Évano
Libre, sin dioses.
¡Quién diría que fuiste
alguna vez
montada en la locura de la vida,
cobijo de una bomba en las entrañas!
Dirán que acogiste mi deriva,
mi manos de tierra, unas uñas
que rajaban cortinas de la luz,
relámpagos de sombra,
ese instante de noria paseando
escarcha y fuego a la vez.
Si rozara tu alma este ahora,
quedaría en la mano temblorosa
la piel deshecha del ayer,
aquel laberinto de huesos y carnes
donde no había que
ansiar a los hombres de ojos azules,
ni crear para la máquina que aplasta
a los hijos de los hijos del idiota.
Y ahora te veo por ahí
medio loca,
vomitando aburridas boca calles,
viendo el ojo clavado en siempre aceras
que ya no son más
que un reflejo, el vacío que aviene,
el no tiembla del mundo,
la quietud de los besos de la espalda;
porque ni siquiera la muerte quiere ya,
quiere nada más que morir
en el único momento que fue.