Alfie Arellano
Poeta recién llegado
I. La puerta
Al lado de la sucia acera se asomaba
una puerta grande de madera con cristales.
La perilla era similar a un ojo, parecía
que observaba a la gente que pasa cerca.
Al girarla, el chasquido de la cerradura
se queda grabado en la cabeza, al instante;
es como tener una fotografía de ese
incansable ruido, tan sutil y farsante.
II. La Sala
Sillones amplios sobre un piso de madera
en donde infinidad de veces amanecimos
ebrios, desnudos, cansados, hartos, fastidiados…
En medio de ellos, una mesa, a veces negra.
En frente, una televisión qué, la última vez
que la recuerdo encendida, había una serie
sobre un asesino serial, ya pasaron varios meses
desde esa ocasión, todo ha sido muy diferente.
Aquella sala era un buen lugar para tener
conversaciones largas; entraba mucha luz
a esa parte de la casa y siempre estaba fresca;
A decir verdad, extraño ese lugar, tan cálido,
tan ameno, tan nuestro. Tu sonrisa en ese sitio
no tenía fin pero tus lágrimas tampoco.
Así como amé esa sala también la aborrecí.
III. La cocina
Esta parte de la casa siempre tuvo un olor peculiar;
a comida, a carne, a jabón, a llanto, a tristeza…
allí supe que siempre te debía cuidar,
más, cuando los cuchillos susurraban su pesar.
IV. El comedor
Pláticas, reconciliaciones, besos, manoseos;
náuseas… este lugar me recuerda más a este fin.
Tengo los malos ratos grabados en mi cabeza
como pinturas de artistas famosos y no es agradable;
Las sillas blancas me hacen recordar la paz
que existió en esta casa hace unos años,
aquella paz que jamás volvimos a recuperar
aquella paz que se fue con todos estos daños.
Los platos, los manteles, el frutero y los cubiertos
siguen en el mismo sitio como si de una
fotografía se tratase o como si el tiempo,
jamás hubiese pasado por este sitio.
Recordé la curvatura de tus costillas
cuando te recargabas suavemente sobre la mesa.
Recordé mi mano tratando de alcanzar
el tazón de cereal mientras cantabas,
en voz baja, una de tantas canciones.
En ese comedor se comía de todo.
V. Las recámaras
Las tres recámaras guardaron secretos,
tuyos y míos, tantas cosas que nunca se dijeron.
Hubo miles de silencios y miles de gritos
que desgarraban las paredes; gritos tiernos
y de rabia recorriendo las sábanas.
Las cobijas amontonadas en una esquina,
los clósets vacíos como el pecho de un
oloroso cadáver; toda la armonía que había
en las recámaras se había extinguido.
El color blanco de las paredes se ensució,
como nuestro amor, como nuestros cuerpos
después de estremecerse entre el frío de la
calle, como cuando volvíamos empapados
a esa habitación y terminábamos con
nuestros cuerpos desnudos para secarse.
VI. Baño
Los baños siempre me han parecido
el rincón más placentero para pensar
todas las cosas que no podemos pensar
en ningún otro lugar.
El nuestro era una conjunción perfecta
entre decoraciones, formas y colores…
el agua tibia que brotaba de llaves y regaderas
provocaba un vapor tan sublime que
parecía que estuviéramos en un bosque
en donde podíamos relajarnos como nunca.
Aquel baño con su pequeña ventana
estuvo siempre al pendiente de nosotros.
VII. Jardín
Lo último que recordé fue el jardín.
Era un sitio agradable, no era amplio,
pero a veces parecía no tener fin
porque el perro lo recorría a toda hora.
Había unas pequeñas florecillas púrpura
que despedían un olor relajante, también,
había dalias que solías cuidar con mucho cariño.
A veces, les cantabas mientras yo te oía
desde las sillas que había afuera de la casa.
El árbol de guayaba combinaba perfecto
con tus ojos tristes, sus hojas parecían
tus cabellos y sus frutos, tus sueños;
ese árbol era mi favorito porque lo querías.
Recordé y recorrí todo el jardín
como lo hacía nuestro perro, siempre feliz.
De pronto llegué a ese rincón trémulo,
a ese lugar donde tomaste aquella decisión.
Me detuve por un pequeño instante,
pensando, luego me agaché y comencé
a excavar en el pedazo de pasto faltante
y ahí estaban, ellos, en pequeños pedazos…
A pesar de todo este tiempo, estaban
muy bien conservados, se apreciaban sus detalles;
a decir verdad, esos pedazos no me molestaban
pero me provocaban escalofríos y hasta miedo.
Esos trozos, grandes y pequeños, eran
recuerdos nuestros que deshiciste cuando
te marchaste, cuando decidimos abandonarnos.
Eran recuerdos de la relación más sincera
que este triste mundo ha visto en los últimos años.
Los tomé en mi mano y con ellos, formé
una imagen tan nítida, que inmediatamente
me hizo recordarte y me hizo comenzar
a escribir estos hastiosos e inevitables versos.
