Évano
Libre, sin dioses.
Estaba leyendo a William Borroughs, su libro El almuerzo Desnudo, un párrafo que dice:
"...Un yonqui no quiere calor, quiere estar fresco, más fresco, FRÍO. Pero quiere el frío como quiere su droga, no fuera, donde no le sirve de nada, sino DENTRO, para poder estar sentado por ahí con la columna vertical como un gato hidráulico... y su metabolismo aproximándose al CERO absoluto. Muchas veces los adictos TERMINALES se pasan dos meses sin mover el vientre y los intestinos forman adherencias permanentes —¿a quién no?— que requieren la actuación de un descorazonador de manzanas o de su equivalente quirúrgico... Así es la vida en la Vieja Casa de Hielo. ¿Para qué moverse y perder el tiempo? Hay sitio para uno más, señor...".
Paro de leer porque la frase: Así es la vida en la Vieja Casa de Hielo, ha hecho que me detenga, que entre en esa casa todo lo que hasta entonces estaba leyendo, todo el libro, cada una de sus palabras ha entrado en esa Casa de Hielo. He dejado el libro abierto, boca abajo, sobre el respaldo del sofá, y mi mente me ha llevado a tiempo atrás, décadas atrás, a cuando era a penas un adolescente y veía por mi barrio a esos jóvenes abrigados con grandes chaquetas de cuero o lana en plano agosto. Muchos de ellos ya no están.
Enciendo el ordenador y entro en Faceebook. Multitud de frases de amigos que me han añadido y que ni tan siquiera conozco ni me escribí con ellos jamás ya han colocado sus increíbles frases que denotan haber vivido una vida plena, una sabiduría ancestral, frases como "Vive cada momento, Cada segundo es imprescindible...". Sus caras muestran sonrisas estúpidas, como de estar a vueltas de todo. Están repeinados en las fotografías que enseñan, alegres y aparentemente contentos, solo les falta unas cuantas mariposas revoloteando entre sus caras de pan entre los campos de trigo mientras los pastores danzan bajo un precioso cielo azul y límpido.
Cierro el ordenador, y me levanto ayudado por un pedo que lo ha oído hasta la vecina. Salgo al balcón y me fumo un cigarrillo de tabaco de liar, sin filtro. Suena el móvil y lo saco del bolsillo. La llamada del Smartfhone muestra otra cara idiota con otra superfrase: "Jamás pensé que el mundo..." No quiero ni acabar de leerla ni quiero contestar y me pregunto algo que de repente viene a mi cabeza: ¿Cuándo hemos dejado de vivir? ¿En qué momento nos convertimos en unos imbéciles? ¿Cuándo dimos por hecho que ya no cagamos ni meamos? ¿Cuándo la hipocresía se hizo en nosotros? Vemos rebanar el pescuezo a un cerdo en la televisión y oímos un Ays, qué asco, mientras masticamos el lomo de ese mismo animal. O se tapan los ojos si un canal de televisión muestra un pecho cuando alguno bebe hasta el semen de la polla que mama.
Dice Borroughs que el yonqui quiere el frío dentro, como quiere su droga, no fuera, donde no le sirve de nada. Yo digo que el idiota quiere el frío y la vida fuera mientras él está en el calor de su adentro de mentira, como ensayo para la eternidad que le espera. Y yo soy uno de esos idiotas.
"...Un yonqui no quiere calor, quiere estar fresco, más fresco, FRÍO. Pero quiere el frío como quiere su droga, no fuera, donde no le sirve de nada, sino DENTRO, para poder estar sentado por ahí con la columna vertical como un gato hidráulico... y su metabolismo aproximándose al CERO absoluto. Muchas veces los adictos TERMINALES se pasan dos meses sin mover el vientre y los intestinos forman adherencias permanentes —¿a quién no?— que requieren la actuación de un descorazonador de manzanas o de su equivalente quirúrgico... Así es la vida en la Vieja Casa de Hielo. ¿Para qué moverse y perder el tiempo? Hay sitio para uno más, señor...".
Paro de leer porque la frase: Así es la vida en la Vieja Casa de Hielo, ha hecho que me detenga, que entre en esa casa todo lo que hasta entonces estaba leyendo, todo el libro, cada una de sus palabras ha entrado en esa Casa de Hielo. He dejado el libro abierto, boca abajo, sobre el respaldo del sofá, y mi mente me ha llevado a tiempo atrás, décadas atrás, a cuando era a penas un adolescente y veía por mi barrio a esos jóvenes abrigados con grandes chaquetas de cuero o lana en plano agosto. Muchos de ellos ya no están.
Enciendo el ordenador y entro en Faceebook. Multitud de frases de amigos que me han añadido y que ni tan siquiera conozco ni me escribí con ellos jamás ya han colocado sus increíbles frases que denotan haber vivido una vida plena, una sabiduría ancestral, frases como "Vive cada momento, Cada segundo es imprescindible...". Sus caras muestran sonrisas estúpidas, como de estar a vueltas de todo. Están repeinados en las fotografías que enseñan, alegres y aparentemente contentos, solo les falta unas cuantas mariposas revoloteando entre sus caras de pan entre los campos de trigo mientras los pastores danzan bajo un precioso cielo azul y límpido.
Cierro el ordenador, y me levanto ayudado por un pedo que lo ha oído hasta la vecina. Salgo al balcón y me fumo un cigarrillo de tabaco de liar, sin filtro. Suena el móvil y lo saco del bolsillo. La llamada del Smartfhone muestra otra cara idiota con otra superfrase: "Jamás pensé que el mundo..." No quiero ni acabar de leerla ni quiero contestar y me pregunto algo que de repente viene a mi cabeza: ¿Cuándo hemos dejado de vivir? ¿En qué momento nos convertimos en unos imbéciles? ¿Cuándo dimos por hecho que ya no cagamos ni meamos? ¿Cuándo la hipocresía se hizo en nosotros? Vemos rebanar el pescuezo a un cerdo en la televisión y oímos un Ays, qué asco, mientras masticamos el lomo de ese mismo animal. O se tapan los ojos si un canal de televisión muestra un pecho cuando alguno bebe hasta el semen de la polla que mama.
Dice Borroughs que el yonqui quiere el frío dentro, como quiere su droga, no fuera, donde no le sirve de nada. Yo digo que el idiota quiere el frío y la vida fuera mientras él está en el calor de su adentro de mentira, como ensayo para la eternidad que le espera. Y yo soy uno de esos idiotas.
Última edición: