Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Mis lágrimas no caen,
se derraman,
se escapan como un río sin diques
que no pide permiso para existir.
No son metáforas,
no son figuras.
Son agua y sal,
la verdad líquida de este dolor
que ya no cabe en mi pecho.
Escribo con ellas,
con su trazo irregular,
con su peso y su ausencia,
porque las palabras no alcanzan,
porque los versos tiemblan
y se esconden entre las sombras
de tu nombre.
Te busco en el aire,
en la luz que entra por la ventana,
en la voz del silencio que grita tu ausencia.
Y no estás.
No en el mundo que conozco,
pero sí en el otro,
en el que invento cada noche
para volver a verte.
¿Qué hago con este amor
que no encuentra un cuerpo donde vivir?
¿Qué hago con tus recuerdos,
que me miran desde todas las esquinas,
como perros fieles que no saben irse?
No hay consuelo.
No lo quiero.
Prefiero llorarte,
prefiero perderme en esta marea
que me hunde y me salva,
porque cada lágrima eres tú,
y al escribir con ellas,
te vuelvo a crear.
Mis lágrimas escriben este poema
porque no sé cómo decirte adiós,
porque quizá no quiero,
porque, aunque te fuiste,
sigues aquí,
como una llama que no se apaga,
como un eco que no muere,
como este dolor que escribe
se derraman,
se escapan como un río sin diques
que no pide permiso para existir.
No son metáforas,
no son figuras.
Son agua y sal,
la verdad líquida de este dolor
que ya no cabe en mi pecho.
Escribo con ellas,
con su trazo irregular,
con su peso y su ausencia,
porque las palabras no alcanzan,
porque los versos tiemblan
y se esconden entre las sombras
de tu nombre.
Te busco en el aire,
en la luz que entra por la ventana,
en la voz del silencio que grita tu ausencia.
Y no estás.
No en el mundo que conozco,
pero sí en el otro,
en el que invento cada noche
para volver a verte.
¿Qué hago con este amor
que no encuentra un cuerpo donde vivir?
¿Qué hago con tus recuerdos,
que me miran desde todas las esquinas,
como perros fieles que no saben irse?
No hay consuelo.
No lo quiero.
Prefiero llorarte,
prefiero perderme en esta marea
que me hunde y me salva,
porque cada lágrima eres tú,
y al escribir con ellas,
te vuelvo a crear.
Mis lágrimas escriben este poema
porque no sé cómo decirte adiós,
porque quizá no quiero,
porque, aunque te fuiste,
sigues aquí,
como una llama que no se apaga,
como un eco que no muere,
como este dolor que escribe