Mirando tan fijamente como lo permitía el rubor
el cazador fue tras la presa, con la demencia expresa
y la respiración entrecortada no le dijo nada;
solo la tomó del talle y la llevó a la pista de baile.
En un intercambio de asentimientos sacudieron los cimientos.
Al girar arraigados a su deseo, emitieron al unísono el jadeo
que manaba de su pecho, ya que a falta práctica de lecho
se entregaron con locura, dientes, roces y franca premura.
Un baile ardiente patentaron, ya que todos captaron
la entrega que del tango salvaje, hizo arder el ropaje
de una pareja excitada que no preciso decir nada
para expresar su arrobamiento en la pista del tiento.