Mistaken Place

DIEGO

Poeta adicto al portal
1



Era inútil intentar conciliar el sueño, su cabeza rebotaba entre las paredes y el techo de la habitación que también intentaban descansar. Había perdido la cuenta de las vueltas que su cuerpo ejercitó sobre la cama. Por un resquicio de la ventana se filtraba un pequeño haz de luz que generaba la lámpara que apenas se sostenía en la mugrosa pared, ahí afuera, en la calle, en esas calles ignorantes del insomnio que lo perturbaba hasta el punto de mantenerlo increíblemente despierto. Se incorporó con pesadez, sin ganas de hacerlo, pero esa pequeña claridad se le antojaba un imán irresistible y un posible pasatiempo en tanto llegara el sueño.

Acercó sus ojos a la persiana. Afuera la oscuridad era dueña absoluta de las vidas de todos aquellos que ahora descansaban planeando inconscientemente su próximo día. El escaso viento jugaba con algunas hojas y varios papeles sucios. Como fuera, hacía calor. Pero no era el calor lo que le impedía conciliar el sueño. A medida que buceaba en sus pensamientos intentando encontrar alguna pista de aquello que le negaba el descanso, más confusión generaba en su cabeza. No había caso, otra vez sin dormir.

Con los ojos abiertos como toda la noche, recibió al sol, que tímidamente asomaba por el horizonte.
Inevitablemente debía volver a empezar. Cansado, sin fuerzas y casi zombi se metió en el baño con la esperanza de que una ducha lo animara a seguir.





2



La calle era otra, los dedos del sol teñían de ámbar cada rincón del barrio. Los vecinos deambulaban con sus bolsas de compras y se saludaban como si entre el día anterior y este, hubiese pasado un siglo. Su aspecto, era definitivamente delator. Por mas que lo intentaba, era imposible pasar desapercibido. Se sentía un ser extraño, desconocido, como una especie de mutación de laboratorio. Sin embargo, lo único que había cambiado en su vida, era su rostro, que solamente mostraba los rastros de varias noches en vela; pero evidentemente, esta cuestión no pasaba desapercibida a los ojos de los demás.

No caminaba, se trasladaba casi por inercia. Por algún motivo, algo en la vidriera llamó su atención. Fanático como era de la tecnología de avanzada, tenia una cualidad única en lo que respecta a detectar casi de reojo cualquier aparato que tuviera que ver con su pasión. Y algo de eso había en ese escaparate.
-Un negocio nuevo –pensó- y simplemente se limitó a observar con atención. Entre dormido y despierto, recorrió cada objeto que allí se ofrecía. Siguió su camino, sumándose a la manada de gente que con paso incesante seguían corriendo en todas direcciones quién sabe dónde y quién sabe porqué.

El perro casi se lo lleva por delante, o quizá fuera él que se lo llevara por delante al perro. Se limitó a acariciarlo en la cabeza y sonreír. –De vez en cuando un poco de adrenalina no viene mal, ¿eh? –bromeó-. El can contestó meneando la cola y sacudiendo su cabeza frenéticamente. El tintineo de la chapita del collar, llamó su atención: Mistaken Place

-¿Mistaken Place?... ¿qué nombre es ese para un perro?, ¡vaya dueños...!- una nueva caricia y siguió cada cual por su camino.
Mientras avanzaba su cabeza seguía pensando en ese nombre que se le antojaba una marca de algún jabón en polvo para lavar. ¿Cómo puede existir gente tan poco original?, yo lo hubiese llamado... ATILA, NERON, TEMPESTAD... que se yo, pero nada de esos nombres que los transforman en ositos de peluche... TINKY, BOBBY, PARKY... son todas mariconadas que condicionan la naturaleza salvaje de los animales. ¿Quién puede imaginar un Gran Danés llamado KUKY?... es lógico que los animales teman la estupidez humana porque puede tornarse tan peligrosa como la maldad-




3



Naldo acomodó su anatomía en la silla más cercana al gran ventanal que daba a la avenida Rivadavia, pidió un café negro con facturas. No entendía si era casual o la falta de sueño había potenciado su necesidad de alimentarse. Lo real era que estaba desesperado por consumir algo sólido... muerto de hambre, en pocas palabras.
Mistaken Place..., -reflexionó-. Menos mal que el pobre no tiene conciencia de la sequía de originalidad de su amo, en fin...

