Homar Letargo
Poeta recién llegado
Nuestra noche
Se parece tanto a un lápiz azabache
Que dibuja nuestros rostros sobre el solitario abismo
De los días que representan la sequía,
La sequía de los besos
Que derraman una sombra imborrable en el recuerdo
Nuestra noche huele a la taza vacía de café
A una confesión escrita en el techo del ingenio
A mis manos retorciendo el cigarrillo
A morir enseñando el arte del escape.
Nuestra noche
Sigue siendo el monologo de un hombre
Que inventa el desequilibrio para la briza.
Cada noche se disfraza la locura
Y nos aventuramos a caminar entre sus calles
Enmudecidas que jamás comentarán nuestro secreto.
Nuestra boca ha sido besada por el viento
Donde nace el fétido perfume de los muertos.
Nuestra noche carga el hambre de las nubes
Y desvenda nuestras llagas.
Llega nuestra noche alimentándose de la hora
En la que debemos descansar
Entonces sentimos que la noche
Esconde el universo verdadero.
Dejamos hundida la tristeza en el viejo cenicero
Que tanto se parece a un mar
Que desbordan las caricias de nuestras manos
Que fueron hechas a polvo y carbón.
Nuestra noche sabe a tinta
A un mundo vacío y lleno a la vez.
Se parece tanto a un lápiz azabache
Que dibuja nuestros rostros sobre el solitario abismo
De los días que representan la sequía,
La sequía de los besos
Que derraman una sombra imborrable en el recuerdo
Nuestra noche huele a la taza vacía de café
A una confesión escrita en el techo del ingenio
A mis manos retorciendo el cigarrillo
A morir enseñando el arte del escape.
Nuestra noche
Sigue siendo el monologo de un hombre
Que inventa el desequilibrio para la briza.
Cada noche se disfraza la locura
Y nos aventuramos a caminar entre sus calles
Enmudecidas que jamás comentarán nuestro secreto.
Nuestra boca ha sido besada por el viento
Donde nace el fétido perfume de los muertos.
Nuestra noche carga el hambre de las nubes
Y desvenda nuestras llagas.
Llega nuestra noche alimentándose de la hora
En la que debemos descansar
Entonces sentimos que la noche
Esconde el universo verdadero.
Dejamos hundida la tristeza en el viejo cenicero
Que tanto se parece a un mar
Que desbordan las caricias de nuestras manos
Que fueron hechas a polvo y carbón.
Nuestra noche sabe a tinta
A un mundo vacío y lleno a la vez.