el fútbol no es sano para una mente libre,
lo eliminamos, lo destruimos
la televisión son es sana para una mente libre,
lo eliminamos, lo destruimos
el consumismo trae la compulsividad, no es sana para una mente libre
lo eliminamos, lo destruimos
la política solo nos lleva a un mundo de patriotismos, de países y de fronteras, no es sano para una mente libre,
lo eliminamos, lo destruimos
la religión no trajo con los siglos más que muerte, guerra y distanciamiento entre iguales, no es sana para una mente libre,
la eliminamos, la destruimos
la idea del bien y del mal es irreal y no trae más que comparaciones, no es sana para una mente libre,
lo eliminamos, lo destruimos.
la idea de la libertad, la paz o la justicia no lleva más que a la demagogia, no son sanos para una mente libre,
los eliminamos, lo destruimos.
y
tras tanta quema controlada,
tras tanta destrucción
solo quedó en nosotros el fantasma de la destrucción:
la urna vacía o
el bosque quemado
donde luego entrara el mal puro
donde luego habitara la bestia de las pesadillas.
donde luego volvieran sin encontrar resistencia alguna la fiereza del deporte, las ondas de choque electromagnéticas,
donde encontraran su lugar sin resistencia alguna la religión tras la pasividad. fuimos una urna que se dejó llevar por las ideas de otros, que no se agitaron ante las explosiones, los derrumbamientos o los agujeros negros metafísicos.
luego están aquellos que aceptaron la destrucción. que vieron lo erróneo de todo cuanto les rodeaba. Vieron los fantasmas de la libertad, y la paz, de la religión, incluso del odio a la religión. Que vieron la vacuidad del deporte y la política. Y aceptaron su purga. Y aceptaron la destrucción.
Nadie pudo en ellos volver a entrar.
Fueron el campo arrasado y quemado. La tierra desierta por donde el viento crea su reino.
Fueron, tras la destrucción, las manos y la sangre de la misma destrucción.
Fueron los señores de la muerte metafísica.
Y si los otros eran las urnas, ellos eran los fragmentos quebrados reducidos a polvo de otros jarrones iguales.
Y ellos entendieron que tanto daba si de niños fuimos esponjas y al crecer, vasijas huecas:
El campo había sido quemado. El viento arrasó. Los edificios cayeron y las carreteras se perdieron en el verde tallo impulsor. Su alma era un ciervo corriendo por el campo virgen de la tierra prometida.
Su cuerpo era la urna fría y hecha añicos. Suya era la muerte metafísica.
lo eliminamos, lo destruimos
la televisión son es sana para una mente libre,
lo eliminamos, lo destruimos
el consumismo trae la compulsividad, no es sana para una mente libre
lo eliminamos, lo destruimos
la política solo nos lleva a un mundo de patriotismos, de países y de fronteras, no es sano para una mente libre,
lo eliminamos, lo destruimos
la religión no trajo con los siglos más que muerte, guerra y distanciamiento entre iguales, no es sana para una mente libre,
la eliminamos, la destruimos
la idea del bien y del mal es irreal y no trae más que comparaciones, no es sana para una mente libre,
lo eliminamos, lo destruimos.
la idea de la libertad, la paz o la justicia no lleva más que a la demagogia, no son sanos para una mente libre,
los eliminamos, lo destruimos.
y
tras tanta quema controlada,
tras tanta destrucción
solo quedó en nosotros el fantasma de la destrucción:
la urna vacía o
el bosque quemado
donde luego entrara el mal puro
donde luego habitara la bestia de las pesadillas.
donde luego volvieran sin encontrar resistencia alguna la fiereza del deporte, las ondas de choque electromagnéticas,
donde encontraran su lugar sin resistencia alguna la religión tras la pasividad. fuimos una urna que se dejó llevar por las ideas de otros, que no se agitaron ante las explosiones, los derrumbamientos o los agujeros negros metafísicos.
luego están aquellos que aceptaron la destrucción. que vieron lo erróneo de todo cuanto les rodeaba. Vieron los fantasmas de la libertad, y la paz, de la religión, incluso del odio a la religión. Que vieron la vacuidad del deporte y la política. Y aceptaron su purga. Y aceptaron la destrucción.
Nadie pudo en ellos volver a entrar.
Fueron el campo arrasado y quemado. La tierra desierta por donde el viento crea su reino.
Fueron, tras la destrucción, las manos y la sangre de la misma destrucción.
Fueron los señores de la muerte metafísica.
Y si los otros eran las urnas, ellos eran los fragmentos quebrados reducidos a polvo de otros jarrones iguales.
Y ellos entendieron que tanto daba si de niños fuimos esponjas y al crecer, vasijas huecas:
El campo había sido quemado. El viento arrasó. Los edificios cayeron y las carreteras se perdieron en el verde tallo impulsor. Su alma era un ciervo corriendo por el campo virgen de la tierra prometida.
Su cuerpo era la urna fría y hecha añicos. Suya era la muerte metafísica.