Muerte súbita

Tema en 'Prosa: Ocultos, Góticos o misteriosos' comenzado por ivoralgor, 1 de Agosto de 2017. Respuestas: 0 | Visitas: 37

  1. ivoralgor

    ivoralgor Poeta asiduo al portal

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    Hombre
    Una llamada del Doctor Alcántara me sacó de la cama, ese día: Hay otro deceso, Sebastián, debes ir al sitio de los hechos y levantar el cuerpo. Me dio la dirección y colgó. El auto estaba aparcado en la ladera de la carretera Progreso-Mérida. Eran las diez de la mañana y ya estaba caluroso el día; sudaba a chorros. Esa temporada veraniega había traído consigo muchas muertes, pero ésa era algo especial, más bien, extraña. Al occiso se le veía de buena pinta: hombre caucásico, de entre cuarenta y cuarenta y cinco años, complexión robusta, músculos marcados, cabello castaño claro; un deportista. Ni dos horas habían transcurrido desde que falleció. Me comentó el oficial, que llegó antes, que el auto-estéreo estaba a todo volumen y era música Heavy Metal la que se escuchaba; lo identificó porque uno de sus hijos es fanático de esa música. El cristal del copiloto estaba abierto hasta la mitad, el motor encendido y el freno de mano activado; todo parecía indicar que el mismo conductor se orilló. Pero eso no es lo más extraño, sino el hecho de que sus pantalones estuvieran mojados, presumiblemente por una eyaculación abundante. Parece que murió de una chaqueta mental, bromeó el oficial. No puede reprimir mi risa.

    Los paramédicos me dieron el informe preliminar y no encontraron nada fuera de lugar, excepto la ya mencionada eyaculación. Esperaba que la autopsia me diera más indicios del motivo de la muerte. El calor me abrumaba y el tufo a semen me pegaba directo en la cara. Esta profesión de médico forense tiene su lado cómico, trágico y escabroso a la vez, pensé al cabo. Las muertes que había visto, en mi corta carrera, y que tenían que ver con semen, eran aquellas que se daban en las casas de citas del centro de la ciudad o en los moteles del periférico: Los clientes estaban en plena faena, eyaculaban y caían fulminados por un paro cardíaco; otros ni siquiera llegaban a eyacular.

    Me parecía mentira, que aún no me reponía del caso del fin de semana y salido, por así decirlo, de alguno de esos programas de televisión como “Urgencias bizarras” o “Mil maneras de morir”: dos personas resultaron lesionadas por la caída de un ventilador de aspas, de esos que se cuelgan en los techos. A uno le cercenó el cuello y al otro lo golpeó en la cabeza, quitándole una porción de cuero cabelludo. Cuando llegué, el cercenado, un hombre moreno de entre treinta y treintaicinco años, estaba tirado en el piso bajo un charco de sangre. El otro tipo estaba siendo atendido por uno de los paramédicos. La esposa del occiso estaba gritando desesperada y maldiciendo a su Dios. Una de las aspas del ventilador, que estaba oxidada, acertó a cortarle la vena aorta al tipo y murió desangrado. Testigos mencionaron que el cuerpo empezó a convulsionar en los brazos de la esposa, mientras ella intentaba detener la hemorragia con una toalla. Sólo venimos de “pasa día al puerto”, le decía, lastimeramente, al policía municipal, la novia del tipo del cuero cabelludo. Se me antojó comer pescado frito, continuó relatando. Las condiciones del restaurante, con relación a los ventiladores, estaban pésimas; otro ventilador amenazaba con caerse igual.

    La voz del Sargento Chan me volvió de nuevo al tufo de semen: ¿Cree que es envenenamiento? Es una posibilidad, dije revisando el pecho del occiso. La autopsia nos dará más respuestas, continué. Ya quería largarme de ahí, el calor ya era sofocante. Le hice señas, con las manos, a los camilleros y sacamos el cuerpo para trasladarlo a la morgue y realizarle la autopsia de rigor.

    Ya en el anfiteatro de la morgue, le tomé varias muestras de sangre y las etiqueté para análisis de toxinas. Tomé, igual, muestra de orina. El cuerpo no presentaba golpes, ni excoriaciones. Eso confirmaba que el occiso, por decisión propia, aparcó. Me imagino que tuvo una repentina-, quizá no tan repentina,- erección y la sensación de tener un orgasmo lo obligó a detenerse y evitar algún accidente pegajoso o trágico. Qué irónico. Sus órganos internos estaban en buen estado, no detecté ningún tipo de cardiopatía. Sano completamente. Estaba seguro que el resultado toxicológico, de sangre y orina, me darían al verdadero culpable de la muerte.

