francomacorisano
Poeta asiduo al portal
Pueden arropar mi cama, pero no mi alma;
cobijar con terciopelo mis sueños;
adornar las razones y encontrarnos en la
oscura complicidad a podar las caricias que guardamos para abril.
Pueden arropar mi sombra con sus labios
y acariciarnos de norte a sur,
y enseñarme los confines de sus glúteos en las palmas de mis manos;
pero no es suficiente para encontrar el amor
en el eco de su voz que me abraza sin descanso en las mañanas.
Me ofrecen un lecho de encantos,
interminable para las caricias que deseo conquistar;
no tanto para albergar el amor
y dormirlo en las aguas tiernas de la noche.
En una cama ardiente hay demasiada bruma,
demasiada locura para apagar la sed de mis labios,
y quejidos salvajes galopando en la piel,
y palabras melosas ascendiendo por las nubes,
y contorsiones locas arrebatando el sentido,
y ni una mirada preñada de amor que compartir.
La cama es dulce,
arde con el roce de la piel,
y la sábana se inclina para marcar su contorno mágico;
caen las gotas de pasión como llovizna en la tarde,
pero no pueden refrescar la tormenta de lujuria
que avanza derribando fronteras en nuestros cuerpos,
sin importar la distancia, ni el mar encabritado
que solloza con el viento las locuras de las olas;
pero no es suficiente una tormenta en mi cama para abonar el amor.
Hace falta más que un beso errante, para querer;
más que caricias huérfanas en una cama mullida, para recordar;
más que una boca ardiente en el ocaso del invierno, para que un beso sea eterno;
haces falta tú, para que sea amor
cobijar con terciopelo mis sueños;
adornar las razones y encontrarnos en la
oscura complicidad a podar las caricias que guardamos para abril.
Pueden arropar mi sombra con sus labios
y acariciarnos de norte a sur,
y enseñarme los confines de sus glúteos en las palmas de mis manos;
pero no es suficiente para encontrar el amor
en el eco de su voz que me abraza sin descanso en las mañanas.
Me ofrecen un lecho de encantos,
interminable para las caricias que deseo conquistar;
no tanto para albergar el amor
y dormirlo en las aguas tiernas de la noche.
En una cama ardiente hay demasiada bruma,
demasiada locura para apagar la sed de mis labios,
y quejidos salvajes galopando en la piel,
y palabras melosas ascendiendo por las nubes,
y contorsiones locas arrebatando el sentido,
y ni una mirada preñada de amor que compartir.
La cama es dulce,
arde con el roce de la piel,
y la sábana se inclina para marcar su contorno mágico;
caen las gotas de pasión como llovizna en la tarde,
pero no pueden refrescar la tormenta de lujuria
que avanza derribando fronteras en nuestros cuerpos,
sin importar la distancia, ni el mar encabritado
que solloza con el viento las locuras de las olas;
pero no es suficiente una tormenta en mi cama para abonar el amor.
Hace falta más que un beso errante, para querer;
más que caricias huérfanas en una cama mullida, para recordar;
más que una boca ardiente en el ocaso del invierno, para que un beso sea eterno;
haces falta tú, para que sea amor