Nuestro planeta es rico,
por sus variaciones y sinfonías,
junto a Ludwig Van Beethoven,
Johann-Sebastian Bach, Wolfgang Amadeus Mozart,
Schubert, Liszt, Mendelssohn o Wagner,
y su Cabalgata de las Walkyrias.
Nuestro planeta ofrece cuatro platos distintos,
como menú, en restaurante italiano.
Hostelería mexicana, india, china...
Degustación mediterránea, o turca, y el Shawarma de pollo.
Nuestro planeta, y el arroz tres delicias,
rollito de Primavera, o cerdo agridulce.
Nuestra querida Madre Tierra y la Pizza Margherita,
los Spaghetti a la Carbonara, o los macarrones con tomate.
Edvard Grieg y la Procesión de los Gnomos...
En el vestíbulo de la Montaña Rey, ¡ Gran himno !
Y las novelas de Harry Potter.
Nuestro mundo azul marino dio de sí la Atlántida.
Una ramificación civilizada del Cro-Magnón antiguo.
Unos hermanos que pronto cuajaron como científicos,
desde hace 32.000 años. Atlantes, soberanos e independientes,
de otras numerosas tribus y estirpes, que aún
batallaban contra los Neanderthales.
Atlántida que acabaría hundiéndose,
por la ambición excesiva, dados
los experimentos con la cristalización de la luz,
que la convertía en luz sólida.
La Atlántida y la creencia en un Karma fatalista.
Una lección a aprender,
fruto de nuestros actos hostiles,
que llega al Futuro de esta vida,
o incluso a otras vidas futuras.
Pero que se vuelve
castigo, cuando en realidad,
la Felicidad es una consecuencia,
y la desdicha, no un castigo,
sino un resultado. Con lo cuál,
no es fatalista repetir curso.
Ni tampoco es fatalista,
barrer la cocina, o planchar la ropa.
Ni siquiera es fatalista, la pandemia
del Corona-Virus de Wuhán, y la perentoria
necesidad de hallar una pertinente vacuna.
No hay Femme Fatale en el cielo, sobre nuestras cabezas.
Sino tan sólo, mucha presión, en cada mundo.