P
Paloma Martin
Invitado
Montevideo: otros
como yo debieron
dejarte antes.
Eres esquiva
como una amante
cuya belleza
no se olvida.
Desde lo alto de tu cerro
me miraste preguntando:
¿dónde vas?
Mientras yo me marchaba
tratando de contener
el llanto por lo que dejaba
atrás:
Tu ondulada cabellera
de mar y río.
Tu voz de tambores.
y el verde de la pradera
que predomina
entre todos los colores.
Montevideo:
Corre por tus calles
sangre negra
y en tus veredas
se agolpan los hijos
que de Europa heredas.
Muchas veces fuiste
a mi ventana a asomar
tu hermosura,
digna de tu pagana,
diosa del mar.
Te vi temblorosa también
cuando tu desnudez
descubría la pobreza
afuera, alguna vez.
Ahora sé que quizás
sí fue tu tristeza
la que me despidió
aquel día,
en que a cántaros llovía
y que me viste partir.
Pues sabes que allí fue
donde la vida le di
al hijo de tu belleza.
El del pelo de arena,
el de la gran pureza
que aún sin ti,
hace que todo
valga la pena.
 
 
 
como yo debieron
dejarte antes.
Eres esquiva
como una amante
cuya belleza
no se olvida.
Desde lo alto de tu cerro
me miraste preguntando:
¿dónde vas?
Mientras yo me marchaba
tratando de contener
el llanto por lo que dejaba
atrás:
Tu ondulada cabellera
de mar y río.
Tu voz de tambores.
y el verde de la pradera
que predomina
entre todos los colores.
Montevideo:
Corre por tus calles
sangre negra
y en tus veredas
se agolpan los hijos
que de Europa heredas.
Muchas veces fuiste
a mi ventana a asomar
tu hermosura,
digna de tu pagana,
diosa del mar.
Te vi temblorosa también
cuando tu desnudez
descubría la pobreza
afuera, alguna vez.
Ahora sé que quizás
sí fue tu tristeza
la que me despidió
aquel día,
en que a cántaros llovía
y que me viste partir.
Pues sabes que allí fue
donde la vida le di
al hijo de tu belleza.
El del pelo de arena,
el de la gran pureza
que aún sin ti,
hace que todo
valga la pena.