Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
MIRADA DE PERRO EN EL OCASO
Un perro mira las complejidades del ocaso,
pero no sabe
que en esa exhalación aérea
viajan pizcas de premuras,
solsticios de otro tiempo más afable.
De nuevo visita el miedo las oscuridades.
Cuando éramos niños
habían dedos tejiendo siluetas
en techos de zinc, en blancuzcas paredes
ahumando las noches.
¡Para lo que sirve un ocaso!…
Si bien guardamos tantos en los huesos.
Se nos oculta más temprano en las entrañas
ese sol
de lo disidente e improbable.
Muere el ocaso en los ojos de este perro
que no cree en los gatos, ni alaba tanto a sus vecinos,
no lame el sereno de sus patas,
ni objeta el presente;
si acaso percibiera como un muñón de carne
su hiladura moribunda
solamente olfateara y relamiera
los restos del día que aún quedan
las sobras que no quiso alguien.
Ya llega austera, con mal de rabia, la noche.
Un perro mira las complejidades del ocaso,
pero no sabe
que en esa exhalación aérea
viajan pizcas de premuras,
solsticios de otro tiempo más afable.
De nuevo visita el miedo las oscuridades.
Cuando éramos niños
habían dedos tejiendo siluetas
en techos de zinc, en blancuzcas paredes
ahumando las noches.
¡Para lo que sirve un ocaso!…
Si bien guardamos tantos en los huesos.
Se nos oculta más temprano en las entrañas
ese sol
de lo disidente e improbable.
Muere el ocaso en los ojos de este perro
que no cree en los gatos, ni alaba tanto a sus vecinos,
no lame el sereno de sus patas,
ni objeta el presente;
si acaso percibiera como un muñón de carne
su hiladura moribunda
solamente olfateara y relamiera
los restos del día que aún quedan
las sobras que no quiso alguien.
Ya llega austera, con mal de rabia, la noche.
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