Minas en la tierra.

Ad Libitum

Poeta recién llegado
Quiero vivir lejos de los pronombres.
Lejos de los espejos y los ruidos,
lejos del cuerpo, el músculo cansado,
lejos de miradas, de luces y adjetivos.

Lejos.
De tener que ocultar el pecho
para que te nombren,
de la asfixia cotidiana
que es existir en un mundo de hombres.

Lejos
del ojo que juzga,
del dedo que apunta,
del cuerpo derrumbándose
cada vez que un tribunal fantasma
mide sus coordenadas
y su geografía
como quien busca minas en la tierra.

Cada vez que la voz
te delata en el golpe.

Cada vez, que es decir todas las veces.
Cada voz, que es decir todas las voces.

Quiero existir.
Sin un cuerpo que me cree
a la imagen y semejanza de nada.
De nadie.

Sin básculas
ni comida basura
escondida en el último cajón.
Sin el dolor de siempre
engendrándose en el vientre.
Sin que un beso acercándose
sea un nuevo principio
para otras amenazas,
sin que el barro que oculta
el morado en la pierna
resulte de algún modo un alivio, una escapada,
sin entregarle cada día mi alma a la tristeza.

Quiero existir sin más.
Vivir como si fuera posible la existencia
en un mundo que es un cadáver de si mismo,
como lo soy yo aquí, dentro,
en el muerto en que habito.

Vivir como un árbol centenario
sin miedo a que lo talen,
como una huída eterna
hacia ninguna parte.

Buscar motivos
donde no quedan ganas
sin naufragarse en el agua estancada
de uno mismo
y que nos de lo mismo
hacia donde caminar.
Lo importante es moverse.
No abandonar los músculos
a la atrofia de nuevo.

Pero al final la vida
se nos reduce a esto.

Golpear el estómago,
caer de un árbol alto,
sobrevivir al golpe
y volver
a empezar.
 
Muy bueno.

Y el final genial. Y así mismo es.
No hay más.

Volver a empezar, siempre. Una y otra vez.

Mil veces, y mil una y mil dos...

Supongo que llegará algún día en que no haya nada que empezar, sólo y no es poco, continuar. Continuar algo bueno.

Ya estoy yo aquí flipando y divagando a las 9.27.

Saludos.
 
Quiero vivir lejos de los pronombres.
Lejos de los espejos y los ruidos,
lejos del cuerpo, el músculo cansado,
lejos de miradas, de luces y adjetivos.

Lejos.
De tener que ocultar el pecho
para que te nombren,
de la asfixia cotidiana
que es existir en un mundo de hombres.

Lejos
del ojo que juzga,
del dedo que apunta,
del cuerpo derrumbándose
cada vez que un tribunal fantasma
mide sus coordenadas
y su geografía
como quien busca minas en la tierra.

Cada vez que la voz
te delata en el golpe.

Cada vez, que es decir todas las veces.
Cada voz, que es decir todas las voces.

Quiero existir.
Sin un cuerpo que me cree
a la imagen y semejanza de nada.
De nadie.

Sin básculas
ni comida basura
escondida en el último cajón.
Sin el dolor de siempre
engendrándose en el vientre.
Sin que un beso acercándose
sea un nuevo principio
para otras amenazas,
sin que el barro que oculta
el morado en la pierna
resulte de algún modo un alivio, una escapada,
sin entregarle cada día mi alma a la tristeza.

Quiero existir sin más.
Vivir como si fuera posible la existencia
en un mundo que es un cadáver de si mismo,
como lo soy yo aquí, dentro,
en el muerto en que habito.

Vivir como un árbol centenario
sin miedo a que lo talen,
como una huída eterna
hacia ninguna parte.

Buscar motivos
donde no quedan ganas
sin naufragarse en el agua estancada
de uno mismo
y que nos de lo mismo
hacia donde caminar.
Lo importante es moverse.
No abandonar los músculos
a la atrofia de nuevo.

Pero al final la vida
se nos reduce a esto.

