Lírico.
Exp..
Nota biográfica
Nací en algún lugar
de Castilla; no recuerdo
el día exacto,
aunque me han comentado
que era verano
y apretaba un calor de mil demonios.
Muchos años después
supe que en esas fechas
hubo bebés robados
en la maternidad
donde se oyó mi llanto
por vez primera.
Luego vendrían
más llantos con los años,
y algunos hurtos más
que el tiempo perpetró
contra quienes amaba.
El caso es que durante
gran parte de mi vida
me hicieron poco caso,
pero yo me hice en casa
un fuerte entre ficciones y otros sueños
que, si no me salvaron
de volverme tarumba,
estuvieron a punto de lograrlo.
Solía estar muy sólo,
era como una islita en el recreo
mientras los demás niños
fumaban a escondidas,
besaban a las niñas,
se daban golpetazos,
tiraban sus peonzas,
jugaban con balones;
y yo me dedicaba
a pensar que todo eso no tenía
sentido alguno.
Ahora continuo
observando a los hombres;
contando los lunares que aparecen
sobre la tersa piel
del tiempo que nos hace
y nos deshace.
Lamento haber hundido tantas veces
mis ojos en la sombra,
cuando pude colmar
mi corazón de luz;
pude haber ganado alguna estrella,
alguna razón más
de estar con vida;
pude no derrochar tanto el prodigio
de amor con que llegué
desnudo al mundo.
Y ahora sólo espero
quemar con dignidad lo que me resta
por este oscuro valle
en el que estoy clamando
como si fuera yo
algún profeta
buscando traducir la voz quebrada
de Dios que nos perdona
una vez más.
Nací en algún lugar
de Castilla; no recuerdo
el día exacto,
aunque me han comentado
que era verano
y apretaba un calor de mil demonios.
Muchos años después
supe que en esas fechas
hubo bebés robados
en la maternidad
donde se oyó mi llanto
por vez primera.
Luego vendrían
más llantos con los años,
y algunos hurtos más
que el tiempo perpetró
contra quienes amaba.
El caso es que durante
gran parte de mi vida
me hicieron poco caso,
pero yo me hice en casa
un fuerte entre ficciones y otros sueños
que, si no me salvaron
de volverme tarumba,
estuvieron a punto de lograrlo.
Solía estar muy sólo,
era como una islita en el recreo
mientras los demás niños
fumaban a escondidas,
besaban a las niñas,
se daban golpetazos,
tiraban sus peonzas,
jugaban con balones;
y yo me dedicaba
a pensar que todo eso no tenía
sentido alguno.
Ahora continuo
observando a los hombres;
contando los lunares que aparecen
sobre la tersa piel
del tiempo que nos hace
y nos deshace.
Lamento haber hundido tantas veces
mis ojos en la sombra,
cuando pude colmar
mi corazón de luz;
pude haber ganado alguna estrella,
alguna razón más
de estar con vida;
pude no derrochar tanto el prodigio
de amor con que llegué
desnudo al mundo.
Y ahora sólo espero
quemar con dignidad lo que me resta
por este oscuro valle
en el que estoy clamando
como si fuera yo
algún profeta
buscando traducir la voz quebrada
de Dios que nos perdona
una vez más.