gaboking1
Poeta recién llegado
Sobre los dedos de los cordones montañosos se alzó la tempestad. Era una enorme serpiente que rugía, se arrastraba y rodeaba una y otra vez la desnuda tierra protegida por la magnitud de su altura. La enorme montaña se esforzaba por arrancar de la tormenta estirando sus pies todo lo que podía. El mito solo contemplaba aterrado, afirmando a su esposa y a su hijo. Pero confiaba en la imponente bestia que los protegía en sus lomos.
Finalmente, el mar no pudo seguir subiendo y dejó en paz esta tierra yerma, y con ella toda su gente aciaga.
Luego vino el fuego, que se expandía por toda esta angosta tierra. El fuego buscaba riquezas, pero sólo encontró resistencia. El fuego era soplado a veces destruyendo algunas de sus llamas, más ni el agua o la lanza lo extinguían, solamente amenguaba.
El fuego quemó el vientre de mi madre, nacimos nosotros, criaturas concebidas sin amor y nos expandimos hasta que el fuego y el mito pobló toda esta tierra.
Luego del fuego vinieron las máquinas que usurpaban todo lo que encontraban, pero nadie se oponía a ellas, pues ellas merecían la sangre de esta tierra para beberla y disfrutarla. Algunos dudaron de las máquinas, querían esta tierra para labrarla sin necesidad de las máquinas, querían excavar con sus propias picas, con sus propias manos. Pero las máquinas arrasaron con ellos y continuaron dominando. Las máquinas no paran aún de alimentarse, porque las venas de mi tierra sangran y seguirán sangrando por años: la sustancia de mi tierra es miel y sus labios la necesitan.
¿Quién soy? Me pregunto y no encuentro mejor respuesta: Yo soy la roca que no devoró el mar, soy el páramo de tierra que no conquistaron, yo solo soy lo que no usurparon, el lienzo enarbolado que no asesinaron.
Gabriel Quintanilla, Santiago
Finalmente, el mar no pudo seguir subiendo y dejó en paz esta tierra yerma, y con ella toda su gente aciaga.
Luego vino el fuego, que se expandía por toda esta angosta tierra. El fuego buscaba riquezas, pero sólo encontró resistencia. El fuego era soplado a veces destruyendo algunas de sus llamas, más ni el agua o la lanza lo extinguían, solamente amenguaba.
El fuego quemó el vientre de mi madre, nacimos nosotros, criaturas concebidas sin amor y nos expandimos hasta que el fuego y el mito pobló toda esta tierra.
Luego del fuego vinieron las máquinas que usurpaban todo lo que encontraban, pero nadie se oponía a ellas, pues ellas merecían la sangre de esta tierra para beberla y disfrutarla. Algunos dudaron de las máquinas, querían esta tierra para labrarla sin necesidad de las máquinas, querían excavar con sus propias picas, con sus propias manos. Pero las máquinas arrasaron con ellos y continuaron dominando. Las máquinas no paran aún de alimentarse, porque las venas de mi tierra sangran y seguirán sangrando por años: la sustancia de mi tierra es miel y sus labios la necesitan.
¿Quién soy? Me pregunto y no encuentro mejor respuesta: Yo soy la roca que no devoró el mar, soy el páramo de tierra que no conquistaron, yo solo soy lo que no usurparon, el lienzo enarbolado que no asesinaron.
Gabriel Quintanilla, Santiago
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