Madam Dámira Zapied
Poeta recién llegado
Adheridas más allá de los mortales cielos
en medio de melodías imperceptibles,
ventanas envueltas en sedosos velos
Y roncas palabras de cuerpos febriles.
Danzan al ritmo de su corto romance,
sin ver los abismos en donde habitan;
dueñas de un majestuoso trance
que solo sus amantes sombras recitan.
Los ojos fulgurantes de marchitas velas
amparan de la luna a las enamoradas,
mientras sus gráciles humos en hondas estelas
suscitan los versos de dos apasionadas;
un momento de la deseada inmortalidad
implorada por las orladas cimbras del amor,
rebosante de pálidas gotas de soledad
que forman el imponente río del temor.
A pesar de ser tan caprichoso el tiempo
concedió su sangre para este segmento,
pues nunca más regresara aquel tempo,
nunca más bailaran como en este momento.
Los amplios jardines nocturnos
en donde las hijas perdidas suspiran,
aguardan entre anhelos taciturnos;
entre tanto que su rebeldía admiran.
El orbe maligno y hermoso de la luna
revela impetuosa sus fauces lobunas;
extinguidas las cálidas velas protectoras,
ella se extingue entre sonrosadas auroras.
Maldecida por el orbe, el ente enamorado
acepta sufrir un tormento crudo y despiadado,
gloriada se siente de haberla encontrado
y en solo una noche haberla amado…
Fragmento modificado de “ne’ táli ménamar melied”…
en medio de melodías imperceptibles,
ventanas envueltas en sedosos velos
Y roncas palabras de cuerpos febriles.
Danzan al ritmo de su corto romance,
sin ver los abismos en donde habitan;
dueñas de un majestuoso trance
que solo sus amantes sombras recitan.
Los ojos fulgurantes de marchitas velas
amparan de la luna a las enamoradas,
mientras sus gráciles humos en hondas estelas
suscitan los versos de dos apasionadas;
un momento de la deseada inmortalidad
implorada por las orladas cimbras del amor,
rebosante de pálidas gotas de soledad
que forman el imponente río del temor.
A pesar de ser tan caprichoso el tiempo
concedió su sangre para este segmento,
pues nunca más regresara aquel tempo,
nunca más bailaran como en este momento.
Los amplios jardines nocturnos
en donde las hijas perdidas suspiran,
aguardan entre anhelos taciturnos;
entre tanto que su rebeldía admiran.
El orbe maligno y hermoso de la luna
revela impetuosa sus fauces lobunas;
extinguidas las cálidas velas protectoras,
ella se extingue entre sonrosadas auroras.
Maldecida por el orbe, el ente enamorado
acepta sufrir un tormento crudo y despiadado,
gloriada se siente de haberla encontrado
y en solo una noche haberla amado…
Fragmento modificado de “ne’ táli ménamar melied”…
Última edición por un moderador: