KOVAC
Poeta recién llegado
Nada de nada.
Porque si me miras de frente
y eres capaz de sostenerme la mirada,
si eres capaz de decirme,
sin que la cara se te caiga de la vergüenza,
que no te ocurre nada,
me pregunto cómo hago para aguantarme la risa.
Cuando te pregunto dónde has estado
y me dices que donde siempre,
cuando me hablas –no importa para qué-
me obliga el tono de tu voz a preguntarte
qué es lo que te ocurre.
Es entonces cuando te delatas diciéndome
-en el mismo tono de voz-
que no estás preocupada por nada.
Y aunque ya lo he visto todo, aún me queda por ver
que por la noche todo es más de lo mismo.
Por más que me giro sobre la cama
-que compartimos hasta dios sabe cuándo-
siempre veo tu espalda y tus ojos
siempre miran a la pared.
Si mi boca busca la tuya tienes sueño
y ya no recuerdo si el último beso fue un beso
o un disimulo de tener vacía la certeza
y el corazón inundado con absurdo de cotidianidad.
Por no hablar de tus palabras
dichas a cuentagotas, siempre respirando
y respirando –y callando- por sobrevivir.
Porque si te pido que me cuentes algo
entro en deuda con la duda
y me dices sin decirme- en el estricto sentido
de la expresión- que nada tienes que decir.
Quizá te basta con respirar.
Todo esto y sin embargo
nada va mal, nada ocurre,
vienes de donde siempre,
no estás preocupada por nada.
Tanta normalidad
que nunca fue normal,
que la imaginación –que nunca fue vulgar-
se rinde en el intento de trasladar
el deterioro de ayer al vacío de mañana.
Todo esto y sin embargo
nada va mal, nada te ocurre,
vienes de donde siempre,
no estás preocupada por nada…
Miénteme,
pero ponle un poco más de talento.
Porque si me miras de frente
y eres capaz de sostenerme la mirada,
si eres capaz de decirme,
sin que la cara se te caiga de la vergüenza,
que no te ocurre nada,
me pregunto cómo hago para aguantarme la risa.
Cuando te pregunto dónde has estado
y me dices que donde siempre,
cuando me hablas –no importa para qué-
me obliga el tono de tu voz a preguntarte
qué es lo que te ocurre.
Es entonces cuando te delatas diciéndome
-en el mismo tono de voz-
que no estás preocupada por nada.
Y aunque ya lo he visto todo, aún me queda por ver
que por la noche todo es más de lo mismo.
Por más que me giro sobre la cama
-que compartimos hasta dios sabe cuándo-
siempre veo tu espalda y tus ojos
siempre miran a la pared.
Si mi boca busca la tuya tienes sueño
y ya no recuerdo si el último beso fue un beso
o un disimulo de tener vacía la certeza
y el corazón inundado con absurdo de cotidianidad.
Por no hablar de tus palabras
dichas a cuentagotas, siempre respirando
y respirando –y callando- por sobrevivir.
Porque si te pido que me cuentes algo
entro en deuda con la duda
y me dices sin decirme- en el estricto sentido
de la expresión- que nada tienes que decir.
Quizá te basta con respirar.
Todo esto y sin embargo
nada va mal, nada ocurre,
vienes de donde siempre,
no estás preocupada por nada.
Tanta normalidad
que nunca fue normal,
que la imaginación –que nunca fue vulgar-
se rinde en el intento de trasladar
el deterioro de ayer al vacío de mañana.
Todo esto y sin embargo
nada va mal, nada te ocurre,
vienes de donde siempre,
no estás preocupada por nada…
Miénteme,
pero ponle un poco más de talento.
Última edición: