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Nueva normalidad

Pedro Olvera

#ElPincheLirismo
Lo hice, bebé. En trece minutos logré llegar
a la tienda de don Rulo y volver a salvo.
Esta vez no me quedé a la par del semáforo
mientras huíamos juntos de su insidioso amarillo,
no me repartí entre todas las esquinas,
no me mimeticé con las grietas del pavimento,
no permití que a mis pasos le arrebataran
su intrínseca condición aérea.
Tal vez tardé demasiado en reconocer al Rulo
sin su ubicuo gesto arbóreo,
pero lo verdaderamente complejo fue pedirle
(con los trabajosos signos verbales de esta época oscura)
una lata de atún en agua, osteíctio deshuesado,
libre se soya, flotando en la eternidad desoxigenada
dentro de un cilindro de estaño…
Igual no hizo falta: el viejo Rulo uso su boca
para manifestar mis deseos: ¿Lo mismo de siempre, joven?:
Atún Dolores y Marlboro 20.
Da miedo que te conozcan así. Piensas que
quizás sepan del cadáver que escodes en el patio,
aunque no hayas matado a nadie,
ni siquiera a ti mismo.
Trece minutos, bebé, de ida y vuelta.
¡Claro que estoy seguro! Miré el reloj al girar el pestillo,
aunque pensé en retroceder
y esperar a que fueran catorce por aquello de la mala suerte,
pero me pareció una idea estúpida.
No consideré viajar en el tiempo, unos instantes al pasado
para obligarme a acelerar la marcha,
no responder los saludos de los vecinos,
¡confieso que el semáforo me estuvo mirando sin que yo lo viera!
Sí, podrían haber sido doce, pero trece minutos,
y no soles, amarillos e insidiosos,
están bien, son un récord, ¿no?
Cerré la puerta y eché el seguro. No me gusta ir llegado de poco,
repartido,
oliendo a grieta y a esquina
y a amarillo y a tubérculos en los pies.

Gran parte de mí se queda afuera, pero… ¡Oh, mierda!
Olvidé pedir al viejo Rulo la lata de guisantes,
con papas y zanahorias cortadas en cubos imperfectos
por máquinas no dotadas del falaz libre albedrío.
La mayonesa, claro. Tantas aves hueras secuestradas en vinagre.
Debí pedir el océano envuelto en humilde papel estraza,
árbol desolado, sin pájaros en su garganta,
para nadarlo frente a un maratón iraní en la tele apagada
y que me encontrarás una semana después
vomitado por Moby Dick en la orilla de la cama
más próxima a tu desconsuelo,
con mi boleto a Tarsis entre mis dedos engarruñados…
Pero para eso tendrías que volver.

Será mejor salir de aquí, arriesgarme a caminar
de nuevo por la orilla del río.
Me cuentan que ya no hay tantos barbijos azules
sobre las piedras como hace dos años
y que entre los juncos han vuelto a florecer, espléndidos,
los condones usados.
¡Deséame suerte, semáforo!

28 de enero de 2024
 
Lo hice, bebé. En trece minutos logré llegar
a la tienda de don Rulo y volver a salvo.
Esta vez no me quedé a la par del semáforo
mientras huíamos juntos de su insidioso amarillo,
no me repartí entre todas las esquinas,
no me mimeticé con las grietas del pavimento,
no permití que a mis pasos le arrebataran
su intrínseca condición aérea.
Tal vez tardé demasiado en reconocer al Rulo
sin su ubicuo gesto arbóreo,
pero lo verdaderamente complejo fue pedirle
(con los trabajosos signos verbales de esta época oscura)
una lata de atún en agua, osteíctio deshuesado,
libre se soya, flotando en la eternidad desoxigenada
dentro de un cilindro de estaño…
Igual no hizo falta: el viejo Rulo uso su boca
para manifestar mis deseos: ¿Lo mismo de siempre, joven?:
Atún Dolores y Marlboro 20.
Da miedo que te conozcan así. Piensas que
quizás sepan del cadáver que escodes en el patio,
aunque no hayas matado a nadie,
ni siquiera a ti mismo.
Trece minutos, bebé, de ida y vuelta.
¡Claro que estoy seguro! Miré el reloj al girar el pestillo,
aunque pensé en retroceder
y esperar a que fueran catorce por aquello de la mala suerte,
pero me pareció una idea estúpida.
No consideré viajar en el tiempo, unos instantes al pasado
para obligarme a acelerar la marcha,
no responder los saludos de los vecinos,
¡confieso que el semáforo me estuvo mirando sin que yo lo viera!
Sí, podrían haber sido doce, pero trece minutos,
y no soles, amarillos e insidiosos,
están bien, son un récord, ¿no?
Cerré la puerta y eché el seguro. No me gusta ir llegado de poco,
repartido,
oliendo a grieta y a esquina
y a amarillo y a tubérculos en los pies.

