Leonardo Vinci
Poeta recién llegado
Ven mujhembra. Niña, dame la mano, tu dedo, ¿ves?, una cicatriz, y acá otra. Ven mujhembra al túnel de mi boca, a este túnel bermejo que a veces ruge; lame en él, siente esa cicatriz por dentro. Tu mano, aullar de lobos o despropósito de infiernos, como almendro dulce me trae el gesto embrionario de un astro que fosforesce en la noche tardía e inventada. Mujhembra, que giras en la calle como una nebulosa levitando entre las baldosas, y que no hay cosa viva a la que no le hagas un torniquete en la garganta, a mí mismo niña, como una torva el pensamiento haces perder en la nevisca; te presentas ancha como un carnaval de animales, y tus dedos que en el aire le hablan con movimientos suaves a los cielos. Tu cabello, que se derrocha entre las desigualdades de mi rostro, es el andamiaje de lo que no se ha terminado de construir. Niña, te veo allá lejos jugando inclinada sobre una playa desnuda de pudor; desprevenida tu nariz asoma entre los absurdos de una sensualidad, borrosa en el recuerdo, y en el cáliz de tus labios no tocados por ninguna sed. Y así te traigo, te remonto como un barrilete en un tiempo que bien podría ser azul, e inevitablemente vienes, con tus dedos entrelazados en violas que lloran eones mutando su voz infinita. Dime mujhembra, tú que flotas como un presentimiento o una nube al costado de una montaña envejecida, dime niña qué ves, cuando cierras los ojos.