marco cuadro
Poeta recién llegado
MIS CAMAS
(Parte 1)
Durante mi vida de médico, nada es tan representativo como la cantidad y variedad de camas en donde he dormido. Las hubo cómodas y terribles, blandas, duras, nuevas y viejas, limpias y no tanto pero el cansancio podía más que el estómago y siempre era una bendición el recreo de cordura, que en la vorágine demencial de sobresaltos de esta profesión, el cerebro necesita.
Fueron casi dos mil noches de guardia que entregué de mi vida a la incertidumbre de no saber si podría dormir. De poder atar esa vez a mi historia un lecho más, que lo relacione con tanto dolor compartido con el ajeno.
Cada sueño interrumpido por un llamado de ayuda, por lo imprevisto de la catástrofe, por el asecho de la tragedia, por lo incierto por vivir. Y en las burbujas de la adrenalina que desgarra las entrañas, encontrar un extraño placer de estar ahí, donde una mano desesperada nos busca. Donde una sonrisa de paz o una decisión frene lo que parecía inevitable, dándonos la concreta sensación magnánima de sentirse una herramienta de Dios.
Cada cama tiene en mi mente, el mágico poder de evocar con detalles, sensaciones buenas o malas. Revivir con ello terrores y placeres, de soledades y desamparos. Del hechizo de, por un instante, ser parte de un todo en la historia de cada paciente.
Mi primera cama, unas cuchetas de hierro que no tenían dueño en la noche y la que se debía compartir por turnos con otros más, que esperaban que mi premio de descansar ganado por azar y mérito, terminara lo antes posible para convertirse ellos en los próximos afortunados. Tenía la ventaja (que en estas situaciones no es despreciable) que si uno no era el que estrenaba las sábanas, quedaba el consuelo de encontrarse la cama calentita en invierno.
Era en un Hospital del conurbano, que asistía a miles de personas de máxima pobreza y desamparo, en una época difícil del país. Era el invierno de 1977 y nadie entendía bien lo que estaba pasando en realidad, pero se sentía una percepción extraña, como una presencia de lúgubre oscuridad y silencio.
En él me vestí de blanco por primera vez y conocí a un mundo diferente al que me había imaginado o veía en las películas. En ese lugar me enfrenté a los miedos supremos de la ignorancia y pasé mis exámenes de entereza que aún hoy siento que fue más por anestesia de mi cerebro que por valentía.
Con mi ambo impecablemente nuevo, inundado de aroma a tienda aún, comenzaba a desdibujar los pliegues hechos en el estante, para darle la forma de mi orgulloso y tímido cuerpo e impregnarse con sudor. Me sentía uno más por unos instantes, luego saludé a los que serían mis compañeros, quienes pese a tener mayor experiencia y para mi parecer eruditos, tampoco estaban recibidos de médicos. Si. Eran las prácticas en terreno para aplicar lo aprendido en las aulas y lo más importante: saber si teníamos o no pasta para lo que vendría. Supervisados por el Médico Interno (jefe de la guardia y autoridad suprema) que era cirujano; también un clínico, un anestesista, un ginecólogo, un pediatra y una partera. Al año ingreso un traumatólogo y nos alivió la vida. Después de explicarme como lección Nº 1 como funcionaba jerárquicamente la guardia, tomé posesión de mi rol del nuevo o (como se decía entonces) del ultimo perro, el que usa mucho el músculo porque en el cerebro tiene poco y lo hace para los que saben y ya no usan el músculo. Es decir, es el que trae, el que lleva, el que carga a los pacientes, el que sube, el que baja, el que va a comprar, el que ceba mate, el asador, el último en comer, el que no duerme de noche (para no perder tiempo de aprender).
De inmediato me paré en un rincón en donde, sin molestar a los demás en el paso, podía ver inicialmente de lejos, lo que era llevar a la práctica lo leído y conocer lo no leído, lo que ningún libro enseña: el conjugar el médico con el ser humano. Tan médico como se aprendió y tan ser humano como se es(lamentablemente esto último no se cambia con el título ni el tiempo).
