¿Por qué agitas mis sentidos
con tu inexistente presencia?
¿Por qué me robas la calma
con tu sonrisa de verano
descubriendo rosas dormidas
en los relieves de mi cuerpo?
¡No más, no más!
¡Pido paz para el alma!
¡Pondré orden de restricción!
¡Levantaré vallas en mi lecho!
¡Vestiré de harapos tus recuerdos
para que no los reconozcas!
¡Cambiaré la cerradura,
que siempre tuvo el corazón,
para que no invadas mis sueños
ni desveles mis noches!
¡No!, no quiero que vuelvas,
porque cada vez que te marchas
con la luz de la alborada,
me condenas al hastío
de ser un hombre común
que agoniza entre las fauces
del pasado y la memoria;
un fantasma mortal que transita
por las vías de este espacio-tiempo,
con los ojos diluídos en el suelo,
extrañando tu presencia.
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