NOCHE DE ÓPERA
Conspicuas las mariposas
de nuevo sus alas ilustradas
con arcoiris de olvido
se encargan con aleteos sincopados
de amenizar las turbias noches
de monóculos y champán.
Imaginarios monópodos chapotean
en el espumoso zumo
y las damas luciendo sus unicornios más galantes
esquivan las invectivas
que en forma de mensajes lascivos
reciben desde las plateas.
Noche de ópera y ardor
Noche de una edad decadente
Noche de estrías irredimibles
que entristecen a las damas.
Las ciudades de cartón piedra tremolan desde sus torres
las nubes se desgarran en súbitos strip-teases
mostrando los rotundos pechos
los vientres henchidos de promesas
las gardenias ya marchitas
los alocados vaivenes de los columpios
movidos por golondrinas
desde los que con floridos sombreros
ocupados por mujeres o sus sueños
inmortalizó Watteau su Embarque a la isla de Citerea.
Desfilan los calvicordios en un supremo estertor
y los gatos de Birmania braman en sus noches de celo
espantando a los lagartos ocelados
que gustan de amores tranquilos.
Tiremos al fuego sagrado los viejos tapices
que fueron testigos
de amores incestuosos
de las pasiones vernáculas
de los juegos de naipes que ocultaban
sacrosantos compromisos con prelados.
Las mariposas ajados ya sus renovados colores
agradecen el nuevo amanecer
y cantan con gentil aleteo
antiguas romanzas
cantilenas untuosas
villancicos
guajiras y bulerías
y hasta una jota navarra.
Conspicuas las mariposas
de nuevo sus alas ilustradas
con arcoiris de olvido
se encargan con aleteos sincopados
de amenizar las turbias noches
de monóculos y champán.
Imaginarios monópodos chapotean
en el espumoso zumo
y las damas luciendo sus unicornios más galantes
esquivan las invectivas
que en forma de mensajes lascivos
reciben desde las plateas.
Noche de ópera y ardor
Noche de una edad decadente
Noche de estrías irredimibles
que entristecen a las damas.
Las ciudades de cartón piedra tremolan desde sus torres
las nubes se desgarran en súbitos strip-teases
mostrando los rotundos pechos
los vientres henchidos de promesas
las gardenias ya marchitas
los alocados vaivenes de los columpios
movidos por golondrinas
desde los que con floridos sombreros
ocupados por mujeres o sus sueños
inmortalizó Watteau su Embarque a la isla de Citerea.
Desfilan los calvicordios en un supremo estertor
y los gatos de Birmania braman en sus noches de celo
espantando a los lagartos ocelados
que gustan de amores tranquilos.
Tiremos al fuego sagrado los viejos tapices
que fueron testigos
de amores incestuosos
de las pasiones vernáculas
de los juegos de naipes que ocultaban
sacrosantos compromisos con prelados.
Las mariposas ajados ya sus renovados colores
agradecen el nuevo amanecer
y cantan con gentil aleteo
antiguas romanzas
cantilenas untuosas
villancicos
guajiras y bulerías
y hasta una jota navarra.