Sin percatarme de que a mis espaldas había una puerta de entrada adicional a la guardia, ya que estaba cerrada y la gente entraba por otro lugar, cosa que descubro al sentir que alguien la golpea con tanta desesperación que no me quedó alternativa que girar y abrirla.
Sin tiempo a reaccionar, una mujer con sus ojos desorbitados de terror y lágrimas, con un bebé fallecido en sus brazos, abrió súbitamente las puertas de mi abismo con justificado motivo. ¡Justo en mis manos lo depositó y a mi me rogó que lo ayudara! Mientras los dos practicantes de más experiencia, que casualmente estaban a unos metros míos, se hacían cargo para inútilmente tratar de reanimarlo, mis piernas temblaban tanto, que aún hoy me sacuden los cimientos de mis sentimientos. Apenas repuesto de este episodio, otros gritos de desesperación invaden el lugar. Eran los padres de otra bebe que gateando se había escapado de la casa al garaje, en donde el tío, sin verla, al retroceder su camioneta, involuntariamente se transformó en parte del drama y el horror. Por primera vez presenciaba un hecho que me sorprendió en mi ignorancia: al presentar un paro cardíaco la niña, todos los que con frenéticos movimientos la asistían para salvarle la vida, como en un humanitario pacto nunca establecido, dieron un paso atrás, dejando de inmediato lo que hacían. Como si la palabra PARO los redimiera del peso de no hacer más nada, en el alivio de la voluntad de Dios ante los daños espantosos que todos advertían.
Extrañamente después de haber compartido tan terribles momentos juntos, sentía que nos unía algo especial, como un hilo conductor, de tener algo en común, un sentimiento de hermandad, de haber sobrevivido a uno mismo. Sin descanso, ese mismo día las dos tragedias me sacudieron aún verde, pero ellos me supieron dar las armas para no caer. Sólo los que lo han vivido lo entienden. Nunca más me molestaría compartir mi cama con quienes vivía mi descubrimiento de ese otro mundo, al que uno sólo conoce desde este lado, de la mano de quien nos guíe, nos comprenda en el silencio y nos muestre el verdadero sentido de lo que elegimos ser, marcando para siempre el rumbo de nuestro camino. Transformando en un deber el ayudar a otros a iniciarse, a no perderse, a dar lo que se debe dar: todo o dedicarse a otra cosa.
También se aprende que no siempre es para ser vivido como drama y que aún en lo negro de la noche, la pequeña luz de una sonrisa, puede mostrar el camino a uno y a los demás. A dimensionar lo verdadero de lo intrascendente. Siempre ocurrían soplos de aire fresco, que eran anécdotas que si podíamos contar en nuestras casas. Como esa vez en la que a un paciente con una constipación importante, un compañero de guardia le indica un enema evacuante y le da la orden a la enfermera: Elsita, por favor hacele una Murphy (nombre de la preparación) al del box Nº 3.
Elsita comienza su preparación entibiando la leche que lleva en fórmula. Entre tanto y en el vertiginoso ritmo de atención de innumerables pacientes que llegan en horas pico, otro colega que tenía que revisar a un paciente, entra al box Nº 3 y le pregunta al de la panza hinchada: Señor, usted está atendido? A lo que responde que tiene que esperar al médico. Como es lógico suponer se le pidió que por favor esperara afuera mientras revisaba al otro paciente, que tenía una angina fenomenal. Después de ser visto se le pide que aguarde que quien lo atiende irá a buscarle medicación (que había en el depósito del subsuelo). Lo que pasó después es lo que quien lee estas líneas ya se imagina.
Entra Elsita al box Nº3, enema en mano, y sin que el paciente de la angina llegara a preguntarle algo, ya le había hecho bajar los pantalones y enhebrado el denigrante adminículo. Con los ojos desorbitados corre al Office de enfermería, el colega que en su mano traía los antibióticos que había ido a buscar, preguntando por qué le habían colocado una enema, que dicho sea de paso, ya había pasado casi toda.
