Isaías Súvel
Me gusta más el seudónimo ARREBATADO DE TERNURA.-
NO PUEDO DEFENDERME
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Me amenaza el silencio de las altas cumbres,
dónde solo el aire más puro navega,
dónde respirar es ya de escasa costumbre,
y dónde la soledad es la fiel compañera.
Me amenaza el azul de aquel gran firmamento,
dónde dicen que es cielo, pero alas no veo,
sólo las de unos cóndores que vuelan contentos,
de besar lo intangible de aquel fiel solideo.
Me amenazan las nubes plomizas sin miedo,
de enviar como piedras sus lágrimas claras,
con quién sueñan los niños con posar sus sueños,
mirando al Señor con felicísima cara.
Me amenazan las hebras de aquel terciopelo,
que tejieron las manos de Dios a la aurora,
la que protege al cielo con aquel bello velo,
dónde ni siquiera pueda asomarse mi espora.
Me amenaza la sangre de mi infante canica,
con la cual yo juego muy solo en mi patio,
celebrando victorias que mi mente fabrica,
y obteniendo botines a la par del topacio.
Me amenazan las brisas que traen las bocas,
que expulsan sonrientes en su bella alegría;
me amenazan constantes pues siempre me tocan,
en contento proceso de buena sangría.
Me amenazan los ojos que miran pasivos,
contemplando las cañas que yacen ya mustias,
y aquellos que ven a sus buenos amigos,
dónde ni siquiera aparece un atisbo de angustia.
Me amenaza saber que mi vida te asusta
y no tengo defensa en estas horas injustas.
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Me amenaza el silencio de las altas cumbres,
dónde solo el aire más puro navega,
dónde respirar es ya de escasa costumbre,
y dónde la soledad es la fiel compañera.
Me amenaza el azul de aquel gran firmamento,
dónde dicen que es cielo, pero alas no veo,
sólo las de unos cóndores que vuelan contentos,
de besar lo intangible de aquel fiel solideo.
Me amenazan las nubes plomizas sin miedo,
de enviar como piedras sus lágrimas claras,
con quién sueñan los niños con posar sus sueños,
mirando al Señor con felicísima cara.
Me amenazan las hebras de aquel terciopelo,
que tejieron las manos de Dios a la aurora,
la que protege al cielo con aquel bello velo,
dónde ni siquiera pueda asomarse mi espora.
Me amenaza la sangre de mi infante canica,
con la cual yo juego muy solo en mi patio,
celebrando victorias que mi mente fabrica,
y obteniendo botines a la par del topacio.
Me amenazan las brisas que traen las bocas,
que expulsan sonrientes en su bella alegría;
me amenazan constantes pues siempre me tocan,
en contento proceso de buena sangría.
Me amenazan los ojos que miran pasivos,
contemplando las cañas que yacen ya mustias,
y aquellos que ven a sus buenos amigos,
dónde ni siquiera aparece un atisbo de angustia.
Me amenaza saber que mi vida te asusta
y no tengo defensa en estas horas injustas.
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