Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
La tristeza de ese entonces era una rata
que hacía agujeros en el corazón.
La sentía correr por los túneles de mi sangre
durante mis recorridos a pie por el monte,
la escuchaba pelear en el eterno insomnio
con algún recuerdo duro de roer.
Y trataba de esconderla en las rendijas,
la perseguía con una escoba lírica, le ponía
las habituales trampas de esa edad:
música, literatura, amigos, muchachas.
Pero entre los dientes de mi sonrisa
la rata siempre acechaba:
Vámonos antes de que digas algo ausente,
antes de que arruines la fiesta.
Y con luna o sin luna,
la ciudad se quedaba sin carros,
el cielo se vaciaba de ángeles.
La rata Tristeza era la mejor compañía
para andar por esos laberintos con patrulleros
a la vuelta de la esquina,
donde cada charco emplumado
y cada espejo alevoso me miraba
con una nitidez tan diferente.
Al final de la desesperación nos reíamos de todo:
al fin y al cabo
éramos un payaso con un alma de roedor.
Hoy quise recordar la tristeza de ese entonces
por sentir algo distinto a nada.
Y me vino a la memoria mi tía abuela que decía
que a las ratas viejas le brotaban alas.
me reía a escondidas, con esa risa viva
que no contagió a mi murciélago muerto.
Hoy que sé que ignoro casi todo lo de este mundo,
ya no me río, pero tampoco lloro.
Soy extraño para mí mismo, igual a todos.
Ojalá que mi rata de ese ya nunca haya volado
muy lejos de este sitio.
que hacía agujeros en el corazón.
La sentía correr por los túneles de mi sangre
durante mis recorridos a pie por el monte,
la escuchaba pelear en el eterno insomnio
con algún recuerdo duro de roer.
Y trataba de esconderla en las rendijas,
la perseguía con una escoba lírica, le ponía
las habituales trampas de esa edad:
música, literatura, amigos, muchachas.
Pero entre los dientes de mi sonrisa
la rata siempre acechaba:
Vámonos antes de que digas algo ausente,
antes de que arruines la fiesta.
Y con luna o sin luna,
la ciudad se quedaba sin carros,
el cielo se vaciaba de ángeles.
La rata Tristeza era la mejor compañía
para andar por esos laberintos con patrulleros
a la vuelta de la esquina,
donde cada charco emplumado
y cada espejo alevoso me miraba
con una nitidez tan diferente.
Al final de la desesperación nos reíamos de todo:
al fin y al cabo
éramos un payaso con un alma de roedor.
Hoy quise recordar la tristeza de ese entonces
por sentir algo distinto a nada.
Y me vino a la memoria mi tía abuela que decía
que a las ratas viejas le brotaban alas.
me reía a escondidas, con esa risa viva
que no contagió a mi murciélago muerto.
Hoy que sé que ignoro casi todo lo de este mundo,
ya no me río, pero tampoco lloro.
Soy extraño para mí mismo, igual a todos.
Ojalá que mi rata de ese ya nunca haya volado
muy lejos de este sitio.
08 de septiembre de 2024
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