En medio de una colosal diarrea, el paciente quedó un buen rato encerrado en el baño y afuera se estaban elaborando todo tipo de excusas para pedir perdón a la incauta víctima del error.
La sorpresa no tuvo fin, cuando presenciamos todos los que estábamos pendientes del desenlace, salir al caballero con una cara de infinita satisfacción y saluda al medico para despedirse diciendo: - Ahhhhhhh, doctor, no sabe lo que le agradezco. Nunca un remedio me hizo efecto tan rápido. Me siento perfectamente. Se ve que era eso nomás!!!
Nadie pestañeaba por el estupor. El silencio forzado aumentaba la tentación de risa que ya adivinábamos y que estalló ni bien se cerró la puerta de salida tras el paciente.
Otras veces lo dramático tiene un trasfondo risueño, porque la realidad es muy dura para ser tomada tal cual. Es entonces cuando sorpresivamente surge lo anecdótico.
Era una siesta de enero en un clima tan pesado, que hasta a las moscas le costaba dejar de arrastrarse por el piso y zumbaban por doquier, como pidiendo el favor de una lluvia que calmara el abrazador soplo del estío. Con nuestras mejores caras enfrentábamos fastidios, sudores y dolores ajenos, tratando de olvidar los propios.
El sonido de las cigarras, como un motor constante que en sonsonete enloquecedor, nos recordaba alucinaciones de zambullidas en cristalinas y heladas aguas de otros momentos.
De pronto, a lo lejos se escucha el escalofriante y conocido ulular de los bomberos en veloz aumento en nuestros oídos. Indudablemente éramos su inevitable destino y se abría paso por las desiertas y humeantes calles, como pidiendo que en la sala de guardia, nuestras manos, aliadas con las de ellos en el dolor y la catástrofe, estuvieran abiertas para recibir vaya uno a saber que súplica de ayuda y de quién. En desesperada carrera, anónimos héroes de uniforme, cumplían con su parte de la tarea, a veces la más dura, la que nadie quiere mirar, la que nadie osa ver, o se atreve a imaginar. Al entrar en la playa de acceso, sin reparos de los resaltos de cordones de veredas, apenas desgastadas por el cincel del picapedrero, nos daba muestra claras de la urgencia que presentaba el cuadro. La gente que esperaba atenderse ya había sido desplazada del portón y parecía una tribuna morbosa de curiosos, sedientos por llevarse una espeluznante historia para contar entre los suyos, haciéndose centro de atención por varios días.
Frena sus enormes ruedas deslizándose pesadamente en el polvo acumulado sobre el pavimento y sin haberse aún detenido, se arrojan del camión cuatro o cinco voluntarios con típicos sombreros y ojos desorbitados clamando: oxigeno..... un pediatra..... mantas..... agua.
Nadie entendía bien de qué se trataba. Se había preparado una camilla en el box más grande con sueros, oxígeno, cajas de instrumental, todo para reanimar paros cardíacos y respiratorios. Si era una emergencia: estábamos listos.
De la parte media del camión, en donde había una cabina de traslado, bajan cuatro hombres cargando un enorme bulto cubierto con una manta. Algo así como un gran televisor de aquella época, generando el estupor de los que esperábamos. A paso ligero entran en la guardia y al depositarlo en la camilla, sentimos un extraño quejido, como de un animal atrapado en un embudo gigante. El bombero más robusto, con su cuerpo bañado en transpiración y su camisa desprendida, se quita el sombrero y con un pañuelo de dudosa pulcritud, se seca toda su cara en un movimiento circular, toma aire y dice: uno nunca deja de sorprenderse de las personas. No saben lo que nos costó traerlo.
La manta fue quitada y quedamos estupefactos al ver un viejo y blanco inodoro, que había sido destornillado de su lugar habitual para trasladar a su presa en su boca atorada: Un bebé de pocos días de vida que su incoherente madre había querido eliminar arrojándolo por tal medio como un desperdicio. Aunque no parezca creíble, la práctica médica nos sobrepone al asombro de lo antes vivido o imaginado en las más terroríficas novelas. Si. El argumento de su progenitora fue que estaba embarazada a término y que fue al baño y al sentarse, nació de golpe, salió solo y quedó atrancado en ese lugar. Claro que le era difícil explicar como era que tenía puesto los pañales y el cordón umbilical atado. De inmediato se procedió a la ruptura de una parte del inodoro, que afortunadamente era de modelo antiguo por lo que había quedado apoyado en la plataforma y con la cabeza fuera del agua, atorada por los intentos maternos de hacerlo pasar por tan estrecho lugar. Con vaselina abundante, el mueble dado vuelta y entre varios se logró desprenderlo de tan engorrosa situación. Las mantas de los bomberos habían disminuido el impacto de la pérdida de temperatura que hubiera sido mortal. Pese a todos los intentos para que dejara de ser así, se encontraba vivo, rozagante y empecinado en continuar con su destino. En un llanto poderoso, parecía cachetear la voluntad de su madre y agradecernos a todos la colaboración para lograr hacerlo. Ella fue llevada detenida a prestar declaración ante el Juez de instrucción de turno y sólo nos quedó registrado su nombre y apellido pero no nos dio datos del bebe. Ella era Isabel Pereyra y teníamos que hacer el ingreso con algún nombre para el niño, aunque fuera transitorio, en medio de la alegría de haberlo rescatado, no se nos ocurrió mejor denominación para su historia clínica que Inodoro Pereyra. Es difícil entender que no todos sentimos igual o respondemos parecido ante las mismas circunstancias. ¿Quién podría juzgar a esa mujer? ¿Cómo sería su vida? ¿En que cuna habrá reposado su cuerpo de niña? ¿Le habrán dado el mismo amor que nos dieron a los que nos pareció aberrante su acto? Como diría Mendieta, mascota del legendario personaje del querido Negro Fontanarrosa, a los que tocó vivir juntos ese día y sabemos, sin juzgar, que fue así: ...............que lo parió ..
Fragmento de:
NUNCA MUERAS EN DOMINGO
Relatos, Prosas y Otras Cosas
http://marcocuadro.blogspot.com.ar/
(Parte 1)
Durante mi vida de médico, nada es tan representativo como la cantidad y variedad de camas en donde he dormido. Las hubo cómodas y terribles, blandas, duras, nuevas y viejas, limpias y no tanto pero el cansancio podía más que el estómago y siempre era una bendición el recreo de cordura, que en la vorágine demencial de sobresaltos de esta profesión, el cerebro necesita.
Fueron casi dos mil noches de guardia que entregué de mi vida a la incertidumbre de no saber si podría dormir. De poder atar esa vez a mi historia un lecho más, que lo relacione con tanto dolor compartido con el ajeno.
Cada sueño interrumpido por un llamado de ayuda, por lo imprevisto de la catástrofe, por el asecho de la tragedia, por lo incierto por vivir. Y en las burbujas de la adrenalina que desgarra las entrañas, encontrar un extraño placer de estar ahí, donde una mano desesperada nos busca. Donde una sonrisa de paz o una decisión frene lo que parecía inevitable, dándonos la concreta sensación magnánima de sentirse una herramienta de Dios.
Cada cama tiene en mi mente, el mágico poder de evocar con detalles, sensaciones buenas o malas. Revivir con ello terrores y placeres, de soledades y desamparos. Del hechizo de, por un instante, ser parte de un todo en la historia de cada paciente.
Mi primera cama, unas cuchetas de hierro que no tenían dueño en la noche y la que se debía compartir por turnos con otros más, que esperaban que mi premio de descansar ganado por azar y mérito, terminara lo antes posible para convertirse ellos en los próximos afortunados. Tenía la ventaja (que en estas situaciones no es despreciable) que si uno no era el que estrenaba las sábanas, quedaba el consuelo de encontrarse la cama calentita en invierno.
Era en un Hospital del conurbano, que asistía a miles de personas de máxima pobreza y desamparo, en una época difícil del país. Era el invierno de 1977 y nadie entendía bien lo que estaba pasando en realidad, pero se sentía una percepción extraña, como una presencia de lúgubre oscuridad y silencio.
