Juan Felipe Casas Builes
Poeta recién llegado
Sentado en la aurora del carrusel apagado,
contemplando la nada en la que me encontraba;
baja mi mirada, noto la belleza sencilla de la flor;
la grandeza e imponente presencia del cielo,
me lleno de inigualables figuras imaginarias;
apacible el agua, las risas del niño llegando a mí.
El viento tranquilo tocaba mi rostro,
poco a poco mis oídos percibían,
los pasos de hombres y mujeres,
que en su movimiento rozaban el suelo,
y voces vacías, cuchicheaban.
Seguí mirando tal si fuera infante descubriendo;
sonidos se incrementaban como ironía armónica a mis oídos,
alegrando y estresando,
la luz fue llegando a mi vista de loco;
el carrusel se encendió, la vida volvió.
Mis ojos dibujando con pluma una sonrisa,
satisfacción a mi rostro para de nuevo caer al mundo,
pero como nunca, ya que en instantes de tal desenfreno
comprendí, un poco más, la felicidad.:S
contemplando la nada en la que me encontraba;
baja mi mirada, noto la belleza sencilla de la flor;
la grandeza e imponente presencia del cielo,
me lleno de inigualables figuras imaginarias;
apacible el agua, las risas del niño llegando a mí.
El viento tranquilo tocaba mi rostro,
poco a poco mis oídos percibían,
los pasos de hombres y mujeres,
que en su movimiento rozaban el suelo,
y voces vacías, cuchicheaban.
Seguí mirando tal si fuera infante descubriendo;
sonidos se incrementaban como ironía armónica a mis oídos,
alegrando y estresando,
la luz fue llegando a mi vista de loco;
el carrusel se encendió, la vida volvió.
Mis ojos dibujando con pluma una sonrisa,
satisfacción a mi rostro para de nuevo caer al mundo,
pero como nunca, ya que en instantes de tal desenfreno
comprendí, un poco más, la felicidad.:S
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