F. Marcos
F. Marcos
Vagabundo solitario
errante del mundo,
alma en pena y siempre sola
dime tú, que tanto has visto
tú, que no tienes cadenas
tú, que sin familia ni empleo
no conoces de hipotecas,
ni de pagos que te venzan
a treinta sesenta y noventa,
tú, que por no tener nada
nada temes y nada esperas,
tú, que al no estar atado
a esa pesada cadena,
ves con distintos ojos
todo cuanto nos rodea.
Dime todo cuanto has visto
háblame, de las cosa pequeñas
-que pequeños somos todos
aun soñando con grandezas-.
Háblame, de tu tiempo perdido
descansando en la floresta,
con una brizna de hierva en tus labios
bostezando tras la siesta.
Dime, si todavía las flores
en su despertar matutino,
parecen llorar gozosas
con las gotas del rocío.
Dime, si aun trinan los pájaros
si se arrullan en sus nidos,
si se comen las migajas
los tragones gorrioncillos.
Dime, si en los ríos
que de forma caprichosa
van rodando a su destino,
sigue habiendo entre sus piedras
esos lindos pececillos.
Dime, si saltan las ranas
si siguen cantando los grillos,
y si la brisa al mecer las espigas
te arrulla con su murmullo.
Dime, si en el cielo
en la noches que son claras
se ven brillar las estrellas,
mientras la luna coqueta
por el sol engalanada,
nos alumbra con sus rayos
inspirando mil baladas.
Dime, que aun hay amor
que la ternura existe,
que hay lágrimas y hay calor
que nuestra alma es sensible
y aun llorar podemos
por la causa más simple;
por un animal herido
por un pajarito triste
por el llanto de un bebe
que no sabes que le aflige,
o, por una flor
que marchita al arrancarla de su tallo
tiende pronto a extinguirse.
Y dime, que quiero oír
-aun cuan piadosa mentira-
que en esta vida mezquina
puede surgir el milagro
de ser cuerdos otra vez,
con la paz en todo el ser
y una sonrisa en los labios.
errante del mundo,
alma en pena y siempre sola
dime tú, que tanto has visto
tú, que no tienes cadenas
tú, que sin familia ni empleo
no conoces de hipotecas,
ni de pagos que te venzan
a treinta sesenta y noventa,
tú, que por no tener nada
nada temes y nada esperas,
tú, que al no estar atado
a esa pesada cadena,
ves con distintos ojos
todo cuanto nos rodea.
Dime todo cuanto has visto
háblame, de las cosa pequeñas
-que pequeños somos todos
aun soñando con grandezas-.
Háblame, de tu tiempo perdido
descansando en la floresta,
con una brizna de hierva en tus labios
bostezando tras la siesta.
Dime, si todavía las flores
en su despertar matutino,
parecen llorar gozosas
con las gotas del rocío.
Dime, si aun trinan los pájaros
si se arrullan en sus nidos,
si se comen las migajas
los tragones gorrioncillos.
Dime, si en los ríos
que de forma caprichosa
van rodando a su destino,
sigue habiendo entre sus piedras
esos lindos pececillos.
Dime, si saltan las ranas
si siguen cantando los grillos,
y si la brisa al mecer las espigas
te arrulla con su murmullo.
Dime, si en el cielo
en la noches que son claras
se ven brillar las estrellas,
mientras la luna coqueta
por el sol engalanada,
nos alumbra con sus rayos
inspirando mil baladas.
Dime, que aun hay amor
que la ternura existe,
que hay lágrimas y hay calor
que nuestra alma es sensible
y aun llorar podemos
por la causa más simple;
por un animal herido
por un pajarito triste
por el llanto de un bebe
que no sabes que le aflige,
o, por una flor
que marchita al arrancarla de su tallo
tiende pronto a extinguirse.
Y dime, que quiero oír
-aun cuan piadosa mentira-
que en esta vida mezquina
puede surgir el milagro
de ser cuerdos otra vez,
con la paz en todo el ser
y una sonrisa en los labios.