MUJER. FANTASÍA PARA DOS TAZAS
Ungida le dio el corazón
una razón para hacer poesía.
De amor destila el labio cuando los dientes
disputan su saliva.
Quedarse apagada,
pero luciendo,
pensando sin pensar y queriendo
revivir siluetas y dos almohadas,
desdibujando al trazo
que definió las caderas,
al color que sin guantes fue guante blanco
en mano de seda.
Acatar un momento de énfasis
en el viaje astral de la mente,
sin despertarse
saber que en el relente de los paisajes
hondan los surcos de las palmas de las manos,
nada está escrito y todo ya se ha dicho.
Sentarse sin recato,
guiñarle a la cucharilla,
hacer del azúcar arena sin olas,
transmutarse sin éxtasis rotos.
Al antojo de una esquina,
esperar sin impacientarse y dejar
una frase colgada, que jamás sabrá nadie.
Porque es a veces secretos
en baúl guardado en el alma y por amor,
dejar una taza apoyada en el platito
y la otra retándola sin ojos en sus manos.
Servido en loza y plato sin hueco,
para que no se pierda.
Ungida le dio el corazón
una razón para hacer poesía.
De amor destila el labio cuando los dientes
disputan su saliva.
Quedarse apagada,
pero luciendo,
pensando sin pensar y queriendo
revivir siluetas y dos almohadas,
desdibujando al trazo
que definió las caderas,
al color que sin guantes fue guante blanco
en mano de seda.
Acatar un momento de énfasis
en el viaje astral de la mente,
sin despertarse
saber que en el relente de los paisajes
hondan los surcos de las palmas de las manos,
nada está escrito y todo ya se ha dicho.
Sentarse sin recato,
guiñarle a la cucharilla,
hacer del azúcar arena sin olas,
transmutarse sin éxtasis rotos.
Al antojo de una esquina,
esperar sin impacientarse y dejar
una frase colgada, que jamás sabrá nadie.
Porque es a veces secretos
en baúl guardado en el alma y por amor,
dejar una taza apoyada en el platito
y la otra retándola sin ojos en sus manos.
Servido en loza y plato sin hueco,
para que no se pierda.