MONTE ATHOS o EL ÁRBOL DE LA VIDA
Cómo pudo introducirse aquel extranjero en esa hermética Comunidad era la insistente pregunta que desvelaba al viejo Archimandrita. Todos los controles establecidos, desde el enérgico y disuasorio de los imponentes monjes, gigantescos en sus negras ropas talares, que cruzaban sus bastones sobre las puertas de recias hojas, hasta los más sutiles de las preguntas ambiguas, contradictorias y retóricas a las que debía responder el aspirante que se presentaba a solicitar audiencia, habían sido violados. Violados, sí; puesto que sagrado era el lugar y sagrados los personajes que lo habitaban. Aquella intromisión del extranjero en los ámbitos recoletos de la residencia del Basileo no era una simple infracción de las reglas. Era toda una puesta en cuestión de la seguridad de un recinto que, desde siempre, se consideró infranqueable.
Desde el mirador del supuestamente inaccesible Monasterio, sobre el mar ardiente del mediodía, el buen anciano trataba de encontrar la solución a aquel enigma. Había preguntado, amenazado incluso, a los monjes que custodiaban las entradas, habían sido comprobada las escalas y el rudimentario sistema de elevación de los víveres y aprovisionamientos. Nada. Ni un solo indicio de cómo había podido perpetrarse semejante forzamiento. Ordenó que se trajese a su presencia al extranjero infractor, que desde la noche anterior se encontraba incomunicado en las celdas que sólo se utilizaban para castigos muy especiales que, necesariamente, se aplicaban a algunos monjes rebeldes. Envuelto en sus amplias túnicas, con el rostro todavía velado por el extremo del grueso turbante, erguido, casi desafiante, el extranjero insinuó apenas un gesto de saludo al Archimandrita.
Los ojos negrísimos del extranjero brillaron extrañamente. Quisiera, pero no podía responder a todo lo que amablemente el Archimandrita le preguntaba. A espaldas de éste, protegida por unos densos cortinajes, se abría la puerta de los aposentos del Basileo. Apenas eran conocidos por dos o tres personas, las que se dedicaban al servicio más próximo y personal del Augusto Sacerdote. Inesperadamente la puerta se abrió; desde ella emanaron deliciosos perfumes y una armoniosa música envolvió el tenso ambiente. Aquella intromisión del Excelso era desde luego una complicación para los planes diplomáticos del Archimandrita, que conocía bien el carácter violento y despótico del Prelado.
El Basileo, envuelto en sus ropajes de ceremonia, imponente y severo, se interpuso entre el Archimandrita y el extranjero. Éste, a través del entreabierto portón, puedo ver cómo un bellísimo pájaro se balanceaba sobre un trapecio dorado, dentro de una enorme jaula de barrotes asimismo dorados. El pájaro parecía inquieto, intranquilo; sus movimientos y aleteos, su continuo desplazarse de un extremo a otro del jaulón, de arriba a abajo, así parecía evidenciarlo. Entonces el extranjero habló:
Entre tanto, el extranjero se había rasgado sus ropas en señal de duelo y arrepentimiento. Con estupefacción los clérigos comprobaron que era una mujer. ¡ Una mujer, sacrilegio sobre sacrilegio! Y de una hermosura extraordinaria. Una mujer hermosa en lo más íntimo de aquel santuario...
La mirada asombrada e interrogante que cruzaron el Basileo y el Archimandrita podía significar admiración ante un prodigio o miedo ante la presencia del Maligno. El Basileo se apresuró a tapar el cuerpo semidesnudo de la mujer, rozando con ello parte de sus tibias carnes. Un estremecimiento sacudió su fuerte cuerpo, removido por ancestrales pasiones. Y recordó el libro del Génesis. Y al igual que la Mujer encontró apetitoso y placentero el fruto del Árbol,de la Vida, así el Basileo encontró placentero y apetitoso el cuerpo inmaculado de la Mujer. Y lo disfrutó desde entonces en la intimidad de sus aposentos.
Cuentan las crónicas que ni el cielo se vino abajo, ni la vida del Monasterio de vio afectada por plagas y desgracias, ni ninguna voz tonante desde los cielos recriminó al Basileo su perversa acción. Antes al contrario; su carácter se hizo afable, comunicativo, tolerante; humano, en definitiva...
