Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
No me vuelvo a enamorar. Nunca más. Lo juro con el sabor de ese café amargo de las cuatro de la tarde, con el eco de tus risas que todavía retumban entre los muros de esta sala vacía. Me vuelvo fiel al desencanto, al deleite de no esperar nada, de contar los días como quien cuenta monedas, sintiendo en cada una el peso de lo inútil.
Pero, ah, qué ironía tan deliciosa esta, que al mismo tiempo parece arrastrarme hacia el filo de la siguiente curva, hacia el desenlace de otra historia que todavía no he escrito. Porque decir "no me vuelvo a enamorar" es como sostener un fósforo encendido en medio de un incendio, como guardarse las ganas detrás de las costillas, mientras el pecho retumba cada vez que suena el teléfono o la vida se asoma con su cara de siempre.
No, no me vuelvo a enamorar. No otra vez, no ahora que la memoria tiene amnesia selectiva y ya no guarda ni el menor rastro del porqué duele tanto el amor. Me mantengo firme, me digo, pero el eco de tu perfume, de una sonrisa en la calle, de una voz cualquiera, va sacudiendo esas mismas certezas. Porque quién soy yo para ir en contra de esa redondez absurda, de ese caos que tiene forma de piel ajena y promesas mal hechas.
Así que ahí voy, otra vez, declarándome fiel al vacío, a la paz de la soledad, mientras me río, irónicamente, de lo poco que dura el pacto. Porque cada "no me vuelvo a enamorar" es un "hasta la próxima". Y siempre hay una próxima, aunque no quiera admitirlo.
Pero, ah, qué ironía tan deliciosa esta, que al mismo tiempo parece arrastrarme hacia el filo de la siguiente curva, hacia el desenlace de otra historia que todavía no he escrito. Porque decir "no me vuelvo a enamorar" es como sostener un fósforo encendido en medio de un incendio, como guardarse las ganas detrás de las costillas, mientras el pecho retumba cada vez que suena el teléfono o la vida se asoma con su cara de siempre.
No, no me vuelvo a enamorar. No otra vez, no ahora que la memoria tiene amnesia selectiva y ya no guarda ni el menor rastro del porqué duele tanto el amor. Me mantengo firme, me digo, pero el eco de tu perfume, de una sonrisa en la calle, de una voz cualquiera, va sacudiendo esas mismas certezas. Porque quién soy yo para ir en contra de esa redondez absurda, de ese caos que tiene forma de piel ajena y promesas mal hechas.
Así que ahí voy, otra vez, declarándome fiel al vacío, a la paz de la soledad, mientras me río, irónicamente, de lo poco que dura el pacto. Porque cada "no me vuelvo a enamorar" es un "hasta la próxima". Y siempre hay una próxima, aunque no quiera admitirlo.
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