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Poeta recién llegado
Dicen que el párroco se fue caminando despacito hacia el altar, arrastrando los pies. Los fieles ya estaban esperándolo desde hacía quince minutos y él no llegaba. Ya lo habían notado raro, muy delgado y hablando despacito entre dientes mientras se paseaba por la sacristía. El sacristán pensó que rezaba, pero supo que no y fue cuando no distinguió ni español ni latín ni tono de plegaria en sus entredientadas.
Pero de eso a llegar y pararse frente al altar, con la espalda a los fieles y quedarse ahí, quieto, por casi cinco minutos, que Doña Cata dice que fueron casi seis. Eso ya no se entendía ni sabiendo que la semana anterior se había negado a escuchar confesiones sin dar razones y en lugar de eso había subido al campanario a sobar las campanas con la palma de la mano. El carnicero que tiene su negocio al otro lado de la calle, frente a la iglesia, lo distinguía apenas hecho una sombra extraña en el campanario y dice que ahí estuvo toda una hora o hasta más.
Cuando el monaguillo se acercó, y «Padre ¿se siente bien?» le preguntó, sobresaltado, el padre sacudió los hombros ligerito al compás de la pregunta. Miró al monaguillo y ahí fue donde Don Vicente, que estaba parado hasta adelante, le alcanzó a ver el rostro sacerdotal, bien pálido como si viera un aparecido. El propio Don Vicente había estado platicando con el párroco apenas dos días antes, que quería saber si era pecado mojar la fruta en el tianguis para que pesara más y el padre mirándolo con extravío en los ojos le susurró un latinajo para luego decirle que «En estos tiempos, ya todo es pecado, hijo».
Y fue entre el monaguillo y el sacristán que tuvieron que sacarlo por la puerta lateral, la que da a la sacristía. Parecía poseído. Cuenta el niño Pérez, el monaguillo, que, mientras había estado abrazando los pies del Cristo y tratando de arrancarlo de su sitio, y luego también, cuando lo iban arrastrando con muchos trabajos lejos de los fieles y sus murmullos, el padrecito se atragantaba repitiendo angustiosamente en un susurro que no parecía terminar nunca.
- ¡Pero si estás muerto! ¡Para qué te adoramos! ¡Si te moriste! ¡Si la muerte de Dios fue hace tantísimos años! ¡A enterrarte, a enterrarte que estás muerto! –
No, si ya nada es como antes.
Pero de eso a llegar y pararse frente al altar, con la espalda a los fieles y quedarse ahí, quieto, por casi cinco minutos, que Doña Cata dice que fueron casi seis. Eso ya no se entendía ni sabiendo que la semana anterior se había negado a escuchar confesiones sin dar razones y en lugar de eso había subido al campanario a sobar las campanas con la palma de la mano. El carnicero que tiene su negocio al otro lado de la calle, frente a la iglesia, lo distinguía apenas hecho una sombra extraña en el campanario y dice que ahí estuvo toda una hora o hasta más.
Cuando el monaguillo se acercó, y «Padre ¿se siente bien?» le preguntó, sobresaltado, el padre sacudió los hombros ligerito al compás de la pregunta. Miró al monaguillo y ahí fue donde Don Vicente, que estaba parado hasta adelante, le alcanzó a ver el rostro sacerdotal, bien pálido como si viera un aparecido. El propio Don Vicente había estado platicando con el párroco apenas dos días antes, que quería saber si era pecado mojar la fruta en el tianguis para que pesara más y el padre mirándolo con extravío en los ojos le susurró un latinajo para luego decirle que «En estos tiempos, ya todo es pecado, hijo».
Y fue entre el monaguillo y el sacristán que tuvieron que sacarlo por la puerta lateral, la que da a la sacristía. Parecía poseído. Cuenta el niño Pérez, el monaguillo, que, mientras había estado abrazando los pies del Cristo y tratando de arrancarlo de su sitio, y luego también, cuando lo iban arrastrando con muchos trabajos lejos de los fieles y sus murmullos, el padrecito se atragantaba repitiendo angustiosamente en un susurro que no parecía terminar nunca.
- ¡Pero si estás muerto! ¡Para qué te adoramos! ¡Si te moriste! ¡Si la muerte de Dios fue hace tantísimos años! ¡A enterrarte, a enterrarte que estás muerto! –
No, si ya nada es como antes.
Dedicado a The Death of God, escultura de Damien Hirst.