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Pierdo la mirada en los ocres melancólicos
que pintan el cenit de este atardecer veraniego,
y algún tímido suspiro rueda sin destino
por las calles empedradas de tu ausencia.
Tu ausencia que no es mía, pues permaneces
inmune al olvido, adherido a mis sentidos;
tatuado en la memoria activa de mi epidermis
que se eriza reviviendo tus caricias.
Eres eterno presente atado a mis anhelos,
anclado en mi vientre, dueño del latido;
presencia que se yergue entre mis sábanas
para tomarme en cuerpo y alma, sin distancias.