esthergranados
Poeta adicto al portal
Era tan mágica aquella noche...Mi madre nos llevaba por la tarde a ver la cabalgata. Siempre hacía mucho frío.Nos abrigaba bien y marchábamos contentas a ver a los Reyes Magos desfilar por las calles de nuestra ciudad.
Antes, les habíamos escrito con muchas faltas de ortografía, una carta ingenua en la que les saludábamos educadamente, y les pedíamos los juguetes que deseábamos sin olvidarnos de decirles lo bien que nos habíamos portado y lo buenas que habíamos sido durante ese año.
Recuerdo que llevaban una comitiva enorme de pajes con exóticos turbantes, caminando algunos de ellos al lado de unos burros algo asustados y graciosos, que hacían las delicias de nosotros, los niños.
Sus magestades iban en grandes carrozas desde las que nos saludaban y repartían sonrisas mientras sus pajes tiraban caramelos envueltos en bonitos papeles de colores.
La chiquilleria nos lanzábamos sobre ellos y los que no conseguíamos coger al vuelo, los recogíamos del suelo, tratando de esquivar a la infinidad de piernas que nos rodeaban y que se nos antojaban barreras insalvables y molestas.
Mi madre señalaba con el dedo a cada Rey según se iba acercando, y nos decía como se llamaba cada uno.
A nosotras nos gustaba el Rey negro, Baltasar, porque Melchor nos asustaba un poco con su pelo tan blanco y esa barba larga y ondulada; y Gaspar también, con ese extraño color de su cabello y esas arrugas para nosotras inquietantes. Baltasar tenía la piel lisa y joven, pero llena de "churretes"porque el color negro de su cara era pintado y a medida que pasaban las horas se iba derritiendo y dejaba ver a trozos una piel tan blanca como la de sus compañeros.
Pero ni siquiera con esa evidencia al descubierto dejábamos de creer en esos Reyes Magos generosos y diligentes, capaces de llegar a todos los hogares del mundo al mismo tiempo, en la misma noche.
Cuando terminaba la cabalgata volvíamos a casa con tanta ilusión que no podíamos dejar de hablar, de saltar, de movernos, y le contábamos a mi abuelo y a mi tía los pormenores de nuestra visita a sus Magestades de Oriente.
Charlábamos y charlábamos nerviosas e ilusionadas, y mamá y la tía nos mandaban a la cama con la advertencia de que si no nos dormíamos pronto, los Reyes Magos no vendrían.
Les hacíamos caso y nos acostábamos sabiendo ellas y nosotras, lo mucho que nos costaría dormirnos aquella noche de nervios e ilusión.
Cuando por fin caíamos rendidas, nuestras dos Magas maravillosas, colocaban los juguetes a los pies de la cama, ponían golosinas y carbón dulce en los zapatos que habíamos dejado en la ventana, y colocaban sobre la cama cuentos maravillosos con los que, sin duda, aprendimos a soñar.
Antes, les habíamos escrito con muchas faltas de ortografía, una carta ingenua en la que les saludábamos educadamente, y les pedíamos los juguetes que deseábamos sin olvidarnos de decirles lo bien que nos habíamos portado y lo buenas que habíamos sido durante ese año.
Recuerdo que llevaban una comitiva enorme de pajes con exóticos turbantes, caminando algunos de ellos al lado de unos burros algo asustados y graciosos, que hacían las delicias de nosotros, los niños.
Sus magestades iban en grandes carrozas desde las que nos saludaban y repartían sonrisas mientras sus pajes tiraban caramelos envueltos en bonitos papeles de colores.
La chiquilleria nos lanzábamos sobre ellos y los que no conseguíamos coger al vuelo, los recogíamos del suelo, tratando de esquivar a la infinidad de piernas que nos rodeaban y que se nos antojaban barreras insalvables y molestas.
Mi madre señalaba con el dedo a cada Rey según se iba acercando, y nos decía como se llamaba cada uno.
A nosotras nos gustaba el Rey negro, Baltasar, porque Melchor nos asustaba un poco con su pelo tan blanco y esa barba larga y ondulada; y Gaspar también, con ese extraño color de su cabello y esas arrugas para nosotras inquietantes. Baltasar tenía la piel lisa y joven, pero llena de "churretes"porque el color negro de su cara era pintado y a medida que pasaban las horas se iba derritiendo y dejaba ver a trozos una piel tan blanca como la de sus compañeros.
Pero ni siquiera con esa evidencia al descubierto dejábamos de creer en esos Reyes Magos generosos y diligentes, capaces de llegar a todos los hogares del mundo al mismo tiempo, en la misma noche.
Cuando terminaba la cabalgata volvíamos a casa con tanta ilusión que no podíamos dejar de hablar, de saltar, de movernos, y le contábamos a mi abuelo y a mi tía los pormenores de nuestra visita a sus Magestades de Oriente.
Charlábamos y charlábamos nerviosas e ilusionadas, y mamá y la tía nos mandaban a la cama con la advertencia de que si no nos dormíamos pronto, los Reyes Magos no vendrían.
Les hacíamos caso y nos acostábamos sabiendo ellas y nosotras, lo mucho que nos costaría dormirnos aquella noche de nervios e ilusión.
Cuando por fin caíamos rendidas, nuestras dos Magas maravillosas, colocaban los juguetes a los pies de la cama, ponían golosinas y carbón dulce en los zapatos que habíamos dejado en la ventana, y colocaban sobre la cama cuentos maravillosos con los que, sin duda, aprendimos a soñar.