,
unas cuantas lecciones igual aprendí.
Amanece otro día,
las seis y treinta de la madrugada,
el sonido heroico de un clarín
anuncia una nueva jornada,
fui por allá bien al sur y serví al país
porque quería ser mejor persona,
arrastrándome en la tierra
con un fusil entre manos
averiguando lo que era ser un soldado.
Lo que quería era simple
y a la vez complicado,
seguir una estructura en mi vida,
quería agregar más responsabilidad
a mis pasos descontrolados de ímpetu.
Y uno y dos y dos,
dictaba el cabo marchando,
yo quería ser una máquina,
como los verdaderos adultos.
Como en todos lados
había personas transparentes,
que tenían el mando
y que sabían lo que hacían,
otros idiotas simplemente
se ufanaban de dar órdenes.
II
Tendido en el pasto disparaba a un blanco
preguntándome si ese era mí destino,
los oídos me retumbaban
mientras percutaba y vaciaba mi cargador,
mientras el olor a pólvora quemada me picaba la nariz
y de repente me encontraba
en medio de una asfixiante bomba de humo
arrojada por un oficial engreído.
No se que trataban de probar con eso,
Quizás solo jugar a hacerse los rudos
O más bien estaban aburridos,
Yo solo quería seguir aprendiendo lecciones
ávido de sentir experiencias
que valieran la pena vivir.
Ya después de un tiempo llegaba el tedio,
La rutina que todo lo mata
Y todo perdió sentido,
Eso fue algo más que aprendí,
que hay que ser constante
En cualquier cosa que quieras seguir,
pero yo soy relajado, demasiado relajado.
De vez en cuando
Los ánimos se caldeaban
Y los camaradas de armas
se ponían de acuerdo para
resolver sus diferencias a golpes,
pues bueno, ahí ellos,
yo me limitaba a observar
como se reventaban la cara de papa.
III
Después de todo eso volví
a ser un civil, de carne y hueso
Ya no era una máquina,
Todo terminó como un recuerdo,
un soldadito de plomo
que buscaba aprobación;
de vuelta en la sociedad
me volví a preguntar qué sería de mí,
como si hubiera dejado
algo de mí en esos rincones,
en esas cuadras, en las tardes donde
compartí con mis compañeros,
y mi instructor de escuadra
ni siquiera se despidió de mi,
que desilusión cuando durante un año
había estado bajo sus órdenes,
que tontería recordar eso,
mejor recordar solo lo bueno
porque después de todo igual aprendí,
unas cuantas lecciones igual aprendí.
Última edición: