Ilust.: Pinterest. “La nube”. José L. Rodríguez
NAUMAQUIAS PARA OTOÑOS CALUROSOS
Brotan negras las lágrimas
de las colosales estatuas de los héroes.
Los suspiros de los amantes agraviados
mueven con suavidad las cebadas tal que ofrendas,
cabelleras rubias extendidas en los antiguos campos.
El otoño está clavado como espina o como vidrio
en las interminables llanuras donde muere el asfodelo
y es precisa una naumaquia refrescante.
Las demoiselles se agostan y sus sirvientes
no pueden ofrecerles más que sangre,
sangre oscura como vino, de los héroes caídos en la batalla,
pero ellas desean la sangre que da vida a sus cuerpos juveniles,
a los cuerpos ágiles, ardorosos, hechos para el placer hasta la muerte.
Lejos ya los tiempos del champán y del perfume,
de las rosas y las gardenias que morían en los atardeceres dorados,
iluminando los ojales floridos de galanes sicalípticos.
Ahora son los nuevos tiempos donde ríen los cadáveres
junto a las esculturas que adornan sus sepulcros,
son los nuevos tiempos en los que se añoran las naumaquias y los juegos,
escuchando las bien templadas liras de los aedos ciegos de Safo.
El mar en la lejanía es como un ojo inmenso del cielo
que mira tiernamente dolorido por no poder escuchar
los cánticos juveniles.
Los niños han tejido las guirnaldas
y los efebos morenos los barquitos de papel
con los que combatirán entre canciones y amagos de tormentas,
bajo las nubes, sobre las olas, ahítos de vino negro,
efebos entrenados para las más deliciosas batallas del amor transido.
Los campos de lejanías infinitas,
los campos de las cebadas en sazón, campos de fin de verano,
los campos que nunca vieron el espejo nublado
del mar al atardecer,
campos de chopos enhiestos, baupreses verticales,
precursores vegetales de clepsidras y templos pinaculares,
rígidos dedos como rayos apagados que señalan
el oculto alojamiento de los dioses en las noches clarilunares,
donde se disuelven las estrellas.
Tiempos nuevos que devienen alborozados
en recreadores de las antiguas usanzas
como esta de la naumaquia
para otoños calurosos en los campos de secano.
Es absurdo el deseo de los hombres,
tan absurdo como infinita la paciencia de sus dioses.
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