En él me vestí de blanco por primera vez y conocí a un mundo diferente al que me había imaginado o veía en las películas. En ese lugar me enfrenté a los miedos supremos de la ignorancia y pasé mis exámenes de entereza que aún hoy siento que fue más por anestesia de mi cerebro que por valentía.
Con mi ambo impecablemente nuevo, inundado de aroma a tienda aún, comenzaba a desdibujar los pliegues hechos en el estante, para darle la forma de mi orgulloso y tímido cuerpo e impregnarse con sudor. Me sentía uno más por unos instantes, luego saludé a los que serían mis compañeros, quienes pese a tener mayor experiencia y para mi parecer eruditos, tampoco estaban recibidos de médicos. Si. Eran las prácticas en terreno para aplicar lo aprendido en las aulas y lo más importante: saber si teníamos o no pasta para lo que vendría. Supervisados por el Médico Interno (jefe de la guardia y autoridad suprema) que era cirujano; también un clínico, un anestesista, un ginecólogo, un pediatra y una partera. Al año ingreso un traumatólogo y nos alivió la vida. Después de explicarme como lección Nº 1 como funcionaba jerárquicamente la guardia, tomé posesión de mi rol del nuevo o (como se decía entonces) del ultimo perro, el que usa mucho el músculo porque en el cerebro tiene poco y lo hace para los que saben y ya no usan el músculo. Es decir, es el que trae, el que lleva, el que carga a los pacientes, el que sube, el que baja, el que va a comprar, el que ceba mate, el asador, el último en comer, el que no duerme de noche (para no perder tiempo de aprender).
De inmediato me paré en un rincón en donde, sin molestar a los demás en el paso, podía ver inicialmente de lejos, lo que era llevar a la práctica lo leído y conocer lo no leído, lo que ningún libro enseña: el conjugar el médico con el ser humano. Tan médico como se aprendió y tan ser humano como se es(lamentablemente esto último no se cambia con el título ni el tiempo).
Sin percatarme de que a mis espaldas había una puerta de entrada adicional a la guardia, ya que estaba cerrada y la gente entraba por otro lugar, cosa que descubro al sentir que alguien la golpea con tanta desesperación que no me quedó alternativa que girar y abrirla.
Sin tiempo a reaccionar, una mujer con sus ojos desorbitados de terror y lágrimas, con un bebé fallecido en sus brazos, abrió súbitamente las puertas de mi abismo con justificado motivo. ¡Justo en mis manos lo depositó y a mi me rogó que lo ayudara! Mientras los dos practicantes de más experiencia, que casualmente estaban a unos metros míos, se hacían cargo para inútilmente tratar de reanimarlo, mis piernas temblaban tanto, que aún hoy me sacuden los cimientos de mis sentimientos. Apenas repuesto de este episodio, otros gritos de desesperación invaden el lugar. Eran los padres de otra bebe que gateando se había escapado de la casa al garaje, en donde el tío, sin verla, al retroceder su camioneta, involuntariamente se transformó en parte del drama y el horror. Por primera vez presenciaba un hecho que me sorprendió en mi ignorancia: al presentar un paro cardíaco la niña, todos los que con frenéticos movimientos la asistían para salvarle la vida, como en un humanitario pacto nunca establecido, dieron un paso atrás, dejando de inmediato lo que hacían. Como si la palabra PARO los redimiera del peso de no hacer más nada, en el alivio de la voluntad de Dios ante los daños espantosos que todos advertían.
Extrañamente después de haber compartido tan terribles momentos juntos, sentía que nos unía algo especial, como un hilo conductor, de tener algo en común, un sentimiento de hermandad, de haber sobrevivido a uno mismo. Sin descanso, ese mismo día las dos tragedias me sacudieron aún verde, pero ellos me supieron dar las armas para no caer. Sólo los que lo han vivido lo entienden. Nunca más me molestaría compartir mi cama con quienes vivía mi descubrimiento de ese otro mundo, al que uno sólo conoce desde este lado, de la mano de quien nos guíe, nos comprenda en el silencio y nos muestre el verdadero sentido de lo que elegimos ser, marcando para siempre el rumbo de nuestro camino. Transformando en un deber el ayudar a otros a iniciarse, a no perderse, a dar lo que se debe dar: todo o dedicarse a otra cosa.
