kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
MUNDO
El mundo entero cabe en una esfera
con el mismo volumen que un cartón de leche.
Una esfera provista de una boca que ametralla estupideces,
¡y qué va a hacer! si en el fondo no entiende nada.
Se trata de una esfera que es pariente de la oca
y que engulle, a través de sus sensibles orificios,
ingentes paquetes de ondas y partículas.
Seguro que de ese empacho
y de tantos fotonazos que recibe
(estamos hablando de hostias a la velocidad de la luz),
con el tiempo, se vuelve completamente gilipollas.
Yo creo que por eso, las esferitas,
al no estar aún desgastadas por la energía estelar
desprenden esa ubérrima lucidez.
La locura inmanente de que seamos
un saco de radiación cósmica
se sobrelleva
gracias a que el resto de las esferas
también lloran, ríen, se arrepienten, dudan
(mientras afirman categóricamente),
odian, gesticulan y gritan,
y buscan el alivio revisionista del engaño
empastando con mentiras sus miserias.
Pero sobre todo compartimos
ese silencio estremecido tan propio del duelo
que nos acompaña desde el día en que nacemos.
Precisamente esa angustia fraterna
de ver cómo se nos escapa la vida
sin saber muy bien por qué
paganiza y estructura
el mundo de nuestra particular esfera.
¡Qué sería de nosotros si no pudiéramos abrazar otros cuerpos!,
¡si no existieran los andenes ni sus pañuelos!,
qué sería de nosotros
si no pudiéramos tratar de comprender otros mundos
para así poder conformar el nuestro.
Sin el resto de las esferas
seríamos algo parecido a un demiurgo demente
gritándole a las piedras
qué es lo que ven sus ojos.
Llegará el día en que nos extingamos
(estamos apostando fuerte para que sea más pronto que tarde)
y sobre las esquirlas de los espejos rotos de nuestros mundos
seguirá en su giro imperturbable esa otra cosa que nos rodea,
pero convertida ya en el paradigma de la soledad:
en una mesa de billar sin bolas,
en un solemne tablero de ajedrez sin piezas,
en un deslumbrante lienzo añil de Rothko… sin espectadores.
¡Pero qué digo!, ¡ya no será añil!,
sino la mudanza gris hacia ninguna parte
de un cadáver de minerales
con nuestro puñal clavado en la boca de su silencio.
Será algo muy triste,
tan triste como imaginarse un mundo
despojado, para siempre, ¡maldita sea!,
de asuntos tan delicados y bellos
como estar hoy aquí, en este maravilloso escenario,
compartiendo el humano sentimiento,
un martes veintisiete de noviembre,
cuarenta y tres años y un día después
de que mi madre me diera la oportunidad
de jugar a imaginarme
En Madrid, a 27 de noviembre de 2018
El mundo entero cabe en una esfera
con el mismo volumen que un cartón de leche.
Una esfera provista de una boca que ametralla estupideces,
¡y qué va a hacer! si en el fondo no entiende nada.
Se trata de una esfera que es pariente de la oca
y que engulle, a través de sus sensibles orificios,
ingentes paquetes de ondas y partículas.
Seguro que de ese empacho
y de tantos fotonazos que recibe
(estamos hablando de hostias a la velocidad de la luz),
con el tiempo, se vuelve completamente gilipollas.
Yo creo que por eso, las esferitas,
al no estar aún desgastadas por la energía estelar
desprenden esa ubérrima lucidez.
La locura inmanente de que seamos
un saco de radiación cósmica
se sobrelleva
gracias a que el resto de las esferas
también lloran, ríen, se arrepienten, dudan
(mientras afirman categóricamente),
odian, gesticulan y gritan,
y buscan el alivio revisionista del engaño
empastando con mentiras sus miserias.
Pero sobre todo compartimos
ese silencio estremecido tan propio del duelo
que nos acompaña desde el día en que nacemos.
Precisamente esa angustia fraterna
de ver cómo se nos escapa la vida
sin saber muy bien por qué
paganiza y estructura
el mundo de nuestra particular esfera.
¡Qué sería de nosotros si no pudiéramos abrazar otros cuerpos!,
¡si no existieran los andenes ni sus pañuelos!,
qué sería de nosotros
si no pudiéramos tratar de comprender otros mundos
para así poder conformar el nuestro.
Sin el resto de las esferas
seríamos algo parecido a un demiurgo demente
gritándole a las piedras
qué es lo que ven sus ojos.
Llegará el día en que nos extingamos
(estamos apostando fuerte para que sea más pronto que tarde)
y sobre las esquirlas de los espejos rotos de nuestros mundos
seguirá en su giro imperturbable esa otra cosa que nos rodea,
pero convertida ya en el paradigma de la soledad:
en una mesa de billar sin bolas,
en un solemne tablero de ajedrez sin piezas,
en un deslumbrante lienzo añil de Rothko… sin espectadores.
¡Pero qué digo!, ¡ya no será añil!,
sino la mudanza gris hacia ninguna parte
de un cadáver de minerales
con nuestro puñal clavado en la boca de su silencio.
Será algo muy triste,
tan triste como imaginarse un mundo
despojado, para siempre, ¡maldita sea!,
de asuntos tan delicados y bellos
como estar hoy aquí, en este maravilloso escenario,
compartiendo el humano sentimiento,
un martes veintisiete de noviembre,
cuarenta y tres años y un día después
de que mi madre me diera la oportunidad
de jugar a imaginarme
mi propio mundo.
En Madrid, a 27 de noviembre de 2018
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