Alex Courant
Poeta adicto al portal
¡Tímido cuervo, has posado tu pata en mi hombro!
¿Acaso no percibes la quietud del corazón
que descansa en un profundo sueño?
De cómo pasa de la aflicción y el asedio a la desesperación
y luego a la resignación de estar mortalmente soñando.
Mi voz, silenciosa, se esparce entre el trigo.
Trigo que tiene el deseo de brotar, de nuevo nacer,
y no volver alimentar a la boca, lejos, muy lejos
de estos páramos del hombre.
Acepto el ser mortal y no ser eterno,
como acepto que la eternidad es el mortal ser de un instante.
¡Cándido cuervo!
Ni el color de la noche es perfecto,
el color de tus plumas engañoso.
¿Has oído? Pensar es hablar con los muertos.
¡Oh cuervo!
¡Antes que empieces a sacar la paja de mi cuerpo!
¡Escúchame!
El misterio del amor es más grande que el de la muerte,
y la muerte del amor aún más misteriosa que el deseo de morir,
y morir no importa
Ahora, profáname las entrañas.
Ya puedes dejar hundir tu pico
con la fuerza con la que la vida golpea a cada instante.
¿Acaso no percibes la quietud del corazón
que descansa en un profundo sueño?
De cómo pasa de la aflicción y el asedio a la desesperación
y luego a la resignación de estar mortalmente soñando.
Mi voz, silenciosa, se esparce entre el trigo.
Trigo que tiene el deseo de brotar, de nuevo nacer,
y no volver alimentar a la boca, lejos, muy lejos
de estos páramos del hombre.
Acepto el ser mortal y no ser eterno,
como acepto que la eternidad es el mortal ser de un instante.
¡Cándido cuervo!
Ni el color de la noche es perfecto,
el color de tus plumas engañoso.
¿Has oído? Pensar es hablar con los muertos.
¡Oh cuervo!
¡Antes que empieces a sacar la paja de mi cuerpo!
¡Escúchame!
El misterio del amor es más grande que el de la muerte,
y la muerte del amor aún más misteriosa que el deseo de morir,
y morir no importa
Ahora, profáname las entrañas.
Ya puedes dejar hundir tu pico
con la fuerza con la que la vida golpea a cada instante.