    Pasaron las horas y fui a levantar otro cuerpo en el periférico. Otro más para las estadísticas, pensé cuando el Doctor Alcalá me dio los por menores del accidente y la dirección exacta. Al llegar al lugar, el auto del occiso estaba en la hondonada, sin rasguño alguno, salvo unos desajustes en los espejos laterales por la sacudida al bajar. El oficial me dijo que el aire acondicionado del vehículo estaba encendido, al igual que el motor, cuando él llegó a auxiliar al accidentado. De nuevo el tufo de semen. Eran las seis de la tarde y el calor era sofocante, quizá igual que en la mañana. El occiso tenía entre veinte y veinticinco años, moreno, de complexión delgada. Aún tenía los audífonos ensartados en los oídos, conectado al auxiliar de su teléfono celular, el cuál desconecté y se oyó a Marilyn Manson cantando estridentemente: The beautiful people, the beautiful people. Este tipo era más joven que el anterior y murió por la misma causa. Se estaba poniendo más extraño el motivo de los decesos y, a decir verdad, me preocupaba un tanto. No podía poner en causa de la muerte: Por una chaqueta mental. ¡Absurdo!

    Trasladaron el cuerpo al anfiteatro y lo acomodé a lado del otro muerto, en otra camilla. Los resultados de las pruebas toxicológicas estaban en el escritorio. Antes de proceder con la autopsia del nuevo inquilino, me dispuse a leerlo. No se encontraron toxinas en la sangre, ni en la orina. No podía creer lo que estaba leyendo. Sacudí la cabeza. Dejé los papeles sobre el escritorio y me dirigí al cuerpo del otro individuo. No presentaba ni golpes, ni excoriaciones. Sus órganos estaban en perfectas condiciones. Cardiopatías nulas. Ya estaba cansado para escribir los reportes. Por la mañana me podría con ello. Tenía urgencia de un trago para mitigar el calor y todo ese halo insólito de esas muertes súbitas. Me dirigí a un Sport-Bar del norte de la ciudad, ahí vería a Nora, mi prometida; celebrábamos nuestro primer aniversario de novios. Pedí una cerveza oscura y la bebí desesperado. Diez minutos después llegó Nora. Se veía preciosa, delicada. Me dio un beso en los labios y se sentó a mi lado. Qué tal tu día, preguntó haciéndole señas, con la mano, al mesero. Desde temprano estoy levantando muertos, dije, la Parca está desatada el día de hoy. Mejor no hablemos de eso, dijo y me mordisqueó los labios, hay cosas más interesantes. Un par de cervezas y un sinfín de caricias después, le comenté que tenía que levantarme temprano para ir a la morgue a terminar con los reporte de los deceso. Cuando acabe mi turno, le prometí, terminamos de festejar. Debo salir a las dos de la tarde, continué, así que tendremos mucho tiempo para darle vuelo a la hilacha. Sonrió.

    Rumbo a su casa, me frotaba el sexo con sus manos. Estoy húmeda, me susurró al oído. Estaba totalmente excitado. Relamí mis labios y le froté el sexo con los dedos. Cerró los ojos y gimió suavemente. Al llegar, me dio un beso y bajó del carro. Antes de entrar a su casa, me mandó un último beso. Eran las dos de la mañana. Para no dormirme mientras me iba a mi casa, le subí el volumen al auto-estéreo y puse a Metallica: Master of Puppets inundó el carro. Una prominente erección me estrangulaba el sexo. Mi corazón empezó a latir a todo galope. Mi cuerpo empezó a tensarse. No podía creer que estaba a punto del orgasmo. Recordé a los muertos y sus extraños decesos. Mis instintos me decían que no parara, que no importaba que manchara el pantalón. La música, esa música, pensé horrorizado. Apagué el auto-estéreo de inmediato. Bajé los cristales automáticos. Mi cuerpo se tensaba más. El sudor surcó mi frente. Sentí una presencia a mi lado. Recordé que no creía en apariciones, ni nada parecido, pero esa presencia era tan real, tan fría. Una risa tenue se dibujó en su rostro fantasmal, como si disfrutara mi rictus de placer y terror a la vez. Un orgasmo intenso sobrevino y solté el volante del carro.

     
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    Última modificación: 1 de Agosto de 2017

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