Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
El amor como idea.
Un punto de vista.
No he probado muchas cosas.
He probado muchas otras sin comparación con el amor.
A veces todo me supera.
Pero todo se supera.
De una manera u otra.
Amor se desea, se intuye, se siente.
Sacar el lado bueno de las cosas.
No implicarse demasiado, o hacerlo mesuradamente, en los aspectos subjetivos.
Directrices en las que se busca la paz, y sin terminar con esa otra mitad de nosotros, o de casi todos, o de algunos, o de nadie, en las que basar actos delictivos o no, contra nuestra conciencia, o contra mi conciencia, o contra el concepto que yo tengo de conciencia.
El único testigo en todos nuestros crímenes o atentados, o actos de buena fe, o faltas de atención y consideración hacia lo que nos rodea, y que puede llegar o no a formar parte de nuestra conciencia.
El amor como idea.
No me hace afirmar que conozco el amor, sino que lo persigo.
No lucho contra él si me escondo en un caparazón. Cualquier afirmación está sometida a juicio, antes o después de efectuada, o en ambos momentos.
Mi máxima para amar es sentirme igual a los demás seres humanos.
Mi amor se basa en ese sentimiento.
Pero no puedo ser uno más hablando del amor solo como idea.
He de recapitular hacia su aparición como idea, y no como propósito o comportamiento, ya que todo o casi todo o nada, está sometido a cambio, y el amor es lo único capaz de cambiarme, de despertar, despejar la mente.
Soltar lastre de afirmaciones y negaciones.
No quedarse ni con el sí ni con el no.
El equilibrio.
Tampoco cuestionarse todo, a no ser que la idea del amor sea cuestionada.
No hay nada que satisfaga más que conocer.
Si es a través del amor, para mí quizá la única forma posible, estamos perfectamente cualificados para afrontar las incompatibilidades e incógnitas.
No hay amor, creo yo, en la negación.
En la imparcialidad.
En la afirmación.
El amor lo incluye todo al mismo tiempo.
Es decir, sin ánimo de amar, que nos empuje a la inquietud, y sin ánimo de ofender, que nos empuje a la razón impuesta, verdadera o no.
No es iniciativa hablar del amor sin prejuicios, pues eso ya está inventado.
Es darle un toque personal.
Hacer del razonamiento, de la palabra, una base para el equilibrio.
Todo, absolutamente todo lo que digo, va en una sola dirección, un solo sentido.
No quiero imponerme ante nada, ni nadie.
No quiero juzgar a quien no comparta mi opinión.
Pero si escribo, si realmente escribo con amor, no habrá juicios ni prejuicios sobre lo que escribo.
Sentimiento, pensamiento.
Uniforme, como el amor.
No sé lo que quiero, pero sé que a través de la no disputa, del no conflicto, de la no inconsciencia verbal, se puede llegar al alma.
Quizá no igual que una mirada brillante.
Quizá no igual que un beso.
Pero si hay amor en el verso, es porque el silencio expresa, y la palabra, necesaria de más, y aun sin admitir la perfección, reconoce la superioridad del deleite, y se muestra débil y vulnerable.
Sin saber qué decir.
Pero diciendo un montón de cosas que aun sin ser fijación, suponen la virtud, la belleza, el pudor del amor como idea, como si hablara y callara al mismo tiempo.
Todo ello fruto de un pensamiento que ha fluido sin influir en sí mismo.
Sin rozar si quiera la idea del amor.
Ni el poder de convicción.
No conocer la verdad sobre nosotros es una página de oro en el libro del amor.
No soy derroche, pero sí entrega.
Lo hago lo mejor que puedo y el amor no me llega.
La idea del amor se queda pequeña.
Con el poder de la palabra, se enamora de sí misma.
Equilibrio o no.
Amor o no.
Digo muchas cosas que justifico, pero si no hay amor hay esperanza.
Si no hubiera esperanza, el amor no nos esperaría.
Sentimientos.
Mundo.
Teorías que resultan abruptas.
En el fondo de cada uno, siempre el amor.
Cumplir con él no es una obligación.
Pero nos obliga.
Luchar contra esa obligación es imposible.