Si bien su aspecto no es de los que se puedan definir como esbelto, tampoco es justo negar que es un tipo atractivo para su edad. A los cuarenta y cinco, comúnmente se aparenta más que menos, pero la realidad de Naldo es bien distinta. Su pasado deportivo todavía se advierte en un cuerpo bien formado y musculoso. La estatura debe rondar por el metro setenta aproximadamente y aún cuenta con una cabellera abundante y castaña. Los ojos de color almendra enmarcan una nariz bien formada, como si un escultor hubiese pasado por allí con un cincel. Es buen tipo, al decir de sus amigos, es considerado, leal, un poco excéntrico a veces, y sin dudas un espíritu que se quedó colgado en la adolescencia. Amante de la música toda, le es imprescindible la presencia de unas cuantas notas cerca de su oído durante gran parte del día.
Pero las mujeres son otra cosa. Ha tenido varias, aunque probablemente por ese cuelgue en la adolescencia, no le ha ido demasiado bien con las del sexo opuesto. No obstante, no puede decirse que tenga problemas graves con ellas. Está en un momento de soledad por elección.
En cuanto a la excentricidad a la que sus amigos refieren, según su propia opinión, no es tanta. Solo se limita a algunos adornos y recuerdos que atesora en su departamento de soltero transitorio, y tanto es así, que según dice Naldo, son exactamente los artículos que ellos mismos quisieran tener pero no se animan porque la hipocresía en relación con sus gustos, es más grande que sus propios deseos de tenerlos. En el mejor de los casos, son excéntricos reprimidos...

La taza de humeante café y el aroma dulzón de las facturas devolvieron a Naldo a la realidad, saliendo del estado autista en que sus propios pensamientos lo habían sumergido. Agregó dos cucharaditas de azúcar, revolvió y dedicó toda su atención a los dorados vigilantes que comenzaban a cumplir su cometido.

La calle había empezado a teñirse de una palidez que parecía robada de las caras de los enfermos. Grandes nubes cubrían el cielo trasladándose con infinita paciencia. Pero por entre las pequeñas porciones de cielo limpio, podían aún colarse debilitados rayos que quedaban como suaves pinceladas esparcidas sobre un lienzo grisáceo, casi agonizante.

-¡Ey Juan!, parece que otra vez tendremos agua...
-Este clima tan cambiante terminará matándome -se quejó el camarero-. Y a propósito de mala salud, ¿se debe a algo serio el mal aspecto que presentas?... con confianza amigo...
Naldo recibió un cachetazo inesperado.
-¿Tan mal me veo realmente? –chilló-
-Bueno, quizá exageré un poco...
-No, está bien. No tengo nada que una buena siesta no solucione. Sólo son unas cuantas noches sin dormir.
-Vaya amigo, por un momento temí por ti... bueno, en fin, sigo con las mesas si quiero conservar el empleo. Nos vemos, ¿ok?
-Ok, ¡gracias por la preocupación! –masculló entre dientes- ¿Por qué carajo la gente tiene la maldita costumbre de meterse en lo que no le importa? –se preguntaba una y otra vez en silencio- si tan solo pudiera conocer la razón de mi insomnio... si tan solo lo supiera...




El único rastro evidente del café, era una débil columna de humo que además ponía en evidencia la velocidad con la que Naldo bebió el oscuro desayuno. Por el lado de las facturas, algunos restos, pero solo algunos, que se le antojaban un banquete a la mosca que cerca del ventanal principal esperaba con impaciencia que Naldo se fuera antes de transformarse ella misma en alimento de alguna araña de infinita paciencia.