También se aprende que no siempre es para ser vivido como drama y que aún en lo negro de la noche, la pequeña luz de una sonrisa, puede mostrar el camino a uno y a los demás. A dimensionar lo verdadero de lo intrascendente. Siempre ocurrían soplos de aire fresco, que eran anécdotas que si podíamos contar en nuestras casas. Como esa vez en la que a un paciente con una constipación importante, un compañero de guardia le indica un enema evacuante y le da la orden a la enfermera: Elsita, por favor hacele una Murphy (nombre de la preparación) al del box Nº 3.
Elsita comienza su preparación entibiando la leche que lleva en fórmula. Entre tanto y en el vertiginoso ritmo de atención de innumerables pacientes que llegan en horas pico, otro colega que tenía que revisar a un paciente, entra al box Nº 3 y le pregunta al de la panza hinchada: Señor, usted está atendido? A lo que responde que tiene que esperar al médico. Como es lógico suponer se le pidió que por favor esperara afuera mientras revisaba al otro paciente, que tenía una angina fenomenal. Después de ser visto se le pide que aguarde que quien lo atiende irá a buscarle medicación (que había en el depósito del subsuelo). Lo que pasó después es lo que quien lee estas líneas ya se imagina.
Entra Elsita al box Nº3, enema en mano, y sin que el paciente de la angina llegara a preguntarle algo, ya le había hecho bajar los pantalones y enhebrado el denigrante adminículo. Con los ojos desorbitados corre al Office de enfermería, el colega que en su mano traía los antibióticos que había ido a buscar, preguntando por qué le habían colocado una enema, que dicho sea de paso, ya había pasado casi toda.
En medio de una colosal diarrea, el paciente quedó un buen rato encerrado en el baño y afuera se estaban elaborando todo tipo de excusas para pedir perdón a la incauta víctima del error.
La sorpresa no tuvo fin, cuando presenciamos todos los que estábamos pendientes del desenlace, salir al caballero con una cara de infinita satisfacción y saluda al medico para despedirse diciendo: - Ahhhhhhh, doctor, no sabe lo que le agradezco. Nunca un remedio me hizo efecto tan rápido. Me siento perfectamente. Se ve que era eso nomás!!!
Nadie pestañeaba por el estupor. El silencio forzado aumentaba la tentación de risa que ya adivinábamos y que estalló ni bien se cerró la puerta de salida tras el paciente.
Otras veces lo dramático tiene un trasfondo risueño, porque la realidad es muy dura para ser tomada tal cual. Es entonces cuando sorpresivamente surge lo anecdótico.
Era una siesta de enero en un clima tan pesado, que hasta a las moscas le costaba dejar de arrastrarse por el piso y zumbaban por doquier, como pidiendo el favor de una lluvia que calmara el abrazador soplo del estío. Con nuestras mejores caras enfrentábamos fastidios, sudores y dolores ajenos, tratando de olvidar los propios.
El sonido de las cigarras, como un motor constante que en sonsonete enloquecedor, nos recordaba alucinaciones de zambullidas en cristalinas y heladas aguas de otros momentos.
De pronto, a lo lejos se escucha el escalofriante y conocido ulular de los bomberos en veloz aumento en nuestros oídos. Indudablemente éramos su inevitable destino y se abría paso por las desiertas y humeantes calles, como pidiendo que en la sala de guardia, nuestras manos, aliadas con las de ellos en el dolor y la catástrofe, estuvieran abiertas para recibir vaya uno a saber que súplica de ayuda y de quién. En desesperada carrera, anónimos héroes de uniforme, cumplían con su parte de la tarea, a veces la más dura, la que nadie quiere mirar, la que nadie osa ver, o se atreve a imaginar. Al entrar en la playa de acceso, sin reparos de los resaltos de cordones de veredas, apenas desgastadas por el cincel del picapedrero, nos daba muestra claras de la urgencia que presentaba el cuadro. La gente que esperaba atenderse ya había sido desplazada del portón y parecía una tribuna morbosa de curiosos, sedientos por llevarse una espeluznante historia para contar entre los suyos, haciéndose centro de atención por varios días.