Tarde o temprano, volveremos a ser lo que fuimos.
Lo que llevamos por dentro.
Al fondo de todo.
Las tácticas contra el amor no funcionan, lo he comprobado.
Y ahora, sin brillo ni penitencia, solo con pensamiento, hablo del amor como idea.
Y no se me aparecen nada más que mis demonios.
Mis teorías.
El amor como idea me hace pensar que, o todo está correcto, o todo es y será un error.
Que nunca podré enamorarme.
No puedo con el amor.
No puedo amar.
Lo siento, mundo.
No creo y al mismo tiempo creo en mi palabra.
En realidad no siento nada.
El mundo no me ha pasado por encima, he sido yo con mis teorías.
Salir de ellas con el amor como idea, no es otra cosa que admitir que la profundidad de mi herida es igual o incluso mayor que la del mundo.
O que quiero justificarme, pero no es así.
Yo tuve una idea, el amor como idea, hasta que decidí hundirme en la miseria.
Y claro que tengo explicación para todo, y un grado alto de conciencia y objetividad, pero no me puedo permitir el lujo de amar, precisamente por ello.
No necesito un remedio, ni amor, ni una idea, ni el amor como idea.
Mi pensamiento va más lejos que todo ello.
Es un pozo sin fondo.
Un abismo sin fin.
No cabe en él el universo.
Está claro que nunca voy a convencer a nadie de nada, pero al menos tengo una certeza.
El universo sin mí no tiene con quien jugar.
Yo no soy Dios que yo sepa, ni tiro los dados, pero mi experiencia no me da dolor de corazón.
No he perdido a nada en la vida, tenía las ideas equivocadas, las cartas equivocadas.
No me froto las manos con nada.
Ni canto victoria.
Ni me arrepiento.
Sigo la dirección del viento, y nunca caigo en la misma trampa, ni tropiezo con la misma piedra.
No es éste un camino de rosas.
Ni siquiera es un camino.
No me he movido del sitio, porque sé que los sucesos son sinceros, y algún día me darán la razón.
No tengo nada que objetar. Ni que esconder.
No soy como nadie, porque he cavado muy, pero que muy hondo, hasta llegar adonde estoy ahora, frente a mis ojos, de nuevo.
He confinado mis teorías y mis textos, por creer en lo que otros creen.
He intentado compartir mi visión con quien no la comprendía.
Nunca he aprendido nada de mis relaciones.
El abismo nunca ha sido un espejismo.
Ni siquiera un desierto mi soledad, la más oscura de las soledades.
No creo en nada, en lo que soy y en lo que puedo ser, sí.
Cada vez más fuerte y sin fuerza de voluntad, solo con espíritu.
He surcado el cosmos aunque no me acuerde, porque en mi mente cabe todo, menos la palabra ajena, estorbo por naturaleza a lo misterioso y sublime.
Nadie puede llegar a mí porque no ven más allá de sus creencias.
No es el mundo quien nos hace diferentes, yo marco la diferencia.
Sin lástima ni alboroto.
Sin tregua ni guerra.
Sin paz ni perdón.
Claro que el amor es una idea.
La idea que se le ocurrió al primer ser humano que se sentía solo fue Dios, no el amor.
Y si por encima de Dios no hay nada, para qué seguir crucificados.
No hay ignorancia en mí, pues me colmo a mí mismo.
Sin sabiduría.
Sin compañía.
Sin trampas.
Yo soy lo único contra lo que he chocado.
Nadie tiene la culpa de nada.
Ni siquiera Dios.
Ni el libre albedrío.
Mi opinión nunca será igual a la de nadie, porque pienso más allá de la duda.
La palabra es mi vehículo, y voy a toda mecha.
El universo no es insondable, he llegado a mí.
Objetivo de mis pensamientos y reflexiones.
Adaptación a la vida.
Supremacía.
No soy como nadie, ni quiero serlo, amo demasiado mi misterio.
Por más que hable siempre volveré a la propiedad en la palabra.
Así como en la mente que imagina, el concepto deshace el misterio.
No conceptualizo, sé que el misterio es como el silencio, la herida más profunda del ser humano.
