Teo Moran
Poeta fiel al portal
Se contraen los suspiros blancos de la montaña,
quedan unidos a la cumbre bajo el manto de la niebla…
La Tesla despierta con su bostezo temprano,
con la melodía confusa de esta mañana de invierno,
observa al campo labrado y vacío en la lejanía,
al pueblo enraizado en la penumbra del horizonte,
y sé que me busca con anhelo por entre sus calles,
hasta que por fin, me distingue y con arrogancia,
me mira indiferente y retoma su sueño en lo alto.
Los buitres solemnes zozobran en el desfiladero
y después se elevan acariciando las copas de los árboles,
es cuando el sol, timorato entre unas agostadas nubes,
intenta dar luz a los que viven dentro de la ausencia,
a los que recogen las hojas de los chopos con pena
y hacen ataúdes pequeños con los cristales del Nela,
estos siguen la vera del río con su canción afligida
mas todos los caminos llegan a la sombra del ciprés.
Delante, justo delante, te veo caminar sin prisa,
contemplo tu pelo cano y tu disimulada cojera,
y yo me acerco para después alejarme de nuevo
hasta que sin querer, la cadencia de nuestros pasos
se vuelven notas en la partitura del camino…
-¿Verás a las hojas yermas, descompuestas en la orilla,
y como el chopo me lacera con sus ramas vacías?
¿Sentirás a las flores llorar y a sus pétalos ausentes
caer de mi pecho por la herida del frío invierno?
¿Entenderás al Nela y a su locura cristalina
cuando con devoción se une al profundo Ebro?
El camino se pierde tras los recodos y los matorrales,
sus huellas y mis huellas son parte de un tiempo pasado,
parte de una vida que poco a poco se termina
con la sensatez del fracaso, con la serenidad de la ausencia,
donde hubo amor y risas, también dolor y tristeza,
porque nada dejamos en la melodía del campo labrado,
en las flores desnudas que lloran dentro de mi pecho,
a las hojas muertas que sueñan en el cauce del río,
bien sabemos, que nada quedará tras nuestros pasos
y que el camino tarde o temprano nos ha de llevar,
con su monotonía a los pies de la sombra del ciprés.