Como todos los viernes, nos juntábamos en mi casa con mis con mis compañeros de la universidad.
Eramos unos cuatro, incluyéndome, nos reuníamos en mi hogar, ya que estaba prohibido
deambular por las calles en grandes grupos, por diversas teorías.
De aquel momento me han quedado nebulosos recuerdos pero sumamente preciso.
Estábamos en el salón de mi casa, en el medio de la habitación, la alfombra suave y aterciopelada,
junto a unos sillones bastante acogedores, con un velador largo que iluminaba gradualmente la pieza
delante la mesita ratona, bastante sencilla pero repleta de libros y fotocopias.
Las paredes bordadas de libros, a lo alto y ancho dos de ellas, por completo, nos quedaban a los laterales.
Atrás una pared con una biblioteca mucho más chica y una pequeña ventana
delante nuestro la pared que estaba vacía, un ventanal cerrado por las cortinas, en la cual entraba poca luz, y un espejo bastante antiguo en el cobijo de las telarañas.
Me sentía relajado en el sillón junto a mi estaba Pablo, leyendo a O.Bayer muy abstraído se lo notaba,
Martha recostada con la cabeza en el sillón revisando sus apuntes para rendir un parcial y,
Julio con su peculiar barba repiqueteaba una melodía en sus piernas, observando el espejo.
Me levante para acomodar algunos apuntes, y me topé frente a mí una obra maestra de P. Freire,
me volví a acomodar en el sofá, me compenetre con la lectura a tal punto que perdí noción
del tiempo y espacio; un corte de luz y el velador se apaga, alcanzaba a entrar algo de luz de los
faroles de la calle.
Miré directamente al espejo, que nos reflejaba a los cuatro para aliviar mi incertidumbre.
El cuarto se había tornado mas oscuro de lo debido, llegué a ver un gran desorden, revuelta,
como si nos hubieran allanado la casa. En el espejo estaban ellos tres, algo despojados se
los notaba con un gran dolor, junto a algunos señores de largos trajes y anchas hombreras.
En la mano podía apreciar un artefacto, que no logré distinguir.
Se encontraban de espaldas por lo que no pude ver mas.
Acobardado mire a mi alrededor y me llegué a entrever tres sombras que me miraban con unos
ojos profundos, se los notaba fastidiados muy dolidos, vacías por dentro, sin identidad.
Atemorizado cerré rápido los ojos, para que pase el martirio
Los volvi a abrir... me encontraba tras el espejo, ahora los señores
estaban junto a mi con esos artefactos que rasuraban,quemaban,
y cortaban mi piel. Sufriendo de dolor, quería gritar pero mi voz no salía, tal vez por temor, no podía.
Entre el silencio y la oscuridad que nos rodeaba escuche unos gritos, eran ellos tres
pero no los vi, los sentí y los oí.
Vuelvo a cerrar los ojos, ya lastimado. habían pasado semanas, gente buscándonos
abuelas y madres sobre todo, me encontraba de vuelta en mi casa, el desorden continuaba,
faltaban varios libros.
En ese momento, recordé una voz ronca que me dijo que me dejarían ir para que se sumisen los demás.
Jamás pude volver a ver a ellos tres, pero me entere de varios otros casos.
Generalmente eran jóvenes, futuras promesas.
No se puede llamar diablo a algo que no tiene nombre.
Eramos unos cuatro, incluyéndome, nos reuníamos en mi hogar, ya que estaba prohibido
deambular por las calles en grandes grupos, por diversas teorías.
De aquel momento me han quedado nebulosos recuerdos pero sumamente preciso.
Estábamos en el salón de mi casa, en el medio de la habitación, la alfombra suave y aterciopelada,
junto a unos sillones bastante acogedores, con un velador largo que iluminaba gradualmente la pieza
delante la mesita ratona, bastante sencilla pero repleta de libros y fotocopias.
Las paredes bordadas de libros, a lo alto y ancho dos de ellas, por completo, nos quedaban a los laterales.
Atrás una pared con una biblioteca mucho más chica y una pequeña ventana
delante nuestro la pared que estaba vacía, un ventanal cerrado por las cortinas, en la cual entraba poca luz, y un espejo bastante antiguo en el cobijo de las telarañas.
Me sentía relajado en el sillón junto a mi estaba Pablo, leyendo a O.Bayer muy abstraído se lo notaba,
Martha recostada con la cabeza en el sillón revisando sus apuntes para rendir un parcial y,
Julio con su peculiar barba repiqueteaba una melodía en sus piernas, observando el espejo.
Me levante para acomodar algunos apuntes, y me topé frente a mí una obra maestra de P. Freire,
me volví a acomodar en el sofá, me compenetre con la lectura a tal punto que perdí noción
del tiempo y espacio; un corte de luz y el velador se apaga, alcanzaba a entrar algo de luz de los
faroles de la calle.
Miré directamente al espejo, que nos reflejaba a los cuatro para aliviar mi incertidumbre.
El cuarto se había tornado mas oscuro de lo debido, llegué a ver un gran desorden, revuelta,
como si nos hubieran allanado la casa. En el espejo estaban ellos tres, algo despojados se
los notaba con un gran dolor, junto a algunos señores de largos trajes y anchas hombreras.
En la mano podía apreciar un artefacto, que no logré distinguir.
Se encontraban de espaldas por lo que no pude ver mas.
Acobardado mire a mi alrededor y me llegué a entrever tres sombras que me miraban con unos
ojos profundos, se los notaba fastidiados muy dolidos, vacías por dentro, sin identidad.
Atemorizado cerré rápido los ojos, para que pase el martirio
Los volvi a abrir... me encontraba tras el espejo, ahora los señores
estaban junto a mi con esos artefactos que rasuraban,quemaban,
y cortaban mi piel. Sufriendo de dolor, quería gritar pero mi voz no salía, tal vez por temor, no podía.
Entre el silencio y la oscuridad que nos rodeaba escuche unos gritos, eran ellos tres
pero no los vi, los sentí y los oí.
Vuelvo a cerrar los ojos, ya lastimado. habían pasado semanas, gente buscándonos
abuelas y madres sobre todo, me encontraba de vuelta en mi casa, el desorden continuaba,
faltaban varios libros.
En ese momento, recordé una voz ronca que me dijo que me dejarían ir para que se sumisen los demás.
Jamás pude volver a ver a ellos tres, pero me entere de varios otros casos.
Generalmente eran jóvenes, futuras promesas.
No se puede llamar diablo a algo que no tiene nombre.