Un punto de vista.
No he probado muchas cosas.
He probado muchas otras sin comparación con el amor.
A veces todo me supera.
Pero todo se supera.
De una manera u otra.
Amor se desea, se intuye, se siente.
Sacar el lado bueno de las cosas.
No implicarse demasiado, o hacerlo mesuradamente, en los aspectos subjetivos.
Directrices en las que se busca la paz, y sin terminar con esa otra mitad de nosotros, o de casi todos, o de algunos, o de nadie, en las que basar actos delictivos o no, contra nuestra conciencia, o contra mi conciencia, o contra el concepto que yo tengo de conciencia.
El único testigo en todos nuestros crímenes o atentados, o actos de buena fe, o faltas de atención y consideración hacia lo que nos rodea, y que puede llegar o no a formar parte de nuestra conciencia.
El amor como idea.
No me hace afirmar que conozco el amor, sino que lo persigo.
No lucho contra él si me escondo en un caparazón. Cualquier afirmación está sometida a juicio, antes o después de efectuada, o en ambos momentos.
Mi máxima para amar es sentirme igual a los demás seres humanos.
Mi amor se basa en ese sentimiento.
Pero no puedo ser uno más hablando del amor solo como idea.
He de recapitular hacia su aparición como idea, y no como propósito o comportamiento, ya que todo o casi todo o nada, está sometido a cambio, y el amor es lo único capaz de cambiarme, de despertar, despejar la mente.
Soltar lastre de afirmaciones y negaciones.
No quedarse ni con el sí ni con el no.
El equilibrio.
Tampoco cuestionarse todo, a no ser que la idea del amor sea cuestionada.
No hay nada que satisfaga más que conocer.
Si es a través del amor, para mí quizá la única forma posible, estamos perfectamente cualificados para afrontar las incompatibilidades e incógnitas.
No hay amor, creo yo, en la negación.
En la imparcialidad.
En la afirmación.
El amor lo incluye todo al mismo tiempo.
Es decir, sin ánimo de amar, que nos empuje a la inquietud, y sin ánimo de ofender, que nos empuje a la razón impuesta, verdadera o no.
No es iniciativa hablar del amor sin prejuicios, pues eso ya está inventado.
Es darle un toque personal.
Hacer del razonamiento, de la palabra, una base para el equilibrio.
Todo, absolutamente todo lo que digo, va en una sola dirección, un solo sentido.
No quiero imponerme ante nada, ni nadie.
No quiero juzgar a quien no comparta mi opinión.
Pero si escribo, si realmente escribo con amor, no habrá juicios ni prejuicios sobre lo que escribo.
Sentimiento, pensamiento.
Uniforme, como el amor.
No sé lo que quiero, pero sé que a través de la no disputa, del no conflicto, de la no inconsciencia verbal, se puede llegar al alma.
Quizá no igual que una mirada brillante.
Quizá no igual que un beso.
Pero si hay amor en el verso, es porque el silencio expresa, y la palabra, necesaria de más, y aun sin admitir la perfección, reconoce la superioridad del deleite, y se muestra débil y vulnerable.
Sin saber qué decir.
Pero diciendo un montón de cosas que aun sin ser fijación, suponen la virtud, la belleza, el pudor del amor como idea, como si hablara y callara al mismo tiempo.
Todo ello fruto de un pensamiento que ha fluido sin influir en sí mismo.
Sin rozar si quiera la idea del amor.
Ni el poder de convicción.
No conocer la verdad sobre nosotros es una página de oro en el libro del amor.
No soy derroche, pero sí entrega.
Lo hago lo mejor que puedo y el amor no me llega.
La idea del amor se queda pequeña.
Con el poder de la palabra, se enamora de sí misma.
Equilibrio o no.
Amor o no.
Digo muchas cosas que justifico, pero si no hay amor hay esperanza.
Si no hubiera esperanza, el amor no nos esperaría.
Sentimientos.
Mundo.
Teorías que resultan abruptas.
En el fondo de cada uno, siempre el amor.
Cumplir con él no es una obligación.
Pero nos obliga.
Luchar contra esa obligación es imposible.
