Juno
Poeta que considera el portal su segunda casa
Saco la muñeca apolillada
del trastero del recuerdo,
adecento su vestido desvaído,
le peino sus hebras polvorientas.
El lazo de terciopelo granate
ahora cenizo y almidonado,
se arría lánguido en sus mechones
recogiendo rizo deshecho.
Los párpados con el tiempo
se quedaron abiertos; insomnes
en mueca de asombro perpetuo,
zafiros plásticos de brillo ciego.
No enmarcan ya sus pestañas
la inocencia párvula;
de días sin calibre,
de edad sin espesura.
La siento en el alféizar
y retiro las cortinas
para que pinte el sol
de rubores sus mejillas.
Que desanden los relojes
en minutos, todos estos años.
Que me deje virgen la memoria
y los ojos de tristeza pulidos.
Debajo de mi cuarentena;
salta, ríe, juega ¡niña traviesa!
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