Después de saludar al camarero con un evidente dejo de falsedad, se encaminó hacia la calle sorteando una de las hojas de vidrio de la puerta del bar que ya pedía a gritos un poco de agua con jabón que le devolviera su natural transparencia perdida hacía ya tiempo.

Otra vez la calle con sus peatones, sus autos, sus aves y sus historias silentes, atrapadas en cada una de esas humanidades sin rostros y sin nombres, a cuestas con sus sombras, como una mochila.
Así nuestro personaje veía a los demás... como muertos en vida deambulando sin destino ni rumbo por calles vacías de calor y repletas de indiferencia.
El tumulto le llamo la atención y lentamente se acercó donde, como abejas a la miel, se amontonaban esas humanidades movidas por el morbo que todo lo quiere saber.
Era todo muy confuso, como en la mayoría de hechos confusos. Una veintena de personas desesperadas por ocupar la fila número uno de un espectáculo miserable. Un tipo tirado en la vereda boca abajo tapado con una bolsa. Inmóvil, inerte. Desde alguna parte de su cuerpo brotaba un delgado hilo de sangre espesa y casi seca. El sol todavía estaba oculto, pero el calor seguía presente, y esto, seguramente aceleraba el proceso de secado de ese elemento vital.
Unos metros mas allá, otro sujeto esposado y casi recostado sobre el auto policial, custodiado por otros dos uniformados, uno de ellos bastante abandonado en el cuidado de su persona, por alguna razón, este detalle llamó la atención de Naldo.

-¿Qué pasó? –inquirió casi indiferente-
-Los tipos robaron un súper y por casualidad la policía pasaba justo cuando escapaban, se tirotearon y bajaron a uno. –recitó casi de memoria un gordo sudoroso que exhibía orgulloso la remera con la cara del Chavo, y que parecía querer erigirse en informante oficial de lo ocurrido-
A su lado, una mujer que “pasaba por ahí”, lo observaba con sorna y sus labios dibujaban una sonrisa como tratando de esconder el pensamiento malicioso, pero después de unos segundos no soportó más y se lo vomitó a su amiga:
-Uia!, el Chavo y el Señor Barriga, los dos en un solo cuerpo... –la mujer hacia la cual iba dirigido el chiste, estaba tan entusiasmada con el muerto, que hizo oídos sordos al comentario de la amiga, quizá una manera de hacer justicia a tanto desatino.
-Una historia repetida. –respondió Naldo secamente y casi desilusionado-
En el momento en que consideraba retirarse, una leve brisa comenzó a circular por la avenida hasta toparse con la bolsa que tapaba al muerto. Como siempre que se enfrentan el viento con un objeto liviano, el primero se impone. La bolsa salió volando perseguida por uno de los dos agentes que custodiaban al segundo ladrón. Otra vez el morbo escudriñando el cuerpo tendido sobre la vereda. Por un momento, Naldo quedó perplejo. Sus ojos repasaban la remera que tenía puesta el malogrado. En realidad, leía una y otra vez la inscripción estampada en la misma: Mistaken Place

-¿Mistaken Place? ... –el gesto de su cansado rostro denotaba una perplejidad tan amplia como la sensación de conocer ese nombre desde siempre, como si fuera el suyo propio, como si lo acompañara desde la cuna; y sin embargo, lo había conocido ese mismo día, apenas una hora antes, y ahora, otra vez frente a sí.



4



El departamento es chico y muy agradable a la vista. Varios adornos de todo tipo, algunos muy raros (quizá es a lo que se refieren sus amigos con aquello de la excentricidad)
Las paredes bien pintadas en tonalidades bordó pero bastante luminosas. Se distingue en el medio de la sala de estar un importante sillón que a simple vista se advierte cómodo en extremo. Una pequeña mesa enfrenta al mismo y sobre ésta algún que otro infaltable adorno. También un hornito de esos que perfuman el ambiente con esencias de la India o de algún artesano vernáculo. Un par de revistas de actualidad tecnológica y como manchando tanta pulcritud, restos de una cena improvisada alguna noche previa a las de insomnio.
Cerca de la pequeña mesa, un equipo de audio de marca japonesa de esos que ya no se fabrican y casi no se consiguen. Pura fidelidad. Imposible determinar cuántos CDS, cassettes, y discos de vinilo circundan al mismo, en perfecto orden, meticulosamente acomodados por género e intérprete. Casi da envidia.
Mas allá, una pequeña cocina que también registra los apurados esfuerzos de un chef con mucho apetito y poca aptitud para el arte culinario.
Como sea, haya sido cual fuere el menú, lo seguro es que la salsa era abundante, a juzgar por los caminitos rojizos dibujados entre la mesada y las hornallas.

Antes de desparramarse en el sillón, pasó (como de costumbre al entrar de la calle), por el baño, abrió el grifo del agua fría y procedió a lavarse meticulosamente las manos con abundante jabón. Pulcro al extremo con su persona. El insomnio había podido con algo del orden del departamento pero con nada de su higiene personal.

En los últimos días había notado que la gente no lo trataba como antes; o mejor dicho, sentía que pasaba muy desapercibido para algunos cuantos. Pero eso no lo afectaba tanto como el tema de no poder conciliar el sueño.
Muy a su pesar, había consultado con algunos profesionales, pero de todos recibía idéntica respuesta: - no se preocupe, lo que le sucede es perfectamente normal, no podría ser de otra manera… -, seguida de una sonrisa que tampoco podía descifrar y mucho menos entender.
Esas respuestas, daban vueltas por su cabeza sin encontrar una salida que aclarara sus ideas; y eso lo desesperaba.
Llegó a pensar que lo molestaba más no poder dilucidar ese intríngulis que el insomnio en sí; es más, ya estaba seguro de que la cosa era así.



5




Los días pasaban infinitamente iguales y los ojos seguían increíblemente abiertos.

El viernes era su día preferido y ese en particular, había decidido dejar sus preocupaciones irresolubles de lado.
Caminaba porque sí, sin rumbo fijo ni destino cierto. Se dispuso a flanquear la costanera aprovechando la luz del sol que auguraba muchas horas de calor gratuito.
Comenzó por las playas del sur y recorrió kilómetros de arenas extrañamente solitarias para un mediodía maravilloso. No había absolutamente nadie más que su presencia; ni siquiera su sombra lo acompañaba.
Comenzó a mojar sus pies desnudos en el pequeño espejo de agua que formaban las olas al retirarse después de bañar la arena. La mirada fija en el cristal del mar.

El saludo llegó como arrastrado por la brisa estival.
- ¿Nos conocemos? – inquirió la voz rasposa.
- Lo dudo… - respondió rápidamente Naldo.
- Llamó mi atención la soledad de estos parajes-
- También a mí… - contestó secamente Naldo…

Se hicieron compañía silenciosa durante largos minutos. Los necesarios para que Naldo se percatara del aspecto del extraño.

Una pequeña y sucia gorra roja protegía su cabeza del sol incinerante, y lo demás era todo un montón de mugre y restos de sangre seca. Desparramada por todo su esquelético cuerpo. No era posible determinar dónde terminaba la remera y comenzaba el pantalón.
Naldo detuvo su marcha de repente.
El extraño se adelantó unos pasos. Entonces lo entendió.
La espalda del extraño exhibía la temida frase: Mistaken Place.

El sujeto giró, esbozó mueca de resignación y agregó:
- Lugar paradisíaco éste, ¿no? –
- Sí… lo es -, fue la seca respuesta.
- No te preocupes, ya estamos en el lugar correcto… sólo que no lo supiste hasta ahora –

Siguieron caminando en silencio, lo último que escuchó fue el sonido de un ladrido mezclado con el tintinear de una chapita identificatoria; sonidos más cercanos que sus propios recuerdos.
 
Muy bien Die,espero que hayas pasado un hermoso día del padre con tu princesa y hablando de eso.... me debes 2 años de fotos,ajjaja, las espero,un beso amigo,buena vida!
 

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