Golpear el estómago,
caer de un árbol alto,
sobrevivir al golpe
y volver
a empezar.
Quiero vivir lejos de los pronombres.
Lejos de los espejos y los ruidos,
lejos del cuerpo, el músculo cansado,
lejos de miradas, de luces y adjetivos.

Lejos.
De tener que ocultar el pecho
para que te nombren,
de la asfixia cotidiana
que es existir en un mundo de hombres.

Lejos
del ojo que juzga,
del dedo que apunta,
del cuerpo derrumbándose
cada vez que un tribunal fantasma
mide sus coordenadas
y su geografía
como quien busca minas en la tierra.

Cada vez que la voz
te delata en el golpe.

Cada vez, que es decir todas las veces.
Cada voz, que es decir todas las voces.

Quiero existir.
Sin un cuerpo que me cree
a la imagen y semejanza de nada.
De nadie.

Sin básculas
ni comida basura
escondida en el último cajón.
Sin el dolor de siempre
engendrándose en el vientre.
Sin que un beso acercándose
sea un nuevo principio
para otras amenazas,
sin que el barro que oculta
el morado en la pierna
resulte de algún modo un alivio, una escapada,
sin entregarle cada día mi alma a la tristeza.

Quiero existir sin más.
Vivir como si fuera posible la existencia
en un mundo que es un cadáver de si mismo,
como lo soy yo aquí, dentro,
en el muerto en que habito.

Vivir como un árbol centenario
sin miedo a que lo talen,
como una huída eterna
hacia ninguna parte.

Buscar motivos
donde no quedan ganas
sin naufragarse en el agua estancada
de uno mismo
y que nos de lo mismo
hacia donde caminar.
Lo importante es moverse.
No abandonar los músculos
a la atrofia de nuevo.

Pero al final la vida
se nos reduce a esto.

Golpear el estómago,
caer de un árbol alto,
sobrevivir al golpe
y volver
a empezar.
El precio a pagar es excesivo
para encajar en una sociedad manipulada.
Saludos.
 
Quiero vivir lejos de los pronombres.
Lejos de los espejos y los ruidos,
lejos del cuerpo, el músculo cansado,
lejos de miradas, de luces y adjetivos.

Lejos.
De tener que ocultar el pecho
para que te nombren,
de la asfixia cotidiana
que es existir en un mundo de hombres.

Lejos
del ojo que juzga,
del dedo que apunta,
del cuerpo derrumbándose
cada vez que un tribunal fantasma
mide sus coordenadas
y su geografía
como quien busca minas en la tierra.

Cada vez que la voz
te delata en el golpe.

Cada vez, que es decir todas las veces.
Cada voz, que es decir todas las voces.

Quiero existir.
Sin un cuerpo que me cree
a la imagen y semejanza de nada.
De nadie.

Sin básculas
ni comida basura
escondida en el último cajón.
Sin el dolor de siempre
engendrándose en el vientre.
Sin que un beso acercándose
sea un nuevo principio
para otras amenazas,
sin que el barro que oculta
el morado en la pierna
resulte de algún modo un alivio, una escapada,
sin entregarle cada día mi alma a la tristeza.

Quiero existir sin más.
Vivir como si fuera posible la existencia
en un mundo que es un cadáver de si mismo,
como lo soy yo aquí, dentro,
en el muerto en que habito.

Vivir como un árbol centenario
sin miedo a que lo talen,
como una huída eterna
hacia ninguna parte.

Buscar motivos
donde no quedan ganas
sin naufragarse en el agua estancada
de uno mismo
y que nos de lo mismo
hacia donde caminar.
Lo importante es moverse.
No abandonar los músculos
a la atrofia de nuevo.

Pero al final la vida
se nos reduce a esto.

Golpear el estómago,
caer de un árbol alto,
sobrevivir al golpe
y volver
a empezar.
Todo una propuesta que late desde ti hacia el mundo. Bellísimo en toda su extensión. Saludos cordiales.
 
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