Al lado de la sucia acera se asomaba
una puerta grande de madera con cristales.
La perilla era similar a un ojo, parecía
que observaba a la gente que pasa cerca.
Al girarla, el chasquido de la cerradura
se queda grabado en la cabeza, al instante;
es como tener una fotografía de ese
incansable ruido, tan sutil y farsante.
II. La Sala
Sillones amplios sobre un piso de madera
en donde infinidad de veces amanecimos
ebrios, desnudos, cansados, hartos, fastidiados…
En medio de ellos, una mesa, a veces negra.
En frente, una televisión qué, la última vez
que la recuerdo encendida, había una serie
sobre un asesino serial, ya pasaron varios meses
desde esa ocasión, todo ha sido muy diferente.
Aquella sala era un buen lugar para tener
conversaciones largas; entraba mucha luz
a esa parte de la casa y siempre estaba fresca;
A decir verdad, extraño ese lugar, tan cálido,
tan ameno, tan nuestro. Tu sonrisa en ese sitio
no tenía fin pero tus lágrimas tampoco.
Así como amé esa sala también la aborrecí.
III. La cocina
Esta parte de la casa siempre tuvo un olor peculiar;
a comida, a carne, a jabón, a llanto, a tristeza…
allí supe que siempre te debía cuidar,
más, cuando los cuchillos susurraban su pesar.
IV. El comedor
Pláticas, reconciliaciones, besos, manoseos;
náuseas… este lugar me recuerda más a este fin.
Tengo los malos ratos grabados en mi cabeza
como pinturas de artistas famosos y no es agradable;
Las sillas blancas me hacen recordar la paz
que existió en esta casa hace unos años,
aquella paz que jamás volvimos a recuperar
aquella paz que se fue con todos estos daños.
Los platos, los manteles, el frutero y los cubiertos
siguen en el mismo sitio como si de una
fotografía se tratase o como si el tiempo,
jamás hubiese pasado por este sitio.
Recordé la curvatura de tus costillas
cuando te recargabas suavemente sobre la mesa.
Recordé mi mano tratando de alcanzar
el tazón de cereal mientras cantabas,
en voz baja, una de tantas canciones.
En ese comedor se comía de todo.
V. Las recámaras
Las tres recámaras guardaron secretos,
tuyos y míos, tantas cosas que nunca se dijeron.
Hubo miles de silencios y miles de gritos
que desgarraban las paredes; gritos tiernos
y de rabia recorriendo las sábanas.
Las cobijas amontonadas en una esquina,
los clósets vacíos como el pecho de un
oloroso cadáver; toda la armonía que había
en las recámaras se había extinguido.
El color blanco de las paredes se ensució,
como nuestro amor, como nuestros cuerpos
después de estremecerse entre el frío de la
calle, como cuando volvíamos empapados
a esa habitación y terminábamos con
nuestros cuerpos desnudos para secarse.
VI. Baño
Los baños siempre me han parecido
el rincón más placentero para pensar
todas las cosas que no podemos pensar
en ningún otro lugar.
El nuestro era una conjunción perfecta
entre decoraciones, formas y colores…
el agua tibia que brotaba de llaves y regaderas
provocaba un vapor tan sublime que
parecía que estuviéramos en un bosque
en donde podíamos relajarnos como nunca.
Aquel baño con su pequeña ventana
estuvo siempre al pendiente de nosotros.
VII. Jardín
Lo último que recordé fue el jardín.
Era un sitio agradable, no era amplio,
pero a veces parecía no tener fin
porque el perro lo recorría a toda hora.
Había unas pequeñas florecillas púrpura
que despedían un olor relajante, también,
había dalias que solías cuidar con mucho cariño.
A veces, les cantabas mientras yo te oía
desde las sillas que había afuera de la casa.
El árbol de guayaba combinaba perfecto
con tus ojos tristes, sus hojas parecían
tus cabellos y sus frutos, tus sueños;
ese árbol era mi favorito porque lo querías.
Recordé y recorrí todo el jardín
como lo hacía nuestro perro, siempre feliz.
De pronto llegué a ese rincón trémulo,
a ese lugar donde tomaste aquella decisión.
Me detuve por un pequeño instante,
pensando, luego me agaché y comencé
a excavar en el pedazo de pasto faltante
y ahí estaban, ellos, en pequeños pedazos…
A pesar de todo este tiempo, estaban
muy bien conservados, se apreciaban sus detalles;
a decir verdad, esos pedazos no me molestaban
pero me provocaban escalofríos y hasta miedo.
Esos trozos, grandes y pequeños, eran
recuerdos nuestros que deshiciste cuando
te marchaste, cuando decidimos abandonarnos.
Eran recuerdos de la relación más sincera
que este triste mundo ha visto en los últimos años.
Los tomé en mi mano y con ellos, formé
una imagen tan nítida, que inmediatamente
me hizo recordarte y me hizo comenzar
a escribir estos hastiosos e inevitables versos.