Ilust.: Mu Lei. "Concepción." (del blog "uno de los nuestros")
Cómo pudo introducirse aquel extranjero en esa hermética Comunidad era la insistente pregunta que desvelaba al viejo Archimandrita. Todos los controles establecidos, desde el enérgico y disuasorio de los imponentes monjes, gigantescos en sus negras ropas talares, que cruzaban sus bastones sobre las puertas de recias hojas, hasta los más sutiles de las preguntas ambiguas, contradictorias y retóricas a las que debía responder el aspirante que se presentaba a solicitar audiencia, habían sido violados. Violados, sí; puesto que sagrado era el lugar y sagrados los personajes que lo habitaban. Aquella intromisión del extranjero en los ámbitos recoletos de la residencia del Basileo no era una simple infracción de las reglas. Era toda una puesta en cuestión de la seguridad de un recinto que, desde siempre, se consideró infranqueable.
Desde el mirador del supuestamente inaccesible Monasterio, sobre el mar ardiente del mediodía, el buen anciano trataba de encontrar la solución a aquel enigma. Había preguntado, amenazado incluso, a los monjes que custodiaban las entradas, habían sido comprobada las escalas y el rudimentario sistema de elevación de los víveres y aprovisionamientos. Nada. Ni un solo indicio de cómo había podido perpetrarse semejante forzamiento. Ordenó que se trajese a su presencia al extranjero infractor, que desde la noche anterior se encontraba incomunicado en las celdas que sólo se utilizaban para castigos muy especiales que, necesariamente, se aplicaban a algunos monjes rebeldes. Envuelto en sus amplias túnicas, con el rostro todavía velado por el extremo del grueso turbante, erguido, casi desafiante, el extranjero insinuó apenas un gesto de saludo al Archimandrita.
- Aproxímate, extranjero; no temas, nadie quiere hacerte daño. Sólo pretendemos aclarar tu presencia entre nosotros. No vas armado, apenas opusiste resistencia cuando los guardias te prendieron. Nada has hablado. ¿Entiendes mi idioma, sabes al menos donde te encuentras? ¿Puedo ofrecerte una taza de café armenio?
Los ojos negrísimos del extranjero brillaron extrañamente. Quisiera, pero no podía responder a todo lo que amablemente el Archimandrita le preguntaba. A espaldas de éste, protegida por unos densos cortinajes, se abría la puerta de los aposentos del Basileo. Apenas eran conocidos por dos o tres personas, las que se dedicaban al servicio más próximo y personal del Augusto Sacerdote. Inesperadamente la puerta se abrió; desde ella emanaron deliciosos perfumes y una armoniosa música envolvió el tenso ambiente. Aquella intromisión del Excelso era desde luego una complicación para los planes diplomáticos del Archimandrita, que conocía bien el carácter violento y despótico del Prelado.
El Basileo, envuelto en sus ropajes de ceremonia, imponente y severo, se interpuso entre el Archimandrita y el extranjero. Éste, a través del entreabierto portón, puedo ver cómo un bellísimo pájaro se balanceaba sobre un trapecio dorado, dentro de una enorme jaula de barrotes asimismo dorados. El pájaro parecía inquieto, intranquilo; sus movimientos y aleteos, su continuo desplazarse de un extremo a otro del jaulón, de arriba a abajo, así parecía evidenciarlo. Entonces el extranjero habló:
- Yo, reverendos padres, soy la propietaria de aquel pájaro. Es todo lo que tengo en la vida; mi familia y mi compañía. Ayer voló de su jaula en un descuido y ví como llegaba hasta este monasterio. Aprovechando las sombras de la noche me introduje en él hasta que fui localizada por los guardianes. Sólo pretendo recuperar ese ave y volver a cantar junto a ella en las tibias noches, alegrando los jazmines.
Entre tanto, el extranjero se había rasgado sus ropas en señal de duelo y arrepentimiento. Con estupefacción los clérigos comprobaron que era una mujer. ¡ Una mujer, sacrilegio sobre sacrilegio! Y de una hermosura extraordinaria. Una mujer hermosa en lo más íntimo de aquel santuario...
La mirada asombrada e interrogante que cruzaron el Basileo y el Archimandrita podía significar admiración ante un prodigio o miedo ante la presencia del Maligno. El Basileo se apresuró a tapar el cuerpo semidesnudo de la mujer, rozando con ello parte de sus tibias carnes. Un estremecimiento sacudió su fuerte cuerpo, removido por ancestrales pasiones. Y recordó el libro del Génesis. Y al igual que la Mujer encontró apetitoso y placentero el fruto del Árbol,de la Vida, así el Basileo encontró placentero y apetitoso el cuerpo inmaculado de la Mujer. Y lo disfrutó desde entonces en la intimidad de sus aposentos.
Cuentan las crónicas que ni el cielo se vino abajo, ni la vida del Monasterio de vio afectada por plagas y desgracias, ni ninguna voz tonante desde los cielos recriminó al Basileo su perversa acción. Antes al contrario; su carácter se hizo afable, comunicativo, tolerante; humano, en definitiva...
Ilust.: Mu Lei. "Concepción." (del blog "uno de los nuestros")