Solaribus
Poeta veterano en el portal
La última línea es el amor. Después, quizás la muerte sea el único vestigio del insomnio.
El insomnio que borra todo olvido.
Existe un océano. Un círculo en la memoria. Un niño mudo dibujando siempre.
¿Se puede pintar sobre cenizas?... ¡A los vientos se les pide todas las respuestas!
Será mejor que guarde estos pinceles. Los vientos no hablan. Lloran en los corredores.
¿Y estas puertas? ¿Qué letra escrita a mano se les parece?
Quizás lo sepa. Cartas besadas trepan por la noche. Suben por el pecho hasta la frente blanca.
Se acongojan, labios, contra el muelle frío.
¡Ah! ¡El oceáno era el pecho!
En la frente, los besos. En las casas vacías, los tigres las iguanas las mariposas.
¿Me harás un descanso en el hueco de tu agua? ¿En el origen de tus cicatrices? ¿En los árboles de tu niñez?
Tal vez puedas sostener con una mano el río y también los peces. Vos, que conversás con poemas vivientes. Y sabés cuándo hablan los peces en la mudez del agua.
Todo amor tiene costuras. Habla dialectos de pequeñas muertes. De solitarios desmayos. Abismos que llaman a otros abismos.
Quiero verlo todo.
Aunque el deseo fuera nada más que un espejo, si hay un fondo, el amor comenzó ahí. En la lámpara desnuda que permitió contemplarnos tal cual somos.
Una confusión de guerras y treguas, de superficies cóncavas, de miradas sin centro.
La mente nace con la búsqueda. El pensamiento aprende en el revés de la voz.
Yo quiero sobrevivir así. Esperándote.
Me inclino para buscar una piel cerca del cuerpo. La memoria falla, como una flor tardía.
¡No puedo recordar! ¡No me olvides!
La noche vibra en el borde. Urgente.
Te pido que repitas la misma luz con movimientos lentos.
No un borrar.
Sino un nacer de nuevo.
La noche se repliega o se arroja. ¿Muro o umbral? ¡Quién sabe!
Lo antiguo, detenido a tiempo, habita para siempre donde encontró reposo.
¡Ahí estás!
Como una danza. Reflejada en el agua.
Si hay un fondo, el amor comienza ahí. Cuando no hay nadie cerca, y el silencio devuelve la claridad de los sonidos.
Un azul continuo adormece el espacio con trazos de campanas. Se balancean debajo de la lluvia.
Atravieso el humedal con el deseo de encontrarte para que seas mi casa camino. Mi casa de puertas y lámparas blancas.
Cada paso es detenerse en la pregunta abierta. La voz, sobre el pecho, nombra.
Relámpago. Aparece desapareciendo.
Tu llamado es esa luz en el cielo. Se esfuma. Suelta un latido en la altura del aire.
Cerca del suelo te inunda la calma. Temblás como una hoja. Te enredás en el perfume del campo.
La duda, un filo de pájaros oscuros, roba tu rastro.
Pero te sigo.
Igual te sigo.
Tu misterio no se parece en nada al vacío. Gira sobre sí. Te cubre. Te partís.
Dejás esparcidas, como gretel, las migas de tu cuerpo. Gretel desmenuzada,
renacés en el sonido del bosque.
Yo te sigo. Tu misterio me obliga a pensarte desde la ofrenda. Mi vocación es buscarte. No como un destino. Como un viaje.
No hay lejanía. Hay ceguera. Espejos que estiran los pasos en su bóveda de plata.
Son flores extendidas que consuelan, vanamente, con el propio silencio.
Atraviesan la creación como un eco, con desnudez de caverna.
No hay lejanía. Sólo mis pasos, detrás de tus pasos.
Monólogos enfrente del amor ©
Daniel Cáseres©
Solaribus©
El insomnio que borra todo olvido.
Existe un océano. Un círculo en la memoria. Un niño mudo dibujando siempre.
¿Se puede pintar sobre cenizas?... ¡A los vientos se les pide todas las respuestas!
Será mejor que guarde estos pinceles. Los vientos no hablan. Lloran en los corredores.
¿Y estas puertas? ¿Qué letra escrita a mano se les parece?
Quizás lo sepa. Cartas besadas trepan por la noche. Suben por el pecho hasta la frente blanca.
Se acongojan, labios, contra el muelle frío.
¡Ah! ¡El oceáno era el pecho!
En la frente, los besos. En las casas vacías, los tigres las iguanas las mariposas.
¿Me harás un descanso en el hueco de tu agua? ¿En el origen de tus cicatrices? ¿En los árboles de tu niñez?
Tal vez puedas sostener con una mano el río y también los peces. Vos, que conversás con poemas vivientes. Y sabés cuándo hablan los peces en la mudez del agua.
Todo amor tiene costuras. Habla dialectos de pequeñas muertes. De solitarios desmayos. Abismos que llaman a otros abismos.
Quiero verlo todo.
Aunque el deseo fuera nada más que un espejo, si hay un fondo, el amor comenzó ahí. En la lámpara desnuda que permitió contemplarnos tal cual somos.
Una confusión de guerras y treguas, de superficies cóncavas, de miradas sin centro.
La mente nace con la búsqueda. El pensamiento aprende en el revés de la voz.
Yo quiero sobrevivir así. Esperándote.
Me inclino para buscar una piel cerca del cuerpo. La memoria falla, como una flor tardía.
¡No puedo recordar! ¡No me olvides!
La noche vibra en el borde. Urgente.
Te pido que repitas la misma luz con movimientos lentos.
No un borrar.
Sino un nacer de nuevo.
La noche se repliega o se arroja. ¿Muro o umbral? ¡Quién sabe!
Lo antiguo, detenido a tiempo, habita para siempre donde encontró reposo.
¡Ahí estás!
Como una danza. Reflejada en el agua.
Si hay un fondo, el amor comienza ahí. Cuando no hay nadie cerca, y el silencio devuelve la claridad de los sonidos.
Un azul continuo adormece el espacio con trazos de campanas. Se balancean debajo de la lluvia.
Atravieso el humedal con el deseo de encontrarte para que seas mi casa camino. Mi casa de puertas y lámparas blancas.
Cada paso es detenerse en la pregunta abierta. La voz, sobre el pecho, nombra.
Relámpago. Aparece desapareciendo.
Tu llamado es esa luz en el cielo. Se esfuma. Suelta un latido en la altura del aire.
Cerca del suelo te inunda la calma. Temblás como una hoja. Te enredás en el perfume del campo.
La duda, un filo de pájaros oscuros, roba tu rastro.
Pero te sigo.
Igual te sigo.
Tu misterio no se parece en nada al vacío. Gira sobre sí. Te cubre. Te partís.
Dejás esparcidas, como gretel, las migas de tu cuerpo. Gretel desmenuzada,
renacés en el sonido del bosque.
Yo te sigo. Tu misterio me obliga a pensarte desde la ofrenda. Mi vocación es buscarte. No como un destino. Como un viaje.
No hay lejanía. Hay ceguera. Espejos que estiran los pasos en su bóveda de plata.
Son flores extendidas que consuelan, vanamente, con el propio silencio.
Atraviesan la creación como un eco, con desnudez de caverna.
No hay lejanía. Sólo mis pasos, detrás de tus pasos.
Monólogos enfrente del amor ©
Daniel Cáseres©
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