BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Con sangre casi transparente, lúcida
a golpes de sal y salitre ciertos, numerosos
concretándose en mi espalda, tirando de ella
acariciando cada una de mis vértebras, fogosas,
así entraste en mi vida.
Y la creaste. Yo era, déjame recordar,
antes del invierno, un niño cualquiera
contando espejos. Respetuosamente,
tiraste de mí hasta acariciar
mi forma paulatina. Hasta moldearla.
Hasta saciarte de espumas y moluscos.
Pero qué pronto fuiste, tenedora mía,
surgiste de una bruma piramidal, escalando
trechos y trechos de noche, de sangre y de carne.
Hasta alcanzar, hasta alcanzarme.
Demasiado, demasiado pronto titubeaste,
haciendo, de la noche, nocturna alimaña,
sangre sin precisión, luna cortante y efímera.
Salieron, entonces, a rescatarme, la bruma
de los pájaros y el silencio de las fuentes.
©
a golpes de sal y salitre ciertos, numerosos
concretándose en mi espalda, tirando de ella
acariciando cada una de mis vértebras, fogosas,
así entraste en mi vida.
Y la creaste. Yo era, déjame recordar,
antes del invierno, un niño cualquiera
contando espejos. Respetuosamente,
tiraste de mí hasta acariciar
mi forma paulatina. Hasta moldearla.
Hasta saciarte de espumas y moluscos.
Pero qué pronto fuiste, tenedora mía,
surgiste de una bruma piramidal, escalando
trechos y trechos de noche, de sangre y de carne.
Hasta alcanzar, hasta alcanzarme.
Demasiado, demasiado pronto titubeaste,
haciendo, de la noche, nocturna alimaña,
sangre sin precisión, luna cortante y efímera.
Salieron, entonces, a rescatarme, la bruma
de los pájaros y el silencio de las fuentes.
©