Frena sus enormes ruedas deslizándose pesadamente en el polvo acumulado sobre el pavimento y sin haberse aún detenido, se arrojan del camión cuatro o cinco voluntarios con típicos sombreros y ojos desorbitados clamando: oxigeno..... un pediatra..... mantas..... agua.
Nadie entendía bien de qué se trataba. Se había preparado una camilla en el box más grande con sueros, oxígeno, cajas de instrumental, todo para reanimar paros cardíacos y respiratorios. Si era una emergencia: estábamos listos.
De la parte media del camión, en donde había una cabina de traslado, bajan cuatro hombres cargando un enorme bulto cubierto con una manta. Algo así como un gran televisor de aquella época, generando el estupor de los que esperábamos. A paso ligero entran en la guardia y al depositarlo en la camilla, sentimos un extraño quejido, como de un animal atrapado en un embudo gigante. El bombero más robusto, con su cuerpo bañado en transpiración y su camisa desprendida, se quita el sombrero y con un pañuelo de dudosa pulcritud, se seca toda su cara en un movimiento circular, toma aire y dice: uno nunca deja de sorprenderse de las personas. No saben lo que nos costó traerlo.
La manta fue quitada y quedamos estupefactos al ver un viejo y blanco inodoro, que había sido destornillado de su lugar habitual para trasladar a su presa en su boca atorada: Un bebé de pocos días de vida que su incoherente madre había querido eliminar arrojándolo por tal medio como un desperdicio. Aunque no parezca creíble, la práctica médica nos sobrepone al asombro de lo antes vivido o imaginado en las más terroríficas novelas. Si. El argumento de su progenitora fue que estaba embarazada a término y que fue al baño y al sentarse, nació de golpe, salió solo y quedó atrancado en ese lugar. Claro que le era difícil explicar como era que tenía puesto los pañales y el cordón umbilical atado. De inmediato se procedió a la ruptura de una parte del inodoro, que afortunadamente era de modelo antiguo por lo que había quedado apoyado en la plataforma y con la cabeza fuera del agua, atorada por los intentos maternos de hacerlo pasar por tan estrecho lugar. Con vaselina abundante, el mueble dado vuelta y entre varios se logró desprenderlo de tan engorrosa situación. Las mantas de los bomberos habían disminuido el impacto de la pérdida de temperatura que hubiera sido mortal. Pese a todos los intentos para que dejara de ser así, se encontraba vivo, rozagante y empecinado en continuar con su destino. En un llanto poderoso, parecía cachetear la voluntad de su madre y agradecernos a todos la colaboración para lograr hacerlo. Ella fue llevada detenida a prestar declaración ante el Juez de instrucción de turno y sólo nos quedó registrado su nombre y apellido pero no nos dio datos del bebe. Ella era Isabel Pereyra y teníamos que hacer el ingreso con algún nombre para el niño, aunque fuera transitorio, en medio de la alegría de haberlo rescatado, no se nos ocurrió mejor denominación para su historia clínica que Inodoro Pereyra. Es difícil entender que no todos sentimos igual o respondemos parecido ante las mismas circunstancias. ¿Quién podría juzgar a esa mujer? ¿Cómo sería su vida? ¿En que cuna habrá reposado su cuerpo de niña? ¿Le habrán dado el mismo amor que nos dieron a los que nos pareció aberrante su acto? Como diría Mendieta, mascota del legendario personaje del querido Negro Fontanarrosa, a los que tocó vivir juntos ese día y sabemos, sin juzgar, que fue así: ...............que lo parió ..
Fragmento de:
NUNCA MUERAS EN DOMINGO
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