Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
NO ME EQUIVOQUÉ
Pero pasaste junto a mi,
te detuviste, me miraste,
quisiste asomarte por ese lindero
que casi parecía un trozo delgado de alma,
tal vez, esa precisión adusta de la tarde
cuando comienza a filtrar sus colores
por los celofanes de algún vitral abandonado.
Pero te detuviste
y si bien no había aún musicalidad,
treno, candor de hoguera, te quedaste
y quisiste averiguar
en qué espacios, de qué maneras,
de qué ácidos o endebles materiales
estaba hecho este andamio de huesos y piel
con que se me apretujan los días
y por poco tropiezan mis ideales
todavía usurpadores de mis sueños.
No te importó lo que de mi destejía horizontes,
ni lo que evidentemente era
la caricia perdida, el fermento soso, el cáliz frenético
que habría de servirnos para beber la vid
para el celeste banquete de cada día.
No me equivoqué;
eras tú quien debía quedarse conmigo,
hasta esta orilla te ha traído
todo mi deseo,
todas mis fuerzas, todas mis ganas.
Ya no quiero que te vayas.
Quédate conmigo hasta que caiga el velo ultimo,
cortinaje de tiempo difuso que todavía no logra,
no logrará nunca nublarnos los ojos
porque nos seguiremos mirando.
Pero pasaste junto a mi,
te detuviste, me miraste,
quisiste asomarte por ese lindero
que casi parecía un trozo delgado de alma,
tal vez, esa precisión adusta de la tarde
cuando comienza a filtrar sus colores
por los celofanes de algún vitral abandonado.
Pero te detuviste
y si bien no había aún musicalidad,
treno, candor de hoguera, te quedaste
y quisiste averiguar
en qué espacios, de qué maneras,
de qué ácidos o endebles materiales
estaba hecho este andamio de huesos y piel
con que se me apretujan los días
y por poco tropiezan mis ideales
todavía usurpadores de mis sueños.
No te importó lo que de mi destejía horizontes,
ni lo que evidentemente era
la caricia perdida, el fermento soso, el cáliz frenético
que habría de servirnos para beber la vid
para el celeste banquete de cada día.
No me equivoqué;
eras tú quien debía quedarse conmigo,
hasta esta orilla te ha traído
todo mi deseo,
todas mis fuerzas, todas mis ganas.
Ya no quiero que te vayas.
Quédate conmigo hasta que caiga el velo ultimo,
cortinaje de tiempo difuso que todavía no logra,
no logrará nunca nublarnos los ojos
porque nos seguiremos mirando.