Teo Moran
Poeta fiel al portal
Dibujo círculos en el centro del patio,
confundo si es viernes o si es verano,
intento encontrar una ventana abierta
o bajar por el conducto del alto tejado,
construir juncos atemporales en el agua
donde mis pies puedan caminar descalzos.
Y sé, bien sé porque gritan aquellos niños
ofuscados con sus juegos en el soleado patio,
chillan un nombre mientras dichosos sueñan
con un mundo desconocido e inaccesible
donde solo habitan personas mayores.
Se agitan las ramas, la copa de los pinos,
pareciera romperse por aquel balanceo
mientras sus puntas se unen en un instante,
y de ellos como un destello se ve saltar
con destreza y agilidad un niño tras otro,
y sé, bien sé porque ríen aquellos niños
en las crestas delgadas de los verdes pinos,
se sueltan y como pájaros sudorosos
flotan felices en busca del inalcanzable cielo,
gritan un nombre mientras gozosos vuelan
donde la edad no encuentra aposento.
Llueve otra vez como cada domingo,
en el barrio los niños miran desganados
tras las cristales fríos de la ventana,
miran esperanzados el horizonte, una silueta
sobre las cimas oscuras que de luz a su mundo,
y de la nada, con todo su esplendor arde
dando con sus rayos nerviosismo y emoción,
y sé, bien sé porque se alteran aquellos niños
cuando atropelladamente bajan las escaleras
aún cuando el patio mojado por la lluvia
cubre el cemento y sobre la tierra sedienta,
con unas hojas verdes hacen barcos baldíos
y sobre los charcos de barro al son del viento
van sin prisa en busca de nuevos puertos,
corren tras un tiempo veloz que se escapa
entre sollozos, risas y sabrosos bocadillos,
a lo lejos, tras los cristales empañados
gritan un nombre y esperan bajo los árboles,
van en busca de un nuevo trino,
de un nuevo árbol, de un nuevo desafío
sin saber que el mañana corre más que ellos.
La tarde, con su presencia melancólica,
llama al manantial tras la sombra del bosque,
los jilgueros sobreviven con sus canciones
en la rama del cerezo que con sus cicatrices
deja sus cerezas rendidas sobre la hierba,
y sé, bien sé que la batalla no termina
hasta que uno de los niños en conquista
se haga dueño del montículo de paja,
rugen feroces mientras trepan sobre la meta
para volver a descender entre bulliciosas risas,
gritan un nombre en las ascuas del pasado,
oigo como dicen mi nombre mientras juegan
y yo como siempre tarde y despreocupado
me uno a su bullicio en una tarde de verano.
confundo si es viernes o si es verano,
intento encontrar una ventana abierta
o bajar por el conducto del alto tejado,
construir juncos atemporales en el agua
donde mis pies puedan caminar descalzos.
Y sé, bien sé porque gritan aquellos niños
ofuscados con sus juegos en el soleado patio,
chillan un nombre mientras dichosos sueñan
con un mundo desconocido e inaccesible
donde solo habitan personas mayores.
Se agitan las ramas, la copa de los pinos,
pareciera romperse por aquel balanceo
mientras sus puntas se unen en un instante,
y de ellos como un destello se ve saltar
con destreza y agilidad un niño tras otro,
y sé, bien sé porque ríen aquellos niños
en las crestas delgadas de los verdes pinos,
se sueltan y como pájaros sudorosos
flotan felices en busca del inalcanzable cielo,
gritan un nombre mientras gozosos vuelan
donde la edad no encuentra aposento.
Llueve otra vez como cada domingo,
en el barrio los niños miran desganados
tras las cristales fríos de la ventana,
miran esperanzados el horizonte, una silueta
sobre las cimas oscuras que de luz a su mundo,
y de la nada, con todo su esplendor arde
dando con sus rayos nerviosismo y emoción,
y sé, bien sé porque se alteran aquellos niños
cuando atropelladamente bajan las escaleras
aún cuando el patio mojado por la lluvia
cubre el cemento y sobre la tierra sedienta,
con unas hojas verdes hacen barcos baldíos
y sobre los charcos de barro al son del viento
van sin prisa en busca de nuevos puertos,
corren tras un tiempo veloz que se escapa
entre sollozos, risas y sabrosos bocadillos,
a lo lejos, tras los cristales empañados
gritan un nombre y esperan bajo los árboles,
van en busca de un nuevo trino,
de un nuevo árbol, de un nuevo desafío
sin saber que el mañana corre más que ellos.
La tarde, con su presencia melancólica,
llama al manantial tras la sombra del bosque,
los jilgueros sobreviven con sus canciones
en la rama del cerezo que con sus cicatrices
deja sus cerezas rendidas sobre la hierba,
y sé, bien sé que la batalla no termina
hasta que uno de los niños en conquista
se haga dueño del montículo de paja,
rugen feroces mientras trepan sobre la meta
para volver a descender entre bulliciosas risas,
gritan un nombre en las ascuas del pasado,
oigo como dicen mi nombre mientras juegan
y yo como siempre tarde y despreocupado
me uno a su bullicio en una tarde de verano.
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