Gran parte de mí se queda afuera, pero… ¡Oh, mierda!
Olvidé pedir al viejo Rulo la lata de guisantes,
con papas y zanahorias cortadas en cubos imperfectos
por máquinas no dotadas del falaz libre albedrío.
La mayonesa, claro. Tantas aves hueras secuestradas en vinagre.
Debí pedir el océano envuelto en humilde papel estraza,
árbol desolado, sin pájaros en su garganta,
para nadarlo frente a un maratón iraní en la tele apagada
y que me encontrarás una semana después
vomitado por Moby Dick en la orilla de la cama
más próxima a tu desconsuelo,
con mi boleto a Tarsis entre mis dedos engarruñados…
Pero para eso tendrías que volver.

Será mejor salir de aquí, arriesgarme a caminar
de nuevo por la orilla del río.
Me cuentan que ya no hay tantos barbijos azules
sobre las piedras como hace dos años
y que entre los juncos han vuelto a florecer, espléndidos,
los condones usados.
¡Deséame suerte, semáforo!

28 de enero de 2024
Es lo que trae el haber vivido momentos extraordinarios, recibir a la nueva normalidad vacía de tanto...
Tu poemazo me deja un nudito en el cora, iré a desenredarlo con unas bocanadas de luna.
Besos, chanclazos y muchos abrazos, MiFlaco. ♡
 
Recuerdo un estupendo poema de Bukowsky en el que cuenta un episodio "al volante", por supuesto este es mejor (y obviamente más lírico también, claro ;))
Esta poesía, esta literatura, ya son de champions league, hermano. Genial!. Abrazo y Felicitaciones.
 
Maravilloso poema, da gusto dejarse acompañar por estas letras mientras apuro un primer café y un cigarro, de este van más que cafés. Podría decirse que he saboreado y paladeado la excelencia.
Mi felicitación y un fuerte abrazo.
 
Es verdad "da miedo que lo conozcan a uno así" creo que a veces hay que sorprender un poco y pedir otra cosa solo para llevar la contra... jajaja. bueno no me hagas caso así soy. Por eso no uso el GPS porque me dice derecha y me voy para la izquierda... ja ja ja ja Estupenda experiencia paso cuando leo tus versos tanto que me ha dado hambre...besito de pez en la distancia mi querido amigo sin rizos
 



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MUNDOPOESIA.COM

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CON TODO EL CARIÑO DE MUNDOPOESIA.COM
 
Lo hice, bebé. En trece minutos logré llegar
a la tienda de don Rulo y volver a salvo.
Esta vez no me quedé a la par del semáforo
mientras huíamos juntos de su insidioso amarillo,
no me repartí entre todas las esquinas,
no me mimeticé con las grietas del pavimento,
no permití que a mis pasos le arrebataran
su intrínseca condición aérea.
Tal vez tardé demasiado en reconocer al Rulo
sin su ubicuo gesto arbóreo,
pero lo verdaderamente complejo fue pedirle
(con los trabajosos signos verbales de esta época oscura)
una lata de atún en agua, osteíctio deshuesado,
libre se soya, flotando en la eternidad desoxigenada
dentro de un cilindro de estaño…
Igual no hizo falta: el viejo Rulo uso su boca
para manifestar mis deseos: ¿Lo mismo de siempre, joven?:
Atún Dolores y Marlboro 20.
Da miedo que te conozcan así. Piensas que
quizás sepan del cadáver que escodes en el patio,
aunque no hayas matado a nadie,
ni siquiera a ti mismo.
Trece minutos, bebé, de ida y vuelta.
¡Claro que estoy seguro! Miré el reloj al girar el pestillo,
aunque pensé en retroceder
y esperar a que fueran catorce por aquello de la mala suerte,
pero me pareció una idea estúpida.
No consideré viajar en el tiempo, unos instantes al pasado
para obligarme a acelerar la marcha,
no responder los saludos de los vecinos,
¡confieso que el semáforo me estuvo mirando sin que yo lo viera!
Sí, podrían haber sido doce, pero trece minutos,
y no soles, amarillos e insidiosos,
están bien, son un récord, ¿no?
Cerré la puerta y eché el seguro. No me gusta ir llegado de poco,
repartido,
oliendo a grieta y a esquina
y a amarillo y a tubérculos en los pies.

Gran parte de mí se queda afuera, pero… ¡Oh, mierda!
Olvidé pedir al viejo Rulo la lata de guisantes,
con papas y zanahorias cortadas en cubos imperfectos
por máquinas no dotadas del falaz libre albedrío.
La mayonesa, claro. Tantas aves hueras secuestradas en vinagre.
Debí pedir el océano envuelto en humilde papel estraza,
árbol desolado, sin pájaros en su garganta,
para nadarlo frente a un maratón iraní en la tele apagada
y que me encontrarás una semana después
vomitado por Moby Dick en la orilla de la cama
más próxima a tu desconsuelo,
con mi boleto a Tarsis entre mis dedos engarruñados…
Pero para eso tendrías que volver.

Será mejor salir de aquí, arriesgarme a caminar
de nuevo por la orilla del río.
Me cuentan que ya no hay tantos barbijos azules
sobre las piedras como hace dos años
y que entre los juncos han vuelto a florecer, espléndidos,
los condones usados.
¡Deséame suerte, semáforo!

28 de enero de 2024
¡Qué maravilla, que bruto!, me encantó. Sacarle poesía a una lata de atún y un semáforo. Eres de otro nivel. Un placer leerte.
 
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