dragon_ecu
Esporádico permanente
En el parque,
el viejo Matías arregla su micrófono
con su parlante de batería.
Recuerda como antes
usaba un magnavoz
y mucho antes un altavoz de cono
de esos de latón y asa
que se había tomado "prestado"
de una yola descuidada.
Lleva encima
cuarenta años de anunciar su palabra
y de paso promocionar
algún dulce,
o helado,
o meriendas baratas por allí cerca.
Hoy, anuncia con verguenza
la función porno del cine,
o las ventajas del motelucho de enfrente.
Pero luego del obligado
comercial de turno...
carraspea y toma aire
para...
él solo
ayudado y respaldado
únicamente
por la potencia de sus palabras,
resolver todos los problemas
del mundo.
De pronto noto a Nicolás el matemático
dejar a un lado su cáscara de sandía
deteniendo en una tendencia al infinito
las kilométricas ecuaciones
que escribe en la acera.
Absorto Nicolás de la sabiduría expresa,
regresa su mirada hacia Paula,
vieja dama y dueña de la casa de citas
que regentaba alegres fiestas nocturnas.
Paula arregla su falda de bordados
y desliza de su muslo
un hilo mal cosido
junto al parche que sostenía
la esperanza de mostrar la enagua.
Ponce Rubidio se agacha presuroso,
galante como siempre,
a recuperar la tela
de las mandíbulas de las hormigas
que secuestraban el trapo.
Él, hijo primero de un militar retirado
con mil batallas ganadas
en el portamapas de la escuela de guerra,
sentía que su orgullo
bien podía esperar
y ceder un poco
ante una posible aventura
con la octogenaria damisela.
Mientras Paula sonreía
con esa coqueta ternura
de medias noches a ritmo de velas
mecidas por vaivenes de caderas.
- Acaso el amor por ser comprado
no puede seguir siendo puro...
musitó Mónica
quien miraba el devaneo
de dos viejos amantes.
Luego recogía los restos de sandía del piso
para depositarlos en el tacho.
Levantó el rostro de Nicolás
en tanto limpiaba su cara y sus manos.
Para luego acercarse a Matías.
- Profesor que ya es hora de cerrar el discurso e ir a la cena.
Ante la voz dulce de Mónica
Matías procede a recoger las latas de conservas
y guardarlas en una caja de cartón.
Matías le inquiere a Mónica.
- ¿Te gustó mi presentación?
- Claro que sí - le responde Mónica.
- Te pareció bien el tratado que propuse entre Hitler y Maduro.
- O el acuerdo de paz entre vecinos para Evo y Putin.
- Por supuesto, son ideas geniales todas ellas - acotó Monica.
Ya recogidos los tereques,
cada uno de ellos regresó al salón comedor
para su cena
su lorazepam
y a la cucha...
Mientras me llevo a Mónica a otro lado.
el viejo Matías arregla su micrófono
con su parlante de batería.
Recuerda como antes
usaba un magnavoz
y mucho antes un altavoz de cono
de esos de latón y asa
que se había tomado "prestado"
de una yola descuidada.
Lleva encima
cuarenta años de anunciar su palabra
y de paso promocionar
algún dulce,
o helado,
o meriendas baratas por allí cerca.
Hoy, anuncia con verguenza
la función porno del cine,
o las ventajas del motelucho de enfrente.
Pero luego del obligado
comercial de turno...
carraspea y toma aire
para...
él solo
ayudado y respaldado
únicamente
por la potencia de sus palabras,
resolver todos los problemas
del mundo.
De pronto noto a Nicolás el matemático
dejar a un lado su cáscara de sandía
deteniendo en una tendencia al infinito
las kilométricas ecuaciones
que escribe en la acera.
Absorto Nicolás de la sabiduría expresa,
regresa su mirada hacia Paula,
vieja dama y dueña de la casa de citas
que regentaba alegres fiestas nocturnas.
Paula arregla su falda de bordados
y desliza de su muslo
un hilo mal cosido
junto al parche que sostenía
la esperanza de mostrar la enagua.
Ponce Rubidio se agacha presuroso,
galante como siempre,
a recuperar la tela
de las mandíbulas de las hormigas
que secuestraban el trapo.
Él, hijo primero de un militar retirado
con mil batallas ganadas
en el portamapas de la escuela de guerra,
sentía que su orgullo
bien podía esperar
y ceder un poco
ante una posible aventura
con la octogenaria damisela.
Mientras Paula sonreía
con esa coqueta ternura
de medias noches a ritmo de velas
mecidas por vaivenes de caderas.
- Acaso el amor por ser comprado
no puede seguir siendo puro...
musitó Mónica
quien miraba el devaneo
de dos viejos amantes.
Luego recogía los restos de sandía del piso
para depositarlos en el tacho.
Levantó el rostro de Nicolás
en tanto limpiaba su cara y sus manos.
Para luego acercarse a Matías.
- Profesor que ya es hora de cerrar el discurso e ir a la cena.
Ante la voz dulce de Mónica
Matías procede a recoger las latas de conservas
y guardarlas en una caja de cartón.
Matías le inquiere a Mónica.
- ¿Te gustó mi presentación?
- Claro que sí - le responde Mónica.
- Te pareció bien el tratado que propuse entre Hitler y Maduro.
- O el acuerdo de paz entre vecinos para Evo y Putin.
- Por supuesto, son ideas geniales todas ellas - acotó Monica.
Ya recogidos los tereques,
cada uno de ellos regresó al salón comedor
para su cena
su lorazepam
y a la cucha...
Mientras me llevo a Mónica a otro lado.
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