Tarde o temprano, volveremos a ser lo que fuimos.
Lo que llevamos por dentro.
Al fondo de todo.
Las tácticas contra el amor no funcionan, lo he comprobado.
Y ahora, sin brillo ni penitencia, solo con pensamiento, hablo del amor como idea.
Y no se me aparecen nada más que mis demonios.
Mis teorías.
El amor como idea me hace pensar que, o todo está correcto, o todo es y será un error.
Que nunca podré enamorarme.
No puedo con el amor.
No puedo amar.
Lo siento, mundo.
No creo y al mismo tiempo creo en mi palabra.
En realidad no siento nada.
El mundo no me ha pasado por encima, he sido yo con mis teorías.
Salir de ellas con el amor como idea, no es otra cosa que admitir que la profundidad de mi herida es igual o incluso mayor que la del mundo.
O que quiero justificarme, pero no es así.
Yo tuve una idea, el amor como idea, hasta que decidí hundirme en la miseria.
Y claro que tengo explicación para todo, y un grado alto de conciencia y objetividad, pero no me puedo permitir el lujo de amar, precisamente por ello.
No necesito un remedio, ni amor, ni una idea, ni el amor como idea.
Mi pensamiento va más lejos que todo ello.
Es un pozo sin fondo.
Un abismo sin fin.
No cabe en él el universo.
Está claro que nunca voy a convencer a nadie de nada, pero al menos tengo una certeza.
El universo sin mí no tiene con quien jugar.
Yo no soy Dios que yo sepa, ni tiro los dados, pero mi experiencia no me da dolor de corazón.
No he perdido a nada en la vida, tenía las ideas equivocadas, las cartas equivocadas.
No me froto las manos con nada.
Ni canto victoria.
Ni me arrepiento.
Sigo la dirección del viento, y nunca caigo en la misma trampa, ni tropiezo con la misma piedra.
No es éste un camino de rosas.
Ni siquiera es un camino.
No me he movido del sitio, porque sé que los sucesos son sinceros, y algún día me darán la razón.
No tengo nada que objetar. Ni que esconder.
No soy como nadie, porque he cavado muy, pero que muy hondo, hasta llegar adonde estoy ahora, frente a mis ojos, de nuevo.
He confinado mis teorías y mis textos, por creer en lo que otros creen.
He intentado compartir mi visión con quien no la comprendía.
Nunca he aprendido nada de mis relaciones.
El abismo nunca ha sido un espejismo.
Ni siquiera un desierto mi soledad, la más oscura de las soledades.
No creo en nada, en lo que soy y en lo que puedo ser, sí.
Cada vez más fuerte y sin fuerza de voluntad, solo con espíritu.
He surcado el cosmos aunque no me acuerde, porque en mi mente cabe todo, menos la palabra ajena, estorbo por naturaleza a lo misterioso y sublime.
Nadie puede llegar a mí porque no ven más allá de sus creencias.
No es el mundo quien nos hace diferentes, yo marco la diferencia.
Sin lástima ni alboroto.
Sin tregua ni guerra.
Sin paz ni perdón.
Claro que el amor es una idea.
La idea que se le ocurrió al primer ser humano que se sentía solo fue Dios, no el amor.
Y si por encima de Dios no hay nada, para qué seguir crucificados.
No hay ignorancia en mí, pues me colmo a mí mismo.
Sin sabiduría.
Sin compañía.
Sin trampas.
Yo soy lo único contra lo que he chocado.
Nadie tiene la culpa de nada.
Ni siquiera Dios.
Ni el libre albedrío.
Mi opinión nunca será igual a la de nadie, porque pienso más allá de la duda.
La palabra es mi vehículo, y voy a toda mecha.
El universo no es insondable, he llegado a mí.
Objetivo de mis pensamientos y reflexiones.
Adaptación a la vida.
Supremacía.
No soy como nadie, ni quiero serlo, amo demasiado mi misterio.
Por más que hable siempre volveré a la propiedad en la palabra.
Así como en la mente que imagina, el concepto deshace el misterio.
No conceptualizo, sé que el misterio es como el silencio, la